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España no es diferente

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 4 de julio de 2008, 00:38 h (CET)
Entre la impagable deuda que la nación española tiene contraída con el Reglamento para jugar al fútbol, figura el concepto de haber establecido –de una vez por todas, es de desear-, que España no es diferente de cualquier otro país. En efecto, los fastos nacionales vividos con motivo del triunfo sin reparos en la Euro Copa, se podían haber vivido en cualquier otro del área más latina de Europa. La emotividad es un componente caracterológico de nuestra ciudadanía. Como la actividad -tal vez en menor proporción-, o la reacción “primaria”, es decir la que da respuesta inmediata a una causa. Y se sabe, desde la clasificación de los caracteres, que Emotivo, Activo y Primario, definen el temperamento “apasionado”. Aquí reside el único distingo temperamental, la pasión encendida ante determinados acontecimientos.

Los ingleses inventaron ese reglamento, como casi todos los demás; son los maestros del “fair play”, del juego amable, de competir por competir. Dan lo mismo tres palos bajo los que colar un balón, que una red por encima de donde enviarse pelota tras pelota, de lado a lado. Basta que el objeto en juego, balón o pelota, toquen una arbitraria raya trazada en el suelo para que el triunfo sea de un competidor u otro. Es así, y hay que descubrirse ante esta inestimable aportación al ocio de la humanidad. Con toda su gloria, el Imperio Romano llenaba de sangre las horas de expansión. El Británico, inundó de rayas blancas los terrenos de juego del mundo entero. Gloria -aunque solo sea por eso- a ellos. Por muy “gruesos” que nos puedan caer, en tantas otras cosas, los “hijos de la Gran Bretaña”.

La historia de España no es un ejemplo de fair-play precisamente. Epítetos como “perro judío”, o la sentencia de “leña al moro”, se remontan hasta remotos tiempos como sustancia de lo español. El contrincante, en este país, siempre ha sido algo más que adversario, era un enemigo a eliminar de la faz de la tierra. Los años de la invasión mora en la península, se llenaron de sangre con ida y vuelta. Aunque siglos antes los romanos, cartagineses y celtíberos ya hubieran empapado con la suya el mismo solar patrio. Y, así, hasta el siglo pasado, en que la “Spanish Civil War” no sólo la volvió a llenar de sangre, sino de tinta, ya que la bibliografía acumulada es superior a la de la Segunda Guerra Mundial.

Más, también en el siglo pasado ¡llego el fútbol!... traído por los ingleses a las minas de Riotinto. Y el país fue cambiando al incorporar el sentido de respeto por el adversario, de que, tan sólo se pierde un encuentro, sin que la sangre llegue al río. Se aprendió también, que el árbitro es una autoridad inapelable, no por justo, sino por hacer respetar el reglamento. Los partidos, por muy apasionantes que sean, se acaban a su hora, no como en el “Duelo a garrotazos” de Goya, en que dos vecinos se dedican a aporrearse hasta la muerte de uno de ellos. El fútbol, querámoslo o no, nos civilizó, y añadió un leal saber entenderse al país que arrastraba uno de los mayores bagajes culturales del mundo.

Y, en nuestros días, ha sido coronado en sus horas de triunfo sobre toda Europa. La marea de banderas “roja y gualda” se ha exhibido en los medios por todo el mundo, e inundó la mayor plaza de Madrid ante la muda y enhiesta presencia de Cristóbal Colón; le habría llenado el asombro si hubiera contemplado el inaudito espectáculo de pasión, armonía y solidaridad. “Esta no es mi España, que me la han cambiado”, pensaría.

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