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Eurocopa y nacionalismos

Wifredo Espina
Wifredo Espina
@wifredoespina
miércoles, 2 de julio de 2008, 00:00 h (CET)
Politizar un partido de fútbol, por importante que sea y emociones que levante, constituye un craso error. Antes y después de jugarse. Es sacar las cosas de quicio, del marco deportivo en que deben moverse. Así en el caso de la apasionante Eurocopa.

Son comprensibles las naturales explosiones populares ante un acontecimiento como este. Pero trasladarlas al plano de la política es desnaturalizarlas. Entonces, de legítimas emociones sanas pasan a convertirse en insanas confrontaciones. El franquismo las explotó como ‘opio del pueblo’ para adormecer conciencias y en provecho de un régimen totalitario.

Ahora, contrariamente a los que cabía esperar, está ocurriendo algo parecido. Las victorias y las derrotas deportivas, de unos y de otros, son abusivamente utilizadas por movimientos políticos y sentimientos nacionalistas de toda índole.

Se entiende que un triunfo o una derrota deportiva, especialmente de trascendencia internacional, sacuda los sentimientos de los seguidores y partidarios del equipo. También los sentimientos cívicos de los ciudadanos del lugar o país a que pertenece o representa, deportivamente, el equipo. Una victoria desata grandes entusiasmos, una derrota un profundo desengaño colectivo.

Pero darle a esto trascendencia política –como hacia el franquismo- es signo de inmadurez, de complejo de debilidad, cuando no de mala intención. Un triunfo del equipo o selección española, en este caso, es natural que produzca una explosión de españolidad, ya no lo es tanto que esa explosión sea de españolismo. Esto último comporta, inexorablemente, respuestas de otro signo contrario. Al nacionalismo españolista se le contesta con los nacionalismos periféricos. La espiral de la confrontación política se pone en marcha.

En sentido deportivo del acontecimiento queda desfigurado, contaminado y traicionado. Que muchos catalanes y vascos, por ejemplo, apuesten o se alegren por una derrota de la selección española, resulta tan absurdo como una muestra de un sentimiento insano. Estos triunfos y derrotas no debieran desbordar el marco de la españolidad; nunca caer en el del españolismo. Son satisfacciones o decepciones sociales, no políticas.

En un país en que estos excesos son frecuentes, no es extraño que nos encontremos con deplorables expresiones como la de Puigcercós, presidente de ERC : “no tengo más remedio que estar a favor de Alemania; muchos catalanes no nos identificamos con la selección española”.

Más sensato, por el contrario, ha sido Urkullu, presidente del Partido Nacionalista Vasco, al afirmar que “ya está bien de utilizar el deporte sacando las cosas de su propio contexto (...); dejémonos de tonterías”. Y tras precisar que el no ha dicho que estaba en contra de la selección española, y que “cada cual es libre de tener las aficiones futbolísticas que quiera”, ha añadido que se están “manipulando” , por unos y otros, unas “aficiones sanas, elevándolos a categorías ideológicas de confrontación entre sentimientos de identidad” .

Es el Puigcercós que propugna desobedecer la sentencia que dicte el Tribunal Constitucional sobre el Estatut. Y es el Urkullo que afirma quenque acatará la decisión del Alto tribunal sobre el propuesto Referéndum vasco.

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