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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Una propuesta y un lamento, una mentira y un insulto

Roberto Esteban Duque
Redacción
domingo, 15 de junio de 2008, 10:58 h (CET)
Aparentes y cegadoras palabras de seda utiliza el laicista y anticlerical Manuel Vicent en su último articulo La esquina para hostigar a la Iglesia católica. Enésimo intento de establecer un régimen jurídico y una cultura ideológica que impida la interferencia de algunos obispos en la configuración de la España moderna. Suave en las formas, pero protervo en el fondo, Vicent propone la ruptura de los Acuerdos con el Vaticano para remediar todos los males que aquejan a la sociedad española; lamenta contristado el poder que todavía ostenta la Iglesia, y que reside en el “disco duro” inoculado a todos los niños antes del uso de la razón en el ámbito educativo; miente cuando identifica el sector más integrista de la jerarquía católica (la esquina) con la extrema derecha, que es lo que en su opinión encarna el mal gobierno de la oposición, obstaculizando una derecha moderna y culta, preparada para una alternancia en el poder; y termina insultando a unos obispos que dificultan la normal vida democrática, calificándolos de malintencionados y avaros en el nombre de Dios.

El “volteriano” Vicent, irreverente inveterado, hastiado de osadías clericales, cree que “la esquina” es el principal obstáculo para la construcción de la laicidad, en su titánico esfuerzo por influir en el ordenamiento jurídico desde la esfera moral contenida en la ley natural y reconocida en la Verdad. Lo mismo piensa Peces-Barba en La España civil, cuando afirma que la “tendencia de la Iglesia a definir la realidad desde la dialéctica del bien y del mal, siempre reservándose para sí ambos términos, es una de las causas de nuestros males históricos y un obstáculo relevante para la España civil”. Lo peor es que eso también se siente desde dentro de la Iglesia. Basta recordar lo que en su día afirmó el abad de Montserrat, J.M. Soler: “la actitud de beligerancia e intolerancia que mantiene cierto sector de la jerarquía católica es fruto de otros tiempos ya felizmente superados”. Parece como si la jerarquía católica estuviese incapacitada para insertarse en el marco de una sociedad democrática y pluralista. Según Álvarez Bolado: “la herencia del nacionalcatolicismo sigue influyendo en ciertos sectores eclesiales”, que serían unos obispos molestos para el actual Gobierno, herederos directos de Gomá, Guerra Campos y Morcillo, entre otros.

Estamos en lo de siempre, un rancio anticlericalismo instalado en El País, incapaz de reconocer a la Iglesia católica, dispuesto siempre a exclusiones conflictivas derivadas de visiones diferentes. Un Estado democrático no legisla anulando a las comunidades morales que existen en la sociedad ni puede desenvolverse en un positivismo jurídico que rechaza la moralidad de la ley. Donde la fe se ve impedida para ejercer su función profética de la política existe el peligro de una visión utópica y totalitaria del hombre y de la sociedad, como ha mostrado la historia. El juez de la vida política no es el Estado, sino el ciudadano, el pueblo. Y una aspiración y una necesidad del pueblo consiste en vivir en paz su propia fe. Si la autoridad política no cuida esta necesidad de los creyentes, no realizará su mejor finalidad de contribuir al bien común, ni contemplará la posibilidad de ver en los cristianos, como sostenía Péguy, “los más cívicos de todos los hombres”.

Supone Vicent, y supone bien, que la jerarquía eclesiástica es muy cambiante. Faltaría más, tanto como el alma de cada obispo. Los hay moderados y los hay de sangre caliente; quienes pidieron la inclusión del nombre de Dios en la Constitución y quienes pensaron que eso no era de recibo; quienes invocaron al cardenal Tarancón y quienes le criticaron por no haber impulsado un partido confesional. Pero se equivoca cuando no respeta el derecho que los obispos tienen a intervenir en la esfera pública de la vida sociopolítica y que sus propuestas sean escuchadas. Entiendo que se prefiera una Iglesia timorata y acomplejada, invisible como fuerza cultural determinante y adaptada al espíritu de los tiempos, una Iglesia que renuncie a cualquier pretensión absoluta o vinculante. Pero si la Iglesia se apunta al pragmatismo que determinados sectores ideológicos de España parecen exigirle no sólo habría renunciado paradójicamente al anuncio de la fe, sino que dejaría de representar el núcleo central y el servicio de toda cultura auténtica, que no es otro que exponer la presencia de lo divino en la sociedad. Recuerdo en este sentido a Nicolás Gómez Dávila, cuando afirmaba: “a una Iglesia que no vuelve la espalda al mundo, éste le acaba dando la espalda”.

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