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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Quiero decir lo que quiero saber

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
lunes, 30 de junio de 2008, 23:42 h (CET)
Todo es sorpresa en este hábitat de aires acondicionados y pocos árboles, en este mundo donde se lanzan redadas masivas contra inmigrantes, mientras las calles se desbordan de violadores y violencias. Quiero decir lo que quiero saber, por qué al odio todavía no se le ha dado el pasaporte del adiós y el látigo no se doblega ante el amor. Muros adentro, en nuestro país, la justicia sigue en el mismo andén de obras. Dicen que para modernizarla. El ciudadano que tiene la desdicha de acudir en su amparo ha de contar con la paciencia del lucero del alba. Póngase en lo peor para no morirse de tristeza. En demasiadas ocasiones queda lejos esa justicia resolutoria, que actúa de forma rápida, transparente y eficaz. La injusticia parece ganar terreno en un planeta lleno de potencias nucleares sin control. El mundo está que arde, cuándo se dejará de permitir la maldad y de transigir lo que no ha de autorizarse.

Hay ojos que son piedras. Hay abrazos que son pedradas. Las contiendas fueron porque están siendo. Hay que poner paz. Ha de ser un deber diario en el diario de la vida. Hay que ganar tiempo al tiempo, que todo lo desdibuja. Tiene bien poco sentido avivar la pretensión de convertir la laicidad en emblema de la postmodernidad y de la democracia moderna, si cosechamos desórdenes económicos a raudales, o si el imperio de la ley no es expresión de la voluntad popular, o si la calidad de vida se convierte en privilegio para algunos. Qué sed horrible de dignidad la que soportan algunos ciudadanos en esta sociedad en que boga lo corrupto. La corrupción de ideas navega a sus anchas. Todo se compra y se vende, inclusive la carne humana. El tráfico de personas, sin duda, es uno de los fenómenos más vergonzosos para la especie del raciocinio. Hemos llegado demasiado lejos en este mundo de estrellas estrelladas, de dioses endiosados, de diálogos impuestos y de sonidos que aplastan inocencias.

Insisto. Quiero decir lo que quiero saber, por qué el aire no es pureza, ni la brisa una voz que calme, ni por qué esa mujer que muere no se le protege lo suficiente de la selva, o a ese niño al que los adultos le han robado la infancia, o por qué historia ha de ser una mezcla explosiva la disciplina religiosa junto a otras disciplinas del saber. Está visto que un hombre sin moral, ética o religión, es una bestia salvaje que deambula sin rumbo. Pienso que los grandes problemas que afectan al mundo actual, en parte son debidos a ese afán por marginar de la vida personal y pública la galaxia donde destella una escala de valores, que es la llave para la convivencia. Ningún modelo económico o político servirá plenamente a la humanidad, si no se apoya en valores fundamentales que respondan a la autenticidad. Desde luego, los sistemas que elevan lo económico a la condición de factor único y determinante de tejido social están condenados por su propio dinamismo interno a volverse contra el hombre. No se puede ignorar la presencia humana del que vive. Contar la vida por las ayudas donadas y dadas es tiempo ganado para avivar una cultura más humana. Quien hace vive.

Frente a este calvario de horas sesgas, se me ocurre evocar las tres clases de ignorancia, bautizadas por el escritor francés Rochefoucauld: no saber lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabe, y saber lo que no debiera saberse. Conocernos y respetarnos unos a otros en la diversidad de nuestras culturas, esto debiera saberse al dedillo para poderlo cultivar todos con todos. Otro de los desafíos más difíciles de nuestro tiempo es saber mal lo que se sabe, y así no se puede entender que el encuentro entre la tradición y la modernidad, es decisivo para el futuro de las generaciones más jóvenes. Se trata de un diálogo que requiere mucha ponderación y reflexión, y exige un sabio equilibrio. En ocasiones, es cierto, nos quedamos en la superficialidad de un saber que se sabe lo que se sabe e ignora lo que no se sabe, sin profundizar ni en el lugar del ser humano en su planeta.

Insto, pues, a la coherencia de un querer decir, previo habérmelo dicho a mi mismo, lo que uno quiere saber sin miedo a las etiquetas, con la libertad del lenguaje como norma. Con la palabra se puede expresar todo, hay que conjugarla en todos los tiempos para solidarizarse, tildarle un adjetivo para adjetivarla semánticamente, máxime en un mundo tan confuso como el presente. Después de decir lo que quiero saber, aparte de que es preciso saber escuchar, hay que saber cómo vivir e igualmente saber cómo convivir. Por desgracia, saber vivir, con toda la razón, con toda la profundidad de nuestro pensamiento, de nuestra voluntad, no es fácil, es un camino que exige valentía, sentirse un don nadie, y también un poeta en guardia permanente. Lo que quiero saber, al fin y al cabo, seguro que es lo mismo que lo que piensa el lector en algún momento. Son los mismos interrogantes de siempre: por qué la realidad que vivo transcurre sin actitudes responsables, por qué todo pasa y todo vuelve, como si estuviésemos a merced del aire. Y si el mundo procede de la sabiduría, díganme los sabios que en el mundo hay: ¿dónde está la posibilidad de liberarse del mal? Seguramente- como dijo Tágore- leemos mal el mundo y decimos luego que nos engaña. Entonces no somos tan sabios. Las apariencias engañan.

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