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23 héroes y cientos de campeones
Daniel Sanabria
La primera columna de opinión que escribí en este diario, hace ya dos años, se titulaba “Un oro que pertenece a una generación de 25 años”, y en ella contaba la victoria de la Selección Española de Baloncesto en el Mundial de Japón. Decía yo por entonces que esa medalla de oro de los Golden Boys también pertenecía a una pléyade de baloncestistas que lucharon por convertir al baloncesto en el segundo deporte de este país.
Cuando el domingo ganamos la Eurocopa tuve una sensación parecida. Los nombres que pasarán a la historia son los de Villa, Torres, Casillas, Xavi o Cesc, pero el triunfo de España en Austria significa el reconocimiento a cientos de jugadores que vistieron esta camiseta roja para entre todos hacernos creer que algún día seríamos nosotros los que levantaríamos las manos al cielo. Y ese día fue el domingo.
Recuerdo la generación de la Quinta del Buitre, con Michel, Pardeza, Sanchís, y tantos otros jugadores que se quedaron a las puertas. Con más claridad retengo el Mundial de Estados Unidos, con Caminero, Luis Enrique, Hierro y Julio Salinas y aquella defensa del Barça que nos hizo sudar hasta el último suspiro. Y por supuesto la generación previa a la actual, con Morientes, Alfonso, Julen Guerrero, Guardiola o Raúl.
Con especial cariño me acuerdo del capitán del Madrid, que con tres mundiales y dos eurocopas en sus botas, y con el título de máximo pichichi de la historia de la Selección, nunca tendrá en su palmarés esta Copa de Europa. En realidad, este trofeo también le pertenece, porque ayudó en los partidos de clasificación, porque fue el instructor de muchos de los que ganaron el domingo, y porque asumió su situación con naturalidad en lugar de alimentar un debate nacional que inventaron los medios.
La explicación de por qué esta generación sí y las anteriores no es más difícil de lo que se dice por ahí. Esta tenía talento, las otras también. Esta tenía ganas, las otras también. Esta tenía un líder, las otras también. Muchas veces los periodistas pasamos horas y horas analizando y desgranando situaciones que en muchas ocasiones son fruto de la suerte o del destino. Si Di Natale no hubiera fallado aquel penalti de cuartos, nadie habría defendido este modelo de juego de España, ni a Luis Aragonés, ni se diría que esta es la mejor Selección desde hace décadas.
Yo tampoco tengo claro por qué este año ha sido que sí, pero estoy convencido de que uno de los motivos es la debilidad y dejadez que han mostrado las grandes selecciones. Si nos damos cuenta, Italia apenas nos dio un susto en 120 minutos, Alemania nunca dio la sensación de que podía remontar la final, y eso que son alemanes, y a las otras dos favoritas (Portugal y Holanda) las mataron en el mismo sitio en el que nos llevan matando a nosotros mucho tiempo: en cuartos.
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