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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Sale a cuenta promover el libertinaje?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 1 de julio de 2008, 23:55 h (CET)
Miren por donde me parece bien esta proposición que han formulado algunos congresista para garantizar a “los grandes monos” un trato adecuado a su dignidad como simios, los ancestrales compañeros, mentalmente capitis disminuidos, del homo sapiens; de cuya tutela y, en su caso, curatela, debiéramos habernos ocupado con más diligencia si no fuera porque siempre hemos temido que,.a la hora de compararnos con nuestros hermanos peludos antropoides, nosotros, escuálidas y depauperadas criaturas pensantes, me temo que es muy dudoso a cuál de ambas especies le cuadra mejor eso de “animal racional”. Pero, como no se trata de entrar en disquisiciones darwinistas sobre las especies que habitamos la bola estelar a la que llamamos Tierra y, teniendo en cuenta que, puestos a reconocer derechos de cada especie, sería muy discutible el porqué diferenciar entre grandes simios o pequeños simios, o entre elefantes y humanos; debido a que, si queremos comparar, me temo que, en la mayoría de casos, el resultado sería desfavorable para nosotros. Pero me resisto a no romper una lanza por la zarigüeya quien, al parecer, es uno de nuestros más respetables y nobles antecesores; lo que, a mi modesto entender, le confiere el derecho a que se le reconozcan, al menos por antigüedad, los mismos derechos que a los gorilas y orangutanes.

Sin embargo, me temo que, dada la deriva que va tomando la humanidad desde hace unos años, las expectativas que se nos presentan a los humanos o, si se prefiere, a las criaturas que utilizamos el cerebro para pensar, son las de una degradación progresiva que, con toda probabilidad, va camino de llevarnos a lo que la fantasía de Pierre Boulle permitió que se convirtiera en una película en la que, en el planeta azul, la humanidad, por su afición a autodestruirse, quedó reducida a una colonia de seres inferiores dominados por los propios simios. Porque, y esa es la maldición a la que deberemos enfrentarnos, el sistema educativo que utilizamos, el relativismo de nuestra moral, el olvido de los principios éticos y religiosos, va conduciendo a nuestra juventud a situaciones cada vez más disparatadas y carentes de toda lógica. Así nos encontramos que, en un centro educativo de los EE.UU, 17 chicas adolescentes se ponen de acuerdo, simplemente como un reto para pasarlo bien y divertirse, en quedar todas, a la vez, embarazadas. Lo verdaderamente extraordinario es que se lo toman en serio y cumplen lo convenido, aunque parece ser que alguna, para conseguir un padre, no despreció acostarse con un mendigo. Un caso extremo de hacia donde puede una mente desordenada conducir a un individuo. El absurdo, elevado a la enésima potencia, de auto flagelarse a si mismo, simplemente, por un simple juego.

La inmadurez de unas mentes, en muchas ocasiones poco informadas, carentes de frenos morales, acostumbradas a ejercitar su libertad sin cortapisas, que reniega de su familia a la que acusa de interponerse en el disfrute de sus derechos y pasiones; permite que, a tempranas edades, en ambientes escolares que se prestan a ello a causa de las teorías agnósticas o ateas de ciertos profesores, sus orientaciones políticas o su despreocupación por los alumnos; la falta de disciplina en las aulas y las leyes que, cada vez más, privan a los educadores, padres y profesores, de los medios para imponer su autoridad a los menores; partiendo de la errónea creencia de que, los derechos de estos quedan en peligro cuando se les castiga o se les obliga a seguir el camino recto. La libertad mal administrada; el abandono prematuro de los jóvenes de sus hogares para establecerse por su cuenta, muchas veces financiados por sus propios padres; la asistencia a discotecas, tugurios y antros de prostitución donde se bebe alcohol, se venden drogas y se practica el sexo en colectividad, son prácticas comunes en una gran parte de nuestra juventud que,sin tener la madurez que les obligue a reflexionar sobre las consecuencias de sus actos, acaban en una espiral de envilecimiento que, en la mayoría de las ocasiones, les conduce a una situación en la que se sienten incapaces de salir del abismo aunque sientan la necesidad de hacerlo.

Y esto nos hace reflexionar sobre las deletéreas consecuencias que las imprudentes medidas de un gobierno socialista, que pretende romper el vínculo familiar de la juventud, para conducirla al relativismo y al pensamiento único basado en las doctrinas caducas del bolchevismo soviético. Aunque sólo fuera para preservar a la juventud de esta degradación de las costumbres y de su enfangamiento en las drogas y el vicio; si no existiera debiera inventarse la religión. El materialismo del Estado, su lucha para desprestigiar a los religosos y religiosas, buscando la ocasión de resaltar las faltas de unos pocos para generalizarlas por medio de los medios de comunicación, dejándose en el tintero el bien que produce para lo sociedad la actividad de miles de sacerdotes en las misiones, en los hospitales, en la enseñanza, en la sociedad (atendiendo a pobres, alimentándoles y ayudándoles a valerse por si mismos). Es evidente que la historia se repite y hete aquí que, el gobierno de ZP, está incurriendo en el mismo error de Azaña cuando suprimió, de un plumazo, la enseñanza religiosa en España, en circunstancias en la que, como ahora mismo, la enseñanza pública era escasa y de calidad muy deficiente.

Cientos de miles de abortos, chicas jóvenes embarazadas, madres que abandonan a sus hijos, padres que los golpean, maridos que asesinan a sus mujeres o las maltratan y, todo ello, en un ambiente enrarecido donde la justicia no funciona ni es capaz de atender sus obligaciones, las leyes se vuelven cómplices del delincuente en lugar de prevenir el delito, se castiga a la policía cuando intenta mantener el orden y se premia a los que lo alteran en base a quien sabe que supuestos derechos a sus libertades. Los políticos en otro mundo, sin atender las necesidades del pueblo y sacando provecho de las miserias de los ciudadanos; más atentos a garantizarse sus poltronas que en ocuparse de poner orden en las cuestiones de Estado. Sin Estado de Derecho y con el poder político dominando al Legislativo y al Judicial, no es difícil darse cuenta de hacia donde nos estamos dirigiendo y de cuáles son las previsibles consecuencias, si Dios no lo remedia, de este emponzoñamiento de la sociedad española. Pero parece que nadie se preocupe por ello, como si todos confiaran en el milagro, a pesar de no creer en Dios, que nos salve a todos de la crisis, de la descomposición de la sociedad y de la degradación de las costumbres fruto del olvido de los principios básicos del derecho natural que, Aristóteles, cinco siglos antes de Cristo, ya consideraba como fundamentos rectores de la actividad humana. O rectificamos o todos acabaremos envueltos en nuestros propios excrementos. Y no crean que se trate de una figura retórica.

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