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¿Ley Electoral? ¡Para largo me lo fiáis!

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 10 de junio de 2008, 07:16 h (CET)
Bueno, señores, en ocasiones uno se siente desbordado por los sucesos que se agolpan a su alrededor; no hay duda de que en este mundo en el que nos ha tocado vivir – algunos pensamos que ya de propina, debido a nuestra provecta edad – fuere por la rapidez con la que circulan las noticias o fuere por la intensidad con la que se suceden los acontecimientos y la importancia que estos adquieren para nuestra propia existencia; cuesta centrarse en algo que no sea de rabiosa actualidad, por lo que no es fácil dedicar un tiempo a reflexionar sobre temas que requerirían una meditación más sosegada o un análisis más específico. No obstante, voy a intentar abstraerme del entorno, prescindir de informaciones sin duda más apetecibles, para comentar lo que pienso acerca de esta utopía a la que, alegremente, denominamos “democracia” sin saber, a ciencia cierta, el por qué lo hacemos y si el término se ajusta en nuestra nación al concepto que se tiene de él en el resto de países que nos rodean, que tantos años hace que la practican.

De pequeño ya fui instruido en la conveniencia de predicar con el ejemplo. Sin duda no hay mejor acicate para un niño que intentar seguir los pasos de sus padres, el instinto de los pequeños patitos de seguir a su madre hacia donde los quiera conducir es una muestra de la tendencia que la naturaleza inculca en los seres de dejarse guiar por sus mayores. Transponiendo este ejemplo a las personas que ostentan la responsabilidad de gobernar, sea la nación o sea un partido político, no hay duda de que su conducta, sus actividades y sus decisiones han de ser ejemplarizantes para todos los miembros de la colectividad que dirige.

Se ha estado hablando hasta la saciedad de cambiar el sistema electoral español. Se han sacado a relucir desde todos los partidos políticos la conveniencia de mejorarlo y hacerlo más representativo y más justo. Se ha comparado con el de otros países cercanos y se han valorado sistemas como el norteamericano o el inglés; se ha especulado sobre la conveniencia de las listas abiertas y la necesidad de acercar a los futuros representantes de la ciudadanía a sus votantes. Se ha valorado la necesidad de que los ciudadanos puedan trasmitir sus quejas a sus delegados sin que el peso de la burocracia interna de los partidos lo convierta en una hazaña casi imposible. Pero, vean ustedes, como, sin embargo, llevamos años anclados en un procedimiento cargado de defectos, muy peligroso por el poder que se les da a determinadas minorías y, como se ha venido demostrando, un verdadero cáncer para la aplicación de la Constitución, la salvaguarde de la unidad de España y el mantenimiento del principio constitucional de que todos los españoles somos iguales ante la Ley.

Ante una situación como esta nos encontramos, estupefactos, viendo como partidos que han hecho caballo de batalla de la conveniencia de modificar la Ley Electoral; que se atribuyen el estandarte de la ortodoxia democrática y de ser los legítimos portadores de las esencias de la Constitución, cuando se miran sus interioridades, cuando aterrizan en su propio ombligo y descubren su funcionamiento electoral en cuanto se trata de cubrir sus propios cargos directivos; cuando se concentran en la forma en la que se han elegido sus compromisarios en las respectivas autonomías y se quiere profundizar en los límites a que los votantes de a pie se ven enfrentados cuando pretenden escoger a las personas que consideran más capacitadas para representarlos; se produce la gran sorpresa, la decepcionante comprobación y la inmensa perplejidad de que, todo lo que se ha predicado en cuanto a democracia no es más que un “bluff” y que, en realidad, no se trata más que una forma de oligarquía encubierta que, si queremos ser sinceros, poco se diferencia de estas dictaduras que tanto presumen de tener el mandato legítimo otorgado por el “pueblo”, pero que no son más que regímenes autoritarios recubiertos de una leve y transparente película de democracia.

Lo que sucede es que la partitocracia vigente está escasamente dispuesta a componendas. El partido que está en el poder es poco amigo de hacer concesiones a la oposición y ésta, a la vez, lo es de darle bazas a su adversario. Si a esto le sumamos el que partidos pequeños, agrupaciones nacionalistas y otros grupos marginales se sienten muy cómodos y favorecidos con un sistema que les permite hacer de bisagras que, por añadidura, les proporciona grandes cotas de poder; es fácil colegir que los cambios en esta materia se pueden eternizar antes de que se consiga llevarlos a efecto. El reultado de una situación como esta es que, en nuestro país, se da la circunstancia de que los nacionalismos, por efectos de nuestra mecánica electoral, suelen tener la llave de la gobernabilidad y, como es natural, se valen de este poder para chantajear al partido en el gobierno que, si quiere gobernar, tiene que ceder a la presión a la que es sometido.

Pero yo me pregunto, ¿cómo es posible salir de este círculo vicioso para librar a España de este peligroso juego político? Y la respuesta no puede ser más decepcionante. ¡No hay solución porque, en realidad, no existe democracia alguna en nuestro sistema político! Ni en el seno de los partidos políticos mayoritarios, ni en un gobierno que, una vez instalado en el poder, no tiene el menor inconveniente en tratar a los ciudadanos como menores de edad y, en consecuencia, a los que es conveniente tener apartados de las grandes decisiones y a los que conviene mantener en la inopia, para que no interfieran en los mangoneos de la administración que, según piensan ellos, es un coto cerrado para esta clase privilegiada de los políticos a los que, como no, siempre le siguen, como las rémoras a los escualos, la larga comitiva de las multinacionales, ricachones y chupópteros progresistas en busca del propio “mejoramiento”.

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