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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Sin una derecha fuerte ¿quién defenderá España?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 23 de junio de 2008, 01:57 h (CET)
Se dice, creo que sin base científica alguna, que las avestruces esconden la cabeza bajo tierra para evitar un supuesto peligro. No sé si el señor Zapatero entre sus más lejanos antecesores tendrá algún pariente relacionado con esta especie de aves corredoras, pero, en todo caso, su comportamiento tiene mucho de similar al de esta struthio camelus de cuello larguirucho. Lo que ocurre es que, en este país, se llega a tal clase de sumisión, por parte de algunos de sus ciudadanos, que uno pudiera pensar que nos encontramos en el reino de los masoquistas, o sea, que da la sensación de que nos alimentamos del placer por el dolor, el sufrimiento o la humillación. Vean ustedes, si no, como los representantes de los sindicatos y de la patronal (hay que dejarlos solos cuando se trata de dar coba y arrastrarse ante los que ostentan el poder) en la reunión que mantuvieron con el señor ZP, se mantuvieron sumisos a “la voz de su amo” y se prestaron a prolongar por un mes más la “hoja de ruta” del diálogo social de este año. ¡Como si estuviéramos empezando el año y la situación no fuera preocupante!

No quiero ni pensar lo que hubiera sucedido, lo que hubieran dicho los sindicatos y las amenazas que hubieron salido de las bocas de sus líderes, en el caso de que su interlocutor hubiera sido un representante de un gobierno de derechas (ya no quiero referirme al PP porque, al parecer, ha decidido abjurar de la defensa de esta parte de la sociedad española). Lo que ocurre es que prefieren callar, no decir ni “mu”, porque saben que quien tiene la llave de las subvenciones, de las suculentas bicocas con las que salen favorecidos es, precisamente, su interlocutor que, además, para acabar de redondearlo, es de izquierdas y, por consiguiente, aunque los trabajadores a los que tienen la obligación de representar, “el pueblo llano”, vean que sus salarios no llegan a finales de mes, no pueda pagar sus hipotecas a causa de un Euroíbor que se sale de madre; no alcancen a acercarse a los mercados porque los artículos de primera necesidad tiene precios astronómicos o se encuentren en el paro a causa de la crisis; ellos ni caso, porque no conviene indisponerse con el Gobierno al que le han de allanar el camino, para que no haya nadie que se atreva a reprocharle su incapacidad, pasividad, desconcierto y marrullería ante una crisis que los ha cogido con el paso cambiado.

Alguien decía que el PP, el antiguo PP por supuesto, no cedía; que no era “comprensivo” con el Gobierno; que se mostraba intratable en sus convicciones y que “crispaba”. Pero a nadie se le ha ocurrido volver la oración por pasiva y aplicarles el cuento a los de la izquierda. Esta izquierda rabiosa, nacionalista, separatista y progresista que sigue anclada en sus principios (¿Se lo puede designar así a sus odio inveterado hacia los que impidieron que el comunismo de Stalín se asentara en España?) sin que, desde que secuestraron a la II República, traicionándola con la revolución de octubre de 1934 y, más tarde, apoderándose, definitivamente, de ella mediante el asalto al poder del Frente Popular el 16 de febrero de 1936, siguiendo las instrucciones de la III Internacional; hayan retrocedido un ápice en sus planteamientos o hayan sido capaces de abandonar sus rencores y sus ideas revanchistas en contra de la derecha, a pesar de que ya hayan transcurrido más de setenta años desde que finalizó la Guerra Civil. De hecho, han seguido manteniéndose firmes en sus trasnochados propósitos totalitarios y de supresión de las libertades ciudadanas; en su guerra a muerte en contra del catolicismo y en su empeño de implantar el pensamiento único, encaminado a suprimir el concepto cristiano de la familia; en promocionar, como doctrina básica, el ideario socialista impregnado de relativismo antroprocentrista, mediante el cual se elimina el concepto de Dios para elevar al ser humano a la categoría de supremo censor de sus propios actos.

El resultado de este estado de cosas es que, en definitiva, quien se ha acaba por llevarse el gato al agua en esta lucha que venían sosteniendo la izquierda y la derecha democrática ­–surgida de la reconciliación que, con gran magnanimidad, ofrecieron los que habían formado parte del anterior régimen, en pro de una transición sin traumas, pacífica y ordenada – han sido los del PSOE y su comitiva de nacionalistas y separatistas, apoyados, desde la órbita más radical, por los comunistas del señor Llamazares, hoy hundidos en sus propios detritus. La derecha, o mejor dicho, aquellos que la han utilizado durante años, los que han fingido serlo para hacerse con los resortes del partido, para acabar, como indecorosos imitadores del traidor Bellido Dolfos, por quitarse la careta y, bajo la excusa de que “no se puede luchar con la realidad” y “que hay que amoldarse a las nuevas costumbres”, no han dudado en darle la puntilla a sus viejos militantes, haciendo un uso indecoroso y fraudulento de la confianza que depositaron en ellos aquellos que hoy tenemos que lamentarnos, en nuestra soledad política, de haberles dado nuestro voto.

Podrán, sin duda, refocilarse en su propia soberbia; podrán, igualmente, regocijarse en haber organizado sus propias “bacanales” ideológicas –eso que ellos llaman centrismo y que nadie ha conseguido poder definir de una manera entendible – en las que, como se dice que sucedía en las del dios Baco, se ha producido el milagro de que, aquellos que llevaban la bandera enhiesta del liberalismo, el catolicismo, la defensa de las víctimas del terrorismo, la unidad patria y la defensa de la España constitucional; han sufrido el mal del egoísmo político, del instinto autoprotector y del oportunismo remunerativo y; vean ustedes por qué extraño sortilegio, todos, todos sin excepción, salvo aquellos pocos que se han negado a participar en semejante merienda de negros, se han metamorfoseado en “centristas de toda la vida”, sin tener en cuenta que, apenas hace unos días, todas la bases del partido estaban pendientes de ellos, esperando que salieran valedores de las ideas y valores que siempre habían sido el santo y seña del PP. La corrupción moral y política fueron la causa de el ocaso de Roma y, con ella, de todo occidente; me temo que, lo que ha ocurrido en el PP, sea el principio del fin de esta España que, durante siglos, ha sabido mantenerse unida bajo el paraguas de la moral cristiana y de la familia tradicional unida. Hoy, todo ello se ha desmoronado. Como noveló José Eustasio Rivera en su libro “La Vorágine”, la incursión del hombre civilizado en la selva virgen lo convierte en “el paladín de la destrucción”. ¿Será eso cierto?

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