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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El velo fariseo de Bermejo

Roberto Esteban Duque
Redacción
lunes, 7 de julio de 2008, 01:15 h (CET)
Unos cuantos hombres, movidos por una inquina oscura, van ejecutando sin paliativos, de un modo inflexible y progresivo, una tarea de arrinconamiento de la Iglesia católica, especialmente dirigida hacia la jerarquía eclesiástica. Son individuos que utilizan el poder público y la elaboración de las leyes para fines casi exclusivamente partidistas, bajo pretextos de una sociedad siempre cambiante y en evolución. El poder público se halla en manos de arrogantes, de hombres y mujeres sin cultivo intelectual, de petulantes cuyas carencias se manifiestan en la falta de pudor para ajustarse a la verdad cuando hablan en público. No se trata de que se acierte o no, sino de la falta de escrúpulo, de la ausencia de moralidad, del estado de corrupción indolora con que actúa la arisca soberbia del triunfante.

El último en personificar el estado de estulticia del Gobierno ha sido el ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo. Como una estupidez no se puede dominar si no es con otra, Bermejo realiza sin aprensión un cúmulo de estupideces. El ministro de Justicia anuncia estos días “modificaciones profundas” en la futura Ley de Libertad Religiosa. No teman, la finalidad es santa: desde el principio de igualdad, se intentará “asegurar que nadie sea discriminado por profesar credos minoritarios”, y desde la neutralidad del Gobierno que practica la laicidad se establecerán “relaciones constructivas con todas las religiones”. Además, según Bermejo, el velo islámico no es ningún problema en una España de “larga tradición de velos”, donde “las monjas lo llevan voluntariamente”, y para quien la relación con la Iglesia católica es considerada como “muy buena”.

A ver, Bermejo, majo, ¿es que debe ser neutral un Estado no confesional? El Estado no es neutral a los valores democráticos ¿O acaso es la pena de muerte por convertirse un musulmán al cristianismo o ser apedreadas las adúlteras lo que quieres promocionar con el fin de que “nadie sea discriminado por profesar credos minoritarios en España? Laicidad del Estado no es neutralidad o indiferencia hacia los bienes y valores de la tradición nacional prevalente, a la que históricamente hace referencia, como muestra la Constitución Española. A ver, Bermejo, majo, ¿cómo haces coincidir hasta la confusión el velo de las monjas con el de las musulmanas? ¿No ves ninguna diferencia? ¿Qué velo te mola más, el de la hipocresía, que te lleva a calificar de “muy buena” la relación con la Iglesia, o el de la mediocridad, que te lleva a no contar con ella para nada porque tu laicismo no te permite el contacto con la jerarquía católica, enemiga de la sociedad y de la cultura biempensante?

Este tipo de hombres sin escrúpulos es el que nos gobierna. Y lo peor es que se escudan invocando el progreso y la modernidad, la dignidad humana, la libertad, la igualdad y fraternidad. Se trata de un hombre parcialmente cualificado, que aprovecha el poder y el estado de opinión pública creado por los medios de comunicación para enervar, en un gesto arcaizante, a la Iglesia. Y esta resolución de gobernar a su antojo, como niños consentidos sobrevenidos al poder, conduce a la exclusión indebida y totalitaria de todo aquello que no cae bajo su manto ideológico y republicano, a la imposición de leyes arbitrarias y lesivas para la convivencia, generadoras de permanentes conflictos por la asimilación previa de una de las partes implicadas con sus intereses o identidades culturales. Este es el verdadero problema, Bermejo, majo. En la medida en que el Estado se identifica con el reconocimiento y la defensa de los derechos de ciertos colectivos, se imposibilita y disuelve la laicidad pretendida, de modo que aquello mismo que se dice procurar es lo que inexorablemente se dificulta, incluso desde el mismo ordenamiento jurídico.

Si, como afirmara Ortega, llegamos a ser sólo una parte mínima de lo que podemos ser, la prepotencia de Bermejo todavía está en una situación germinal, y el estado de disolución en que el Gobierno anhela dejar a la Iglesia católica no ha hecho más que empezar. Es un visionario quien se declara partidario de un mundo y una sociedad en que la Iglesia católica no exista. Es totalitario el Estado que no te permite obrar con la convicción de que Dios dirige el mundo, con lo que esto entraña en la vida civil. Y es una irresponsabilidad histórica volver, desde el poder público, al ancestral cainismo, al enfrentamiento cultural e ideológico entre la España del confesionalismo y la España del laicismo excluyente que profesa un grupo de hombres sin más talento y afán que deshacer la convivencia en paz de nuestra nación, y que llevan puesto el velo fariseo de Bermejo.

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