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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Y todos para uno

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
sábado, 5 de julio de 2008, 22:44 h (CET)
Una de las consecuencias que más se han atribuido al mundo conscientemente global en que nos movemos es el resurgimiento de la necesidad de diferenciarse. Frente a frente con la disolución planetaria se plantan las comunidades que explotan al máximo sus rasgos propios.

Claro, florecen los recurrentes movimientos de identificación arraigados al territorio y a la condición de pertenencia o no a tal o cual pedazo de tierra (y a las características sociales que se le supone). Estos ‘nacionalismos’ se mantienen siempre latentes esperando cualquier pretexto para dejarse ver, y son tan viejos como la tierra que los sostiene.

A su alrededor están los grupos (digamos) sociales, que se aferran a unas pocas características fácilmente reconocibles y las empuñan en la diaria batalla de la diferencia en la igualdad.

Pero las ansias de establecer la frontera entre nosotros y ellos no es algo que haga especial a nuestro tiempo, pues parece que la división social ha sido siempre algo familiar al ser humano. Lo que sí es característico de una época es el motivo de esas divisiones, las opciones que se privilegian y las que se rechazan a la hora de decidir las señas de un grupo determinado.

Sea como sea, lo que es cierto es que una persona podría pertenecer a una gran cantidad de asociaciones al mismo tiempo y todas ellas podrían ser radicalmente diferentes entre sí. Por consiguiente, el grupo como asociación es siempre un conjunto que deja fuera a muchos iguales. Sus socios son, irremediablemente, menos que todos.

A pesar de lo incompleto del grupo, su unión fortalece enormemente los conceptos sobre los que descansa. Entre la masa (sea ésta mayor o menor) las consignas son elevadas a cotas altísimas y la asociación se define como representante de todos, algo que lógicamente no tiene salida. Por eso las exigencias de estos grupos se pronuncian como grandes soluciones absolutas y sólo pueden practicarse como verdades parciales.

Porque, muchas veces, querer ser uno mismo se confunde con creer seguir la única manera correcta de ser uno mismo, ya sea esperando a la selección en Barajas o encabezando la primera carroza en el día del orgullo gay.

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