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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Epístola a Zerolo

Roberto Esteban Duque
Redacción
viernes, 27 de junio de 2008, 00:20 h (CET)
Querido hermano Zerolo:

Me he enterado por El Plural y conozco bien tu celo por el Orgullo, que se celebrará el día 5 de julio y que denominas como “el mayor evento reivindicativo, laico y festivo de nuestro país”. Parece que el rasgo principal de esa “ManiFiesta” es la libre expansión de las pasiones vitales de tu afamado colectivo. La calle se ha convertido en el mundo, el ámbito más visible para dar a conocer todas las posibilidades ilimitadas y exponer las “orientaciones sexuales”. Ser diferente ya no es indecente, como antaño creía el pueblo norteamericano. Al cabo, ¿quién es el diferente? El sentido de algunos derechos no era otro que sacar del armario el alma y el cuerpo, salir de aquella interna y oscura servidumbre y condición de proscrito para proclamar tu señorío y dignidad. ¿No era esto lo que se quería? Ya está conseguido. Ha comenzado la revolución cultural, un nuevo estado de espíritu: la reivindicación como la única gleba fecunda y la más alta forma de espiritualidad a que se llega en determinados colectivos.

Es tan desmesurado nuestro análisis del pasado de España que por fuerza deforma nuestros juicios sobre el presente. ¿Quién te niega el espacio público, hermano Zerolo? Puedes vestirte de bufón o cortesana, echarte a la Castellana disfrazado de lalo o lola, tanto monta. Ventilar públicamente los vicios o los orgasmos que se tienen y con quién es una irremediable enfermedad de la época. Recuerda, sin embargo, que tú no representas a ninguna víctima de pretéritas persecuciones. Tan sólo encarnas la contracultura del matrimonio, la maternidad y la familia.

Sé de tus desvelos por presionar desde la ejecutiva para que el Gobierno tenga una política más laicista y reducir al máximo posible la financiación estatal a la Iglesia católica, a quien pretendes debilitar retirando la enseñanza confesional de la religión. Ten cuidado en buscar sólo presionar para imponer aspiraciones y gustos, pues de puro gustarte y sentirte mejor es muy posible que pierdas el respeto por cualquier otra vida distinta a la tuya. Tus constantes reivindicaciones harían vigente aquello que formuló Stuart Mill: la disposición de los hombres a imponer sus opiniones y gustos está tan arraigada en la naturaleza humana, que casi nunca se contiene más que por faltarle poder.

Por lo que he oído, el Orgullo es ajeno a cuanto pretendes desarrollar, “una dinámica sobre la valoración e interiorización de la diversidad y la interacción mutua”. De hecho, no tienes ninguna comprensión hacia la cultura católica, ni muestras empatía hacia otras culturas que no queden integradas en la “Sociedad del Arcoiris”. La Iglesia, hermano Zerolo, no es homófoba, ni impone una visión políticamente correcta de la vida humana; al contrario, su lealtad hacia el hombre como hijo de Dios la hace solidaria de sus deseos y aspiraciones, de sus fracasos y desesperanzas.

Te ruego no seas irracional ni beligerante en tus reivindicaciones, ni desprecies las costumbres y tradiciones más arraigadas en nuestra nación. No hagas públicas las obras de Demeter ni las de Afrodita, o se mofarán de ti. Ni llames “integrista religioso” a quien no piensa como tú. Al decirlo, te haces más intolerante. No utilices el poder para potenciar tu colectivo, ni muestres ira hacia tus adversarios políticos. La verdad es que ellos no están en condiciones de negarte la igualdad. La raza humana, decía Goethe, es demasiado homogénea. ¿Acaso no ves en ellos la posibilidad de compartir algún fin o ciertas metas comunes?

No muestres insolencia hacia los que no forman parte de tu contracultura, ni asumas valoraciones excesivamente altas de tu condición. Estas valoraciones superiores dan lugar a la hostilidad cuando otra persona o grupo parece amenazar la propia condición identitaria. Respeta las tradiciones del pueblo español. El desdén bellaco y la hermética aversión hacia las más inveteradas costumbres y valores o bienes tradicionales sólo manifiestan intolerancia y necedad, un relativismo cultural revestido de una inquietante ideología de género. No seas particularista con pretensiones de universalidad. Tomar el mando del mundo como si éste fuese un paraíso sin huellas antiguas, sin tradiciones ni comunidades, convierte al Orgullo en una fuerza patética.

Saluda a tus hermanos, que son míos también, y ten consideración con los que no sienten como tú. No te veas amo de ti mismo, antes bien que tu vida se remita a un horizonte más excelente. Y que San Pablo me perdone por escribir esta carta en su estilo, sabe Dios que no tengo más pretensión que orar por ti. Paz y bien, hermano.

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