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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El cristiano erasmista

Roberto Esteban Duque
Redacción
jueves, 19 de junio de 2008, 09:36 h (CET)
Nace la Fundación Transición Española, con la idea de “conservar, divulgar y defender los valores de la Transición”. Pero nace enferma, bajo el estigma de la injusticia, de la amenaza y del resentimiento hacia la Iglesia católica. Cuando el pensamiento se ve forzado a adoptar una actitud beligerante hacia una institución, su pasado inmediato y su presente, la provocación termina con la escisión en dos grupos, y vuelve “el español por donde solía”, como afirmara Antonio Machado.

De nuevo Peces-Barba, sin saber utilizar la dosis necesaria entre el azúcar y el látigo, fustiga de un modo autoritario y represivo a la Iglesia católica durante su intervención en el primer encuentro de la Fundación. En su opinión, “se deben vigilar las pretensiones de la jerarquía eclesiástica y fomentar un nuevo acuerdo con la Santa Sede, así como una profunda reforma en la Ley de Libertad Religiosa”. Le parece necesario superar el marco de relaciones Estado-Iglesia contenido en los Acuerdos con el Vaticano. Solicita un nuevo tipo de relaciones dentro de la configuración integral de la política religiosa del Estado y de la política de la laicidad del mismo. Es lo que viene repitiendo desde hace muchos años, a saber: que la tentación permanente de la Iglesia católica es convertirse en el único referente moral de la sociedad. Éste sería, según el “cristiano erasmista” (expresión adoptada de Fernando Giner de los Ríos en la aduana americana a su llegada al exilio en 1939), uno de los males históricos y un obstáculo permanente para la construcción de la España civil.

Durante gran parte de su vida, late y se agudiza en el alma de Peces-Barba un drama que no interesa a nadie, una profunda e irritante aversión pública hacia la Iglesia. Su obstinación en mantenerse en su horizonte habitual lo ingresa en la vejez. Y su horizonte se limita en su odio inveterado hacia la institución y la jerarquía eclesiástica. ¡No, hombre, no, así no se asientan las bases de una Fundación tan digna! No se empieza a garrotazos, ni puede reactivarse, desde un lugar de encuentro y de reconciliación, el enfrentamiento con la España católica. Eso es una irresponsabilidad histórica, Don Gregorio. La amnistía no se logra desde el resentimiento. La construcción de la laicidad y de un Estado democrático exige la “amistad cívica” entre adversarios, tan invocada como denostada en la praxis por usted.

Podría Don Gregorio haber comenzado su discurso de enemistad con la condición de señalar después la contribución de la Iglesia a la consolidación de la vida democrática de España. Aunque el sociólogo José Ignacio Wert diera un suspenso el 30 de septiembre de 2007 al rol de la Iglesia en el éxito de la Transición y en el otro extremo un notable alto a la Monarquía (algo que no habría consentido Ortega, puesto que para él ni una ni otra habían pensado sino en sí mismas, sin impulsar verdaderas empresas nacionales), pocos pueden negar que su mensaje de reconciliación nacional y su renuncia a cualquier privilegio la convirtieron en una institución decisiva en el empeño hacia la libertad.

La influencia del Concilio Vaticano II, cambiando la percepción sobre cuál debía ser el papel de la institución con el poder político; el liderazgo de Pablo VI, encargado de hacer posible el cambio de percepción, así como la aportación de obispos, sacerdotes y seglares hicieron de la Iglesia un instrumento de reconciliación y de concordia, facilitando el tránsito de un sistema autoritario a otro plenamente democrático. Asimismo, la Iglesia se convirtió en el más claro apoyo al nuevo Jefe de Estado, un apoyo que se hizo público en la homilía pronunciada por el cardenal Tarancón el 27 de noviembre de 1975 en la Misa del Espíritu Santo, donde se manifestaba la toma de posición de la Iglesia al frente del proceso democratizador, así como una invitación permanente a la concordia.

Peces-Barba se empeña en pasar a la historia como uno de los enemigos más confesos de la ortodoxia católica. La Constitución española plantea claramente una política de cooperación con la Iglesia católica y otras confesiones. La Iglesia no posee privilegios ni constituye una amenaza para la laicidad porque sabe vivir en democracia. La intensidad de la política de cooperación del Estado es directamente proporcional al arraigo de las instituciones religiosas en la sociedad civil, así como a la percepción que los ciudadanos tienen de estas instituciones. No cooperar es desobedecer a la Constitución. Así están las cosas. No puede uno ser tan cínico como para postular más arrinconamiento público de la Iglesia y, al mismo tiempo, dejar sin contenido práctico la Constitución. Más respeto, Don Gregorio.

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