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'El espantatiburones', de Vicky Jenson

Marcos M ndez Sanguos
Marcos Méndez
miércoles, 6 de octubre de 2004, 18:38 h (CET)
Agitacin que parece casi divina, mi vaso de whisky en la mano, y ella, que a n sin estar presente parece estarlo. Seguir viva entonces?, no, la vi morir, fue dram tico, pero entonces... por qu la recuerdo tanto?, nunca fue una chica buena, ambiciosa como ella sola y tan ego sta, el que aspira a mucho con clculos y planes que rozan el pecado acaba con menos de lo que pose a. Me sorprendo de su recuerdo, que desde hace ya treinta aos, inunda mis pensamientos y la sigo viendo joven, con sus mejillas rosadas, con su cuerpo esbelto, su figura perfecta y sus labios de carm n. Su pelo, que de tan solo agitar su cabeza, tan llena, para decirlo a las claras, de pensamientos fros, se mov a suavemente. Era un pelo rizado, puro rizo, puro brillo, pura ella entera, pero qu pronto corrompe el dinero, qu pronto firm el contrato que la unir a a la impureza, al lamento, el sufrimiento y al triste final que en sus ojos se vaticinaba.

Describo y no alcanzo, sigo lleno de amor, pero... amor por ella?, por una mujer que no supo amar?, parece ridcula la idea de amar a quien no te quiso, a quien jug con mil y un sentimientos, qu frialdad, qu rebelda, qu triste al fin y al cabo.

Pero s, estuve enamorado y a n creo estarlo, no lo dudo, slo me entristece. Sigo triste, como esa ni a que a sus diecisiete aos se sienta en el porche de su peque a casa de pueblo, o en la terraza del piso de la ciudad, y piensa que el joven al que ama no le corresponde. Esa nia que piensa: qu mal me trata la vida. Esa nia que al tiempo se convertir en seorita y que clavado en su mente sigue aquel joven; esa se orita que se convierte en mujer y esa mujer que, maltratada por la vida, como pensaba en aquel porche o en aquella terraza, usa sus armas femeninas para burlarse de dos pobres imbciles, cautivados por su belleza, por sus formas, por su malicia, por su arrogancia.

Apenas tomo de mi vaso de alcohol un solo trago. No puedo, me duele pensar as , pero una vez alguien me dijo: pensar en el dolor es autocastigarse, pero para eso estamos aqu. Creo ser masoquista, me autocastigo todas las noches, no me deja dormir, es terrible como me trata aun estando muerta, aun estando bajo la tierra, donde ya no ser cuerpo, no ser mejillas rosadas, ni cuerpo esbelto, ni figura perfecta, ni siquiera labios de carm n, no es pelo rizado, y an menos pura, algo que perdi con los aos y que no se llev a la tumba. T no eres ni siquiera un cuerpo, y entonces qu eres? No eres nada chica, pero eres tanto.tanto dentro de m, a n siento esos nervios que me azotaban cuando pasabas por mi vera nia, a n los siento, pero ests muerta.

(Risas) Amo a un ser que no existe, algo un tanto curioso, pues si me hubieses querido dignamente, de buenas maneras, entonces no llorara por quien no existe, llorar a por quien existi, pero entonces tampoco exististe? No puedo, me duele pensar as .

Sigue lloviendo, parece que va a ser una noche larga, parece que voy a pelearme contra mi conciencia, la que me gana todas las batallas, pero no ensear jams la bandera blanca, no voy a rendirme, voy a pelear hasta el final, aunque pierda la guerra, sin firmar alianzas ni pactos de paz.

No para de llover, y ahora con m s intensidad, s, la noche ser muy larga, demasiado larga, creo que la ms larga de mi vida, quitando aquella en el Hostal Pedrizas. Mejor ser que coja una manta, o puede que dos.

Agitacin que parece casi divina, mi vaso de whisky en la mano, y ella, y tambi n yo, Carlos Fernndez. Oh ella. Oh Carmen!

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