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¿El primer aviso? Se acabó la luna de miel para ZP

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 14 de junio de 2008, 08:18 h (CET)
Debo reconocer paladinamente que cada vez que sale el señor Rubalcaba por televisión sé que el Gobierno nos la va a dar con queso una vez más. Sabemos que estamos padeciendo una huelga de los transportistas, sabemos que los mercados se están desabasteciendo y podemos comprobar por nosotros mismos que muchos artículos son difíciles de conseguir, especialmente los combustibles. Lo que no sabemos, y esto no deja de ser chocante, dónde se han metido el señor Solbes y Zapatero durante estos días, porque si lo hubiéramos conocido, seguramente, les hubiéramos podido preguntar por estas famosas medidas que anunciaron para este mes y que ya andamos por un tercio del mimo sin que se hayan dado a conocer. Esperemos que, en el Parlamento, nos aclarará todo lo que esperamos que se nos descifre. Por ejemplo, ¿por qué se empeña en repetir machaconamente que no hay crisis, que no tenemos problemas y que todo se solucionará en un plis plas, cuando estamos viendo que la realidad cotidiana nos está confirmando todo lo contrario.

El señor Rubalcaba salió con su habitual aspecto de funcionario de pompas fúnebres para intentar tranquilizar a la ciudadanía con respecto a las consecuencias de la huelga de transportistas. Como siempre, con su habitual flema y cara de niño bueno, nos quiso vender gato por liebre, afirmando que la huelga era pacífica, que no se habían producido más que ligeros incidentes y que las conversaciones con los representantes de los huelguistas iban por buen camino. A las pocas horas supimos que un huelguista había fallecido atropellado por un conductor de furgoneta, que los camiones continuaban impidiendo la entrada de mercancías y pertrechos que llegaban desde Francia y que los ánimos estaban más exaltados que nunca. Hoy, ya se anuncian más de 50 detenciones, se han tenido que enviar a los Mosos de Escuadra a despejar la frontera y, la huelga, sigue sin resolverse porque los huelguistas han desechado las ofertas del Gobierno.

Como no podía ser de otra forma, en estos momentos, se encuentran con los resultados de una política basada en la improvisación y la demagogia. Por mandato constitucional hace ya años que se tenía que haber promulgado una ley que regulase el Derecho de Huelga y que fijase sus límites, la forma de ejercerla y los casos específicos en que dejaba de sur legal para convertirse en una actividad ilegal. Ahora, aunque en el Estatuto de los Trabajadores se habla de las causas de ilegalidad, lo cierto es que nadie hace caso de ellas y ya llevamos muchos años que pocas de las confrontaciones entre patronos y obreros se ciñen, en este aspecto, a los mandatos de la ley laboral. Mucha culpa de todo ello es la forma torticera como los juzgados de lo laboral interpretan las cuestiones de ilegalidad que llegan a ellos, sin que se tomen, por la justicia, las medidas adecuadas para corregir los abusos que se cometen en esta materia de tanta trascendencia. Hoy vemos como el Gobierno se debate entre la espada y la pared; por una parte, no quiere usar la fuerza para que no lo tachen de autoritario y de ir en contra de los trabajadores, y por otra, se está dando cuenta de que el país está entrando en una situación de desabastecimiento, un estado de perplejidad y en una creciente alarma ciudadana que, si no se ataja con rapidez, puede entrar en una deriva de imprevisibles consecuencias.

Hoy ya ha habido enfrentamientos entre policías y transportistas; rifirrafes entre pescadores y policías y se anuncia una huelga de taxistas para los próximos días. Una situación que se va agravando por momentos. Entre tanto, las fábricas de automóviles han tenido que parar por falta de elementos para sus cadenas de montaje; los mercados desabastecidos de pescado y, si no se toman medidas excepcionales, puede que también lo estén de las otras mercancías. Pero, siendo todo ello preocupante, entrañando el peligro de que se lleguen a producir alborotos de difícil contención y suponiendo un aditivo más para contribuir a la desaceleración económica, crisis o recesión, como se lo quiera denominar; lo peor de todo es que, la ciudadanía, intuitivamente, se está dando cuenta de que el Gobierno navega en un mar de confusiones, que sólo da palos de ciego y que se encuentra en esta difícil situación tan perdido como un pulpo en un garaje. Y no se crean que esta es una apreciación mía, basta que tomen como muestra un estudio realizado por un Gabinete de Estudios Sociales y Opinión Pública (GESOP) publicado por el periódico digital Andalucía 24 horas. Según este trabajo la falta de confianza de la ciudadanía (o sea de quienes opinan que la situación es mala o muy mala) se ha disparado más de un 40% en un año y ya alcanza al 66% de los españoles. Esta encuesta se ha llevado a cabo entre ciudadanos afiliados a distintos partidos y se da la circunstancia de que, entre los simpatizantes socialistas, más del 50% comparten esta misma creencia.

Recuerdo haber tratado esta cuestión, antes de la elecciones de marzo del corriente año, en uno de mis artículos, y en él dejaba constancia de que, el obstáculo mayor que tendrían que sortear los socialistas, si querían seguir gobernando en España, era precisamente la crisis económica, que ya se anunciaba desde todos los países vecinos; aunque, ni el PSOE ni mucho menos ZP lo quisieran reconocer. Estoy convencido de que, si no consiguen frenar este desempleo que se está cebando en la construcción y, cada vez más, en otras actividades que parecía que no deberían soportar las consecuencias del “crash” del ladrillo y que, sin embargo, están empezando a dar muestras de debilidad y de caída en picado de sus ventas, como le está ocurriendo al sector del automóvil; de aquí a unos meses estos escarceos que hoy se están produciendo en determinados sectores, se van a convertir en clamores generales que van a poner a prueba el optimismo del señor ZP y sus correligionarios que, como era de temer, cuando les llega la hora de sacar las castañas del fuego a los ciudadanos temen quemarse y se limitan a esperar que se apaguen las brasas. ¡Claro que, con esta postura, las castañas, o lo que es lo mismo, los españoles, por entonces ya estaremos quemados por completo!

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