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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

Las gracias te las tengo que dar yo a ti, Tina

Ángel Sáez
Ángel Sáez
sábado, 21 de junio de 2008, 02:59 h (CET)
“Cualquier tonto puede criticar, condenar y quejarse... y la mayoría así lo hace”. Dale Breckenridge Carnegie

Mi vida:

Te entiendo perfectamente; sin embargo, considero y hasta creo a pie juntillas lo complementario, que las gracias te las tengo que dar yo a ti, Tina, por dejarme acompañarte (aunque sólo sea como paño de tus lágrimas) en estos momentos tan arduos, crudos y duros (que dan grima, sí) para ti (y, asimismo, para mí –no, no es falsa ni lasa mi empatía-).

Te agradezco que me tomes por tu confidente, por tu amigo del alma, pero déjame que pueda seguir aspirando a merecer el más apreciado y precioso de los trofeos, que calmará mi hambre y sed de ti, el primer premio, el máximo galardón para mí, ser un día (no muy lejano en el tiempo) tu esposo. Puedes deducir que lo propio ocurre también al contrario, a la inversa. Entre lo suministrado por unos canales y otros, tú también sabes mucho del menda (lerenda), tu feliz Félix (mutatis mutandis, ¿otro ave fénix?).

Es lógico que no te encuentres bien. De igual modo, que te solidarices proba y totalmente (¡qué menos!) con lo que le está pasando (y pesando y penando, sin duda, aunque no lo exteriorice) a tu hijita u ojito derecho, a la niña de tus ojos. No es algo anormal lo que te sucede. Todos somos sobrevivientes en este valle de lágrimas, cariño. A unos nos toca sufrir la pérdida de nuestros seres queridos antes, a otros después; pero del desgarrón cordial no se libra nadie (sea en carne propia o ajena –más o menos aneja-), puedes estar segura de ello. ¿Qué es el hombre? Pues, mudando lo que conviene mudar o debe ser mudado, una lasca en el pedregal, una gota de agua en el océano, poca, muy poquita cosa (aunque a veces nos creamos semidioses, y aun los susodichos sin el prefijo, o sea, dioses a secas, sin ninguna posibilidad de asedio, sin adioses odiosos).

El futuro de tus hijos, como el del resto de tus deudos, como el nuestro, es una mezcla de dulzura y amargor, de dicha y pesadumbre. Tienes la obligación de buscar y encontrar tus agarraderas esenciales, tus asideros existenciales. Yo sé que eres para mí como ese dios hindú de muchos brazos, que ahora no recuerdo cómo diantres se llama.

Comparas tu vida con un hilo. Pues no vas desencaminada; no marras. Si hacemos caso a la mitología clásica, es la mayor de las moiras (griegas) o parcas (romanas), Átropos, la que se encarga de dar el corte definitivo a la vida del ser.

Celebro que me consideres una de las causas o razones por las que sigues viva. Eres la conditio sine qua non de mi existencia, Tina. ¿Sabes cuándo he comprobado que te extrañaba o necesitaba más? Cada una de las veces que me he enfadado y cortado de manera provisional contigo. Sin embargo, debo ser tan tonto, insensato, idiota o estúpido que no he espabilado ni a la tercera, pues sigo precisando, una y otra vez, que tú vuelvas a impartirme la misma lección, que no asimilé a la primera, cuando debía. A ver si, tras escribir y recomendarle a la ministra de Igualdad, Bibiana Aído Almagro (que no ha colegido la importancia que para ejercer competentemente el alto cargo que ocupa tiene la cautela), que sea más precavida, dicha lección me sirve también a mí.

El tiempo (el transcurso del mismo) es buen (y aun excelente) lenitivo, sí.

Entiendo que ahora no pienses ni hables de nosotros, Tina. Si sientes que debes ir urgentemente a una iglesia, acude. Si necesitas, inexcusablemente, la ayuda de un sacerdote, búscalo con diligencia y confiésate. Acaso sea óptimo lo que saques en claro; verbigracia, consuelo. Ahora bien, te adelanto que tú no eres culpable de ninguna de las enfermedades que aquejan actualmente a los tuyos, tus más allegados. Impetra a Dios lo que consideres oportuno. Espero que no nos conceda todo lo que podamos soportar. Si a mí la felicidad me la traes tú, ya sabes a qué atenerte.

No debería molestarte que te vieran llorar. Derramar lágrimas no es algo malo en sí mismo, que uno deba hacer en soledad. En todo caso, si no son de cocodrilo, vienen a demostrar lo contrario. Lloran quienes necesitan hacerlo; incluso los hombres más hechos y derechos, las mejores mujeres.

Tú sí que eres un ser extraordinario, de una bondad inusitada. Al dejarme vía libre o permitirme que pueda ayudarte, estás propiciando que servidor vaya mejorando como persona.

Sabes que está a tu entera disposición (ahora, en tiempos difíciles, con más razón y corazón) quien te ama con todo su ser, tu

Félix Unamuno.

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