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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Mano dura

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 26 de junio de 2008, 00:26 h (CET)
La Audiencia de Sevilla ha condenado a una madre a pagar 14.000 euros de multa por una agresión que hizo su hijo en el instituto en el que estudia. El tribunal considera que la “laxitud y tolerancia” de la madre a la hora de educar al menor ha motivado el comportamiento violento del adolescente. En el juicio, la madre intentó desviar la responsabilidad del hijo hacia el centro educativo por no hacer “trabajos suficientes de vigilancia” de los alumnos. La sentencia estima que los adolescentes no necesitan una vigilancia tan rígida sino que “la brutalidad e intensidad” de la agresión evidencian “una falta de inculcación o asimilación de educación y moderación de costumbres en el agresor para la convivencia en valores”. Creo que se debe agradecer al juez que haya sentenciado que la madre, en este caso tal vez por ausencia del padre, es la primera responsable de la educación del hijo para la convivencia y que no se haya dejado arrastrar por el camino fácil de culpar a la escuela por no vigilar lo suficiente a los alumnos.

La Biblia nos habla extensamente de la responsabilidad irrenunciable que tienen los padres de educar a los hijos en los caminos del Señor, que es la mejor manera de instruirlos para que no sean un problema social. Esto no quiere decir que si los padres se aplican con esmero a educar a sus hijos todos serán un modelo de civismo. Este esfuerzo, pero, se notará en un descenso acusado de violencia infantil.

Deuteronomio,21:18-23 es un texto que puede ser polémico por su “crueldad”. Los tres primeros versículos dicen: “Si alguno tuviere un hijo contumaz y rebelde, que no obedece a la voz de su padre ni a la voz de su madre, y habiéndole castigado, no los obedece, entonces lo tomarán su padre y su madre, y lo sacarán ante los ancianos de su ciudad, y a la puerta del lugar donde viva, y dirán a los ancianos de la ciudad: este hijo nuestro es contumaz y rebelde, no obedece a nuestra voz, es glotón y borracho”. Es de suponer que este hijo contumaz y rebelde, glotón y borracho es uno de aquellos jóvenes que Proverbios describe como “gente sin escrúpulos” que se ponen “a espiar para derramar sangre” y que “paran trampas al hombre bueno”. Es decir, que es un peligro social. Los padres de este hijo contumaz y rebelde, glotón y borracho no traspasan a la escuela la responsabilidad de su violencia, sino que reconocen su fracaso y, ante su impotencia para enderezarlo lo llevan ante las autoridades locales, que son las que legalmente pueden castigarlo por sus fechorías.

El texto que comentamos pone de manifiesto que determinadas actitudes antisociales no se corrigen con dulzura y que es preciso de la mano dura para acabar con el comportamiento que pone en peligro la integridad y las vidas de los demás. Los defensores incondicionales de los derechos del hombre se cabrearán al leer que la sentencia que se dictó contra este joven fue la muerte. Evidentemente, la nuestra no es una sociedad teocrática como lo era la del antiguo Israel. Así y todo, la enseñanza del texto es clara: ante determinadas conductas antisociales, las autoridades constituidas con el beneplácito divino deben aplicar mano dura a quienes ponen en peligro la paz social y, revisar si es preciso, el código penal para evitar las reincidencias demasiado frecuentes, por cierto.

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