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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Cultura de la vida

Clemente Ferrer (Madrid)
Redacción
martes, 10 de junio de 2008, 09:35 h (CET)
"Una sociedad abortista se hace inhóspita. Con el tiempo, reinará la tiranía y la arbitrariedad en todos los ambientes. Es como una enfermedad infecciosa que se contagia", afirmó la profesora de la Universidad de Navarra, Jutta Burggraf.

En cada aborto existen dos atormentados; el chiquillo y la mamá por lo que, los que incitan a la interrupción voluntaria del embarazo desde diversas áreas de la instrucción, de la información o de la administración, todos son dañados porque, quién ejecuta una vileza, padece un quebranto mayor que aquél que la padece; se devasta por dentro y, en el fondo, se menosprecia.

En una colectividad en la que se ejecutan, anualmente, más de cien mil abortos, es una humanidad con millones de atormentados; con mortales cuchilladas en lo más recóndito de su ser.

Una importante poetisa, que ha desfilado por la experiencia del malparto, matando a su propio hijo saltarín dentro de sus entrañas, afirmó: "Veo a mi niño en los sueños. Después de este acto sólo hay dos posibilidades; o te embruteces y sigues matando, o te conviertes y luchas por la vida".

En el caso de la interrupción voluntaria del embarazo, el desliz forzado asoma, habitualmente, con el síndrome post aborto. El psiquiatra estadounidense Wilke suele concretar que: "Es más fácil sacar al niño del útero de su madre, que de su pensamiento".

Desde el mismo instante de la fertilización, otra persona humana está en el útero de la madre. Prevalece un novel ser humano en el universo, que ha sido concebido para la inmortalidad. Del tal forma que, cuando una joven arriba a un chiringuito abortista, se puede afirmar que penetran dos mortales y que aflora uno; el más frágil e inerme se ha mudado a un viaje sin retorno.

El aborto voluntario es una verdadera esclavitud que origina mucha amargura tanto física como psíquica y espiritual. Dios continuamente admite nuestro arrepentimiento y nos empuja a mudar de vida. Su indulgencia produce una honda conversión en nosotros; nos rescata de la ofuscación interior y cura las llagas.

Urge implantar una nueva "cultura de la vida", garantizar un nuevo estilo de vida. El Papa Benedicto XVI afirmó: "Haber permitido el aborto no sólo no ha resuelto los problemas que afligen a muchas mujeres o núcleos familiares, sino que ha abierto una ulterior herida en la sociedad, ya gravada de profundos sufrimientos".

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CLEMENTE FERRER ROSELLÓ. Presidente del Instituto Europeo de Marketing, Comunicación y Publicidad. Madrid.

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