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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El cáncer de los nacionalismos

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 11 de junio de 2008, 23:05 h (CET)
Es cierto que cuando se deja a las gallinas sueltas fuera del gallinero puede ser complicado hacerlas regresar a él. Esto es lo que ha sucedido con los nacionalismos de determinadas regiones de nuestra geografía patria. Y debo reconocer que, en este aspecto, no toda la culpa se le puede atribuir al PSOE porque, también Aznar (al que, por otra parte se le han de reconocer grandes aciertos en lo que fue la puesta a flote de España, después de un periodo horríbilis de gobierno del señor del señor Felipe Gonzáles) puso su cuarto a espadas, al ceder más de lo que era razonable para conseguir la colaboración del señor Jordi Pujol. Fuere por lo que fuere y tuviere la culpa quien la tuviere, por fas o por nefas, el caso es que a los nacionalismos se les permitió que cogieran más cuerda de la que era conveniente. La consecuencia de esta falta de visión política, el resultado de las cesiones constantes que, desde hace unos doce años, vienen otorgando los gobiernos democráticos a estas sanguijuelas insaciables que nunca están ahítas de poder y que, cuando han conseguido una mejora, no paran hasta intentar, de nuevo, ascender en la escala que pretenden que les conduzca a su objetivo final que, como es natural, es la independencia del Estado español.

No obstante, no puede atribuirse exclusivamente a los partidos minoritarios separatistas de Catalunya, ni a los abertzales o a los independentistas gallegos, que la situación en España haya llegado al punto extremo en que nos encontramos ahora. Ellos, al fin y al cabo, son fieles a sus ideas y utilizan las armas de que disponen, entre ellas el chantaje, para poner, a toda la nación española, en trance de entrar en barrena y quedar convertida en algo parecido a una sandía después que alguien haya disparado contra ella. Y es que, quienes han sabido utilizar las viejas rivalidades originadas por causa de la Guerra Civil, quienes han establecido una barrera de odios entre los dos partidos mayoritarios que hoy existen en España y quienes con más virulencia han manejado los recuerdos de las atrocidades de aquella contienda; han tergiversado lo ocurrido en ella y han desenterrado los muertos de uno y otro bando, han sido, precisamente, los nacionalistas. Ellos han conseguido evitar que, como hubiera sido deseable, tanto el PSOE como el PP, en lugar de pretender sacar rédito electoral del apoyo de las minorías, a cambio de ceder en cuestiones de tanta importancia como pudieran ser la defensa del castellano, el traspaso de competencias, la cesión de impuestos o la solidaridad con las demás autonomías; se hubieran puesto de acuerdo para, como hicieron con el terrorismo mediante el Pacto para las libertades y la Ley de Partidos; firmar un gran acuerdo por la defensa de la unidad de España y la solidaridad entre todas las regiones que forman la nación; relegando a los partidos minoritarios, de tendencias separatistas, al lugar que les correspondía de acuerdo con la escasa representación que, en realidad, tienen.

No han sabido demostrar una amplia visión de Estado, se han dejado llevar por egoísmo de partidos y han sucumbido a la trampa que les han tendido los separatistas. Así es como, hoy en día, debemos ver con asombro como, desde partidos minoritarios, con impunidad total y ante la indiferencia del Gobierno, salen voces discrepantes, se sostienen posturas inconstitucionales y se lanzan, mediante todos los recursos mediáticos afines, toda suerte de soflamas en contra de los preceptos constitucionales. Y, por si alguien pudiera dudar de la situación en la que nos hallamos, hemos tenido ocasión, estos días pasados, de ver como en las Baleares, aquellos partidos minoritarios que, sin embargo, ostentan la llave del poder, se han lanzado como lobos rabiosos, contra el señor presidente de Air Berlín por haberse atrevido a decir una verdad como un templo:”El castellano ha dejado de ser la lengua oficial del país”.

Lo peor ha sido que, en Catalunya, que ya dan por incorporadas las Baleares a su órbita de dominio, el ínclito señor Puig (el del asalto a la piscina de Pedro J. Ramírez, el director de El Mundo), de ERC, conocido por sus métodos “particulares” de respetar los derechos y las tendencias políticas de los demás; ha querido poner su grano de arena para empeorar la situación y, ni corto ni perezoso, colocó una esvástica en el logotipo de la compañía aérea alemana y lo plantó en su blog. Como es natural tal ofensa no ha caído en saco roto en Alemania y, aparte de las protestas que ha desatado en España este acto de falta de respeto contra una compañía de un país amigo, la cacicada del señor Puig, teniendo en cuenta que el turismo alemán es uno de los más fieles y numerosos en las islas Baleares, puede traer consecuencias muy negativas para una actividad cuyas perspectivas, vista la situación económica de Europa, no se presentan precisamente muy esperanzadoras.

Y es que no paramos de cometer torpezas. Véase como un señor Zapatero, huérfano de mejores argumentos para justificar su pasividad ante la crisis, y tercamente empeñado en restarle importancia; no ha tenido otra ocurrencia que meterle una bronca al señor Trichet, el presidente del Banco Central Europeo, al que ha calificado de “imprudente” por llamar a la crisis por su nombre y anunciar una posible subida de los tipos de interés en julio. Claro, no debemos extrañarnos, porque una medida de este orden no favorece sus planes de solucionar la crisis con paños calientes a base de subvenciones, ayudas y mayor gasto público, en lugar de buscar las causas de nuestros desequilibrios e intentar sanear la economía favoreciendo la iniciativa privada y suprimiendo obstáculos impositivos que sólo conducen al cierre de empresas y mayor desempleo. El Gobierno alemán, sorprendido y molesto con las ligerezas del señor ZP ya ha pedido explicaciones al Gobierno español por las críticas vertidas en contra de Trichet. Patochada tras patochada del gobierno del PSOE sólo comparables con las insensateces que, por otros motivos, se están prodigando el partido de la oposición, el PP. Podríamos decir que estamos entre Escila y Caribdis, navegando por un piélago de estupidez.

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