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Nostálgica despedida al PP

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 25 de junio de 2008, 08:06 h (CET)
Hay dos cosas que especialmente me incomodan del señor Camps. Una de ellas es está reiterada manía de erigirse en el representante de la opinión de todos los militantes del PP que, por supuesto, siempre coincide con la suya propia y, la otra, que ya viene de largo, es que siempre estuvo en contra del señor Zaplana, el que, precisamente, fue el artífice del cambio del voto de la Comunidad Valenciana a favor de las propuestas del PP. Si en abril pasado ya incurrió en una de sus boutades cuando afirmó, con rotundidad, que “todo el mundo está con Rajoy”, sin ser cierto como se ha demostrado con posterioridad; ahora, cuando ha utilizado, impropiamente, la metáfora del “trasatlántico” para representar al PP de nuevo cuño, afirmando que todos los que van embarcados en él tienen claro que “ el rumbo es el adecuado”. Y digo que la metáfora se presta a no pocas comparaciones, si es que queremos hacer memoria de lo que les ocurrió a algunos de estos enormes buques. Por ejemplo, el Titanic que, como le puede ocurrir a este remozado PP con su nuevo rumbo, chocó con un iceberg que, en el caso que nos ocupa, podría interpretarse como el efecto de su traición a los que lo votaron; o, el hundimiento del Lusitanía por un torpedo, o sea, el torpedo de la insensatez al lanzarse a la aventura, sin medir sus consecuencias ni haber tanteado a las bases para conocer la opinión de la mayoría.

Yo ignoro como deben ir las encuestas internas en la calle de Génova y tampoco sé las informaciones de que dispone el señor Camps para mostrarse tan categórico en sus declaraciones; pero lo que sí sé y nadie me lo va a poder discutir, es lo que pienso hacer yo, si es que el PP sigue por la misma línea que parece que sus directivos están dispuestos a adoptar para, según dicen, conseguir ganar las elecciones del 2012. Por supuesto no pienso votarles. Y no pienso votarles porque hacerlo sería traicionar mis propios principios, mis valores de toda la vida que me trasmitieron mis padres y mi amor por España. Se me podrá tachar de retrógrado, carca y, posiblemente, de no saberme adaptar, como parece que quiere hacer el señor Rajoy, a estos nuevos tiempos en los que, para ser un ciudadano al gusto de los partidos que nos gobiernan, lo primero a lo que uno debe renunciar es a la moral, la ética, la decencia, la religión, el respeto por la vida (tanto del resto de ciudadanos como de aquellos que, teniendo derecho a nacer y gozar de la oportunidad de vivir su particular existencia, son condenados por sus madres a ser masacrados en virtud de una nueva forma de entender las libertades y los derechos de erigirse en el dios de la vida o de la muerte) y el derecho a la libertad de poder elegir.

Y no los votaré porque no puedo estar conforme con esta postura de “laisser faire laissez passer le monde va de lui même” con respecto a esta nueva moral ciudadana en la que se ha pasado de una postura extremista de rechazo a la homosexualidad a considerarla como algo tan natural como la heterosexualidad, llegándose a la aberración de permitir y fomentar el matrimonio entre hombres y mujeres. Y no los votaré porque no estoy de acuerdo con que se consienta, cuando no se fomente, que en nuestra patria se conculquen impunemente los derechos constitucionales por medio de interpretaciones sesgadas y politizadas de tribunales, como el Constitucional o el Supremo, que no han tenido empacho en tragarse los sapos nacionalistas que los separatistas y el señor Zapatero les ha obligado a aceptar. Tampoco los votaré porque han contribuido activamente a este desatino monumental en lo que se han convertido los estatutos de autonomía, por medio de los cuales se han vaciado de contenido preceptos constitucionales, como pudieran ser la enseñanza obligatoria del castellano para que todos los españoles lo conozcan y lo puedan usar; el derecho de los padres a decidir sobre la enseñanza que deban recibir sus hijos en cuanto a principios morales y éticos; la unidad de España y el derecho de ser todos los españoles iguales ante la ley – cosa que no se da desde que, a determinadas comunidades autónomas, se les conceden o niegan privilegios económicos, legislativos y tributarios que pueden suponer para sus ciudadanos ser discriminados de los del resto de comunidades positiva o negativamente.

Es evidente que yo no puedo votar a un partido que se está mimetizando a marchas forzadas con el partido en el gobierno. El no querer ser tachados de “crispadores” ha llevado a esta nueva dirección del PP a transigir con fórmulas, posiciones y maneras que no se compadecen con los valores tradicionales de la formación. Es obvio, por el contrario, el cambio propiciado, seguramente por la gallardonización del partido, con respecto al abandono de hecho del apoyo a la posición de la AVT en relación al terrorismo. Es antitético a la postura inveterada de la formación popular, el que ahora pretendan acercarse a los postulados nacionalistas, sabiendo, como se sabe, que el fin último de todas ellas es ir avanzando hacia la independencia. ¿Qué se pretende con ello?, ¿acaso todavía hay algún iluso que piense que los de CIU o de ERC van a votar al PP? Los que lo piensen es que no conocen a los catalanes ni tienen idea de lo que se cuece por estas tierras. Como ocurre, por cierto, con el incompetente y endiosado Montilla, que todavía se cree que domina la situación cuando, debajo de sus pies, se está abriendo el abismo que le están preparando los partidos independentistas para que, cuando les interese y con la colaboración de ZP, se decidan a arrojarlo al fondo del mismo.

Es obvio que esta nueva situación va a producir, entre los antiguos simpatizantes del PP, una situación de desencanto y e irritación que puede llevar a muchos a decantarse por el partido de la señora Rosa Diez –poco probable para los católicos dadas las ideas de esta señora con respeto a homosexuales y el aborto –, no obstante, como sea que quedan todavía cuatro años para las próximas elecciones, no debemos desesperar de que alguno de los antiguos puntales del PP se decida a recoger la antorcha abandonada por Rajoy y los suyos, para hacerse con el apoyo de todos los descontentos que, si las informaciones que tenemos no nos engañan, puede que sumen unos millones de ciudadanos. Una situación difícil, preocupante y muy peligrosa porque, sin una derecha fuerte, convencida de cuál es su misión y sin complejos, poco se podrá hacer para salvar a España del triste destino que le aguarda en mano de aquellos nostálgicos de la II República frentepopulista de 1936.

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