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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¿Cómo conocí el Opus Dei?

Piedad Sánchez de la Fuente
Redacción
miércoles, 25 de junio de 2008, 21:36 h (CET)
Tendría unos diez años cuando por primera vez oí hablar del Opus Dei. Fue durante la Semana Santa, en un balcón viendo las procesiones con mi familia. Un amigo de mi padre, de pronto, empezó a contarle que “su sobrino Carlos, que estudiaba en Madrid para ingeniero había conocido una cosa nueva que no entendía casi nadie”.

En aquel momento no presté mucha atención pero el nombre que le dio a aquello nuevo se me quedó fijo dentro de la cabeza: “Opus Dei”.

El tiempo pasó y sobre los quince años, cayó en mis manos un ejemplar de “Camino” que leí con curiosidad cuando me dijeron que lo había escrito el fundador del Opus Dei. Sin llegar a comprenderlo y valorarlo en toda su profundidad sentí que algo se removía en mi interior y, que me daba una visión nueva de lo que podría ser la vida que tenía por delante.

Continuó pasando el tiempo, siguió mi curiosidad por saber qué era el Opus Dei, pero lo veía como algo imposible y lejano al no haber en Málaga nadie que pudiera ofrecerme una información seria y verdadera.

Pasaron los años, me casé y ya, con seis hijos, tuve la suerte de conocer la Obra aquí en Málaga, a través de retiros mensuales que un sacerdote del Opus Dei, que ya está en el cielo, nos daba a cuantas mujeres íbamos a la Capilla de la adoración Nocturna, en calle Santa María.

Para mi, conocer la Obra de Dios, su espíritu, fue un deslumbramiento: oír hablar de que somos hijos de Dios, del trabajo como materia en la que encontramos a Dios, de alegría a pesar del dolor, de fortaleza, de amor a Dios y a los hombres, de pensar en los demás antes que en uno mismo… para mi, repito, fue un deslumbramiento porque no me dijeron nada nuevo, nada distinto del Evangelio de siempre, pero me lo dijeron con tal fuerza, con tanto empuje y con tanta serenidad llena de fe en Dios, en Jesucristo y en su Madre Santísima que me di cuenta con claridad de su trascendencia.

Más tarde, en Roma, pude conocer personalmente al Fundador del Opus Dei. Estuve con él también en Andalucía en 1972, en dos de las reuniones que tuvo con grupos numerosos de gente y que, sin embargo, eran tan familiares.

San Josemaría era una persona arrolladora que solo sabía y quería hablar de Dios. Dedicó su vida a eso y a recordar la llamada universal a la santidad sobre todo a la gente corriente y de la calle. Cuando empezó lo entendieron pocos, pero Dios lleva las cosas adelante; hoy es doctrina común de la Iglesia.

En la Edad Media el Señor suscitó a San Francisco de Asís, ejemplo de santidad y de pobreza para sus contemporáneos y para la Iglesia de todos los tiempos. En la época de la reforma protestante el Señor envía una pleyade de santos y santas maravillosos con San Ignacio de Loyola y Santa Teresa de Jesús a la cabeza y, muchos más, que ayudarán a la Iglesia a mantenerse firmes.

En estos tiempos en que el laicismo y el afán de riqueza y de bienestar, junto con la soberbia hace al hombre de la calle olvidarse de Dios y pensar que no lo necesitan, nacen tres figuras señeras que ayudarán a la persona humana a volver en sí y volver al Camino, la Verdad y la Vida que es Cristo. Estas figuras junto con otras y, en orden cronológico son: San Josemaría, la Madre Teresa de Calcuta y Juan Pablo II al que pronto veremos en los altares.

Me gustaría finalizar recogiendo algo del Fundador del Opus Dei: que Cristo nos espera no solo en las Iglesias, sino en las encrucijadas de la tierra, en el entramado de la sociedad, a cielo abierto, sin miedo, sin complejos. Los fieles laicos somos hombres y mujeres a los que nos gusta el sol y la lluvia, el calor y el frío, la risa y el llanto… porque Dios no está lejos de la amistad, el amor, el compartirlo todo, dar la cara con valentía por nuestros ideales: poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Sin el orgullo de creernos perfectos porque no lo somos pero sin complejos de inferioridad; caminando al lado de todos los hombres, nuestros hermanos, implicados juntos, en conseguir una sociedad más solidaria, más justa y más humana.

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