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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Quiero vivir; vivir quiero

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
sábado, 5 de julio de 2008, 22:44 h (CET)
Quiero vivir. Es lo que nos dicen con sus tristes miradas los que nada tienen para llevarse a la boca. Las estadísticas nos apuntan, para vergüenza de los moradores del planeta de la abundancia, que el número de personas con hambre en el mundo aumentó unos cincuenta millones como resultado de los elevados precios de los alimentos. El martirio del hambre exige avivar programas de seguridad alimenticia mundial. Es necesario alabar el esfuerzo ante las emergencias, causadas por catástrofes naturales o por guerras; pero, asimismo también es de justicia, implicarse más allá de una ayuda puntual para un momento concreto. Sabemos que ninguna institución ni país será capaz de resolver por si sola la crisis alimenticia. Es un problema del mundo que el mundo unido ha de resolver. Cuando la miseria y el hambre entran por la puerta de un país, es que el amor de vecindad ha huido por la ventana y el desarrollo solidario no ha pasado de ser un ropaje de metáforas. Por ello, pienso que con urgencia hacen falta expertos en humanidad para que humanicen lo deshumanizado del astro vivo.

Vivir quiero. Porque la vida no se ha hecho para malgastarla unos pocos privilegiados, sino para vivirla todos con todos. Que el hambre y la malnutrición sigan escalando posiciones en el planeta es el mayor escándalo y la mayor corrupción contra el poema de la existencia. La campaña contra el hambre debe ser diaria en el diario del vivir. El mundo precisa una economía más solidaria, que no lo es para nada, más bien camina degradada por la falta de justicia. La primera injusticia es pensar que la miseria del mundo no está a cargo nuestro, cuando si debe estarlo, sobre todo en los países globalmente ricos. La soledad del que tiene hambre y no encuentra, va dejando un rastro de lágrimas, que debiera ponernos en movimiento en la búsqueda de la mayor eficiencia en la gestión de los bienes terrenos; en una mayor aplicación de la justicia social, exigida por la destinación universal de los bienes.

Acciones recientes como la llevada a cabo por una treintena de niños ciegos y explotados de Madagascar, dispuestos a que les escuchemos este verano por toda España para dejar de ser invisibles, gracias al buen hacer la ONG “Agua de Coco”, sin duda merecen no ya solo nuestro incondicional apoyo, sino entrar en sintonía con ellos, reflexionar con sus voces y pensar que el camino de los derechos humanos es el abecedario de todo caminante en el curso de la vida. Flacos y más bajos de lo que corresponde a su edad, buscándonos en su mirada, estos chavales, que si saben de hambre y malnutrición, nos dan con su actuación la gran lección de que una carencia grave y prolongada de alimentos provoca el deterioro del organismo, apatía, pérdida del sentido social, indiferencia y a veces incluso crueldad hacia los más débiles, niños y ancianos en particular. Grupos enteros se ven condenados a morir en la degradación. Ellos se han salvado de momento, pero como los auténticos poetas en guardia, levantan su voz y piden justicia.

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