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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

"An american crime": Ecuación trágica

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
jueves, 16 de octubre de 2008, 09:03 h (CET)
An American Crime, película de atmósfera muy áspera dirigida con mano también áspera por el hasta ahora experto en comedias Tommy O´Haver (Así es el Amor, Hechizada), narra la historia de una muchacha llamada Sylvia Likens que, tras haber sido dejada por sus padres al cuidado de una mujer con graves desequilibrios mentales de nombre Gertrude Baniszewski, sufrió toda clase de torturas y ultrajes a manos de sus hijos, de algunos amigos de éstos, y de la Baniszewski misma, en mitad de una América colorista y feliz muy similar a la retratada por George Lucas en American Graffiti. La comparación entre ambas películas, además de aportar un necesario toque de ironía al título que nos ocupa, resulta muy pertinente, porque, para ser honestos, en ella reside buena parte del interés del largometraje. En otras palabras: An American Crime funciona como el reverso tenebroso de American Graffiti, pero tanto el film de Lucas como el de O´Haver son tan americanos como ventilarse dos cajas de Dunkin Donuts viendo la final de la Superbowl en compañía de un tipo vestido de Elvis. Ni más ni menos.

Y dicho esto, pongámonos serios, pues la historia, por eso de estar inspirada en hechos reales (algo que cada vez más gente confunde con la palabra de Dios, aún cuando es evidente que lo más próximo a la verdad reside siempre en la ficción y eso no solemos alabarlo señor), se merece cierta solemnidad. Tal vez no tanta como busca imprimirle su director, pero si al menos la necesaria para abordar la trama con cierto respeto. Esto último se convierte en algo peliagudo cuando uno, debajo de la apariencia de denuncia del horror humano del conjunto, raspa un poco con el canto de la uña y encuentra una ecuación milimétricamente diseñada para cautivar al espectador. Paso a transcribírsela del tirón: Réquiem+El Sexto Sentido+La Pasión+American Graffiti+cualquier peli chusca de juicios de sobremesa=An American Crime. No falla. Ni tampoco cuela. Las buenas ecuaciones suelen ser más cortas, y ya se sabe que el que mucho abarca poco aprieta, sobre todo en el mundo del cine, donde abarcar mucho equivale a fagocitar otros productos y, por tanto, a diluir la personalidad propia del que se pretende desarrollar en un mar de referencias incompatibles. El momento de la película que refleja mejor la inestabilidad del batiburrillo, es aquel en que el director y su guionista tienen la ocurrencia de sacarse de la manga una de esas secuencias oníricas y engañosas de corta y pega a cuyo término nos enteramos, ¡oh, sorpresa!, de que el personaje de Sylvia Likens está… mejor ni decirlo, pero sólo una pista: la respuesta no es soñando.

Con todo, An American Crime se deja ver mejor que algunos partidos de la Eurocopa y no hay en ella presencias tan crispantes como las de Manu Carreño, Manolo Lama y demás destripaterrones del deporte televisivo, ni mucho menos cancioncillas tan farragosas como el omnipresente y cansino “podemos” creado por Cuatro para zombificarnos durante los encuentros y que veamos a continuación sus habitualmente mediocres programas. En su lugar, Tommy O´Haver cuenta con dos de las mejores actrices del panorama audiovisual norteamericano, ambas en estado de gracia: la Ellen Page de Juno y Hard Candy demostrando que domina con facilidad cualquier registro que se le ponga a tiro independientemente de su truculencia, y la Catherine Keener de Capote y Hacia Rutas Salvajes, que humaniza su papel de sádica despiadada a partir de un caleidoscopio de sutilezas interpretativas al alcance de muy pocas celebridades con mucha más fama y reconocimiento que ella.

De modo que así están las cosas y así se las he contado: una película demasiado formularia así como pretenciosa en su recreación de unos hechos abominables, pero que, desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, sólo saca nota en lo que al trabajo de sus protagonistas se refiere y su irónico juego de contrastes. El resto, bastante más normal que la historia que nos cuenta. Por suerte.

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