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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Abundo, coincido o participo contigo, Tina

Ángel Sáez
Ángel Sáez
viernes, 27 de junio de 2008, 23:05 h (CET)
“A menudo me he tenido que comer mis palabras y he descubierto que eran una dieta equilibrada”. Winston Churchill


Mi vida:

Ciertamente, Tina, también abundo, coincido o participo contigo (estemos o no errados) de esa emoción, idea y sensación de pertinente pertenencia pertinaz, que ambos (sos)tenemos. Ahora bien, a renglón seguido, me brota especificar o explicar que sólo te veo como una propiedad mía cuando me da por considerar que formas (formo) parte de mi (tu) ser. Juntos, tú y yo, componemos un todo. Ergo, acaso fuera más correcto decir que eres uno de los dos formantes de mi personalidad (y que soy uno de los ídem de la tuya), la parte femenina (masculina) que me (te) comple(men)ta como persona.

Si, cuando tal evento ocurre, a ti se te mueve (revoluciona o da un vuelco) el interior, a mí se me muere algo por dentro. Yo, mi bien, te admiro y adoro (no te digo cuánto, porque tú ya te haces una idea bastante aproximada de su peso y volumen) un rimero (o dos –si no me quedo corto, pues no descarto que puedan ser más-).

Te confirmo, para que tengas constancia del hecho, que te explicas de modo estupendo. Eres tan exigente contigo misma que dudas hasta cuando te comento, serena, seria y severamente, lo que reputo proverbial en ti, que acostumbras a atinar en el planteamiento (que no miento), nudo y desenlace de tus alegrías, padecimientos o pareceres al dar de lleno en el centro de la diana, o sea, con la expresión, pintiparada, de cuanto sientes.

Ya ves, cariño. Todos los seres humanos, absolutamente todos, sin excepción, nos equivocamos. Si tú con la acepción más usual de “promiscuo”, yo he metido la pata hasta el mismísimo corvejón al atribuirle el poema titulado “Esta tarde” a Juana Ibarbourou, cuando lo urdió y rubricó Alfonsina Storni.

Sabes que, para mí, no hay ni habrá otra mujer que tú. Procuraré aprenderme tu anatomía (hasta sus recovecos) al dedillo y tu alma (con sus pliegues) de corrido.

Suele acontecerme tres cuartas partes de lo que te sucede (y aun seduce) a ti. Que proyecto tu silueta en medio de la calle y consigo besar (pues llego a sentir) tus labios.

Te ama, rodeando mis brazos en este preciso instante tu cintura (teniendo el mentón apoyado en tu hombro derecho), estando el menda a tu espalda, mirando ambos, arrobados de Amor, en la misma dirección, a Roma, tu

Félix Unamuno.

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