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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

Mecagüen esta generación de adolescentes

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
viernes, 6 de junio de 2008, 05:16 h (CET)
Mecagüen esta generación de adolescentes. Y ya sé el daño que toda generalización, como la que estoy a punto de acometer, acarrea necesariamente. Pero mecagüen esta generación de adolescentes que son incapaces de apreciar el enorme esfuerzo que las generaciones anteriores han hecho por ellos, el que estamos haciendo todos cuantos componemos la sociedad, empezando por padres y maestros, que desprecian todo cuanto ignoran, que ignoran cuanto les es ajeno.

Son una generación de nenes asustados y acomplejados que exigen que se les dé todo hecho, que se niegan a asumir sus propias responsabilidades y de los cuales no podemos esperar más que el final de la civilización, desde un punto de vista social, y que nos abandonen en un geriátrico sin plazas, desde un punto de vista familiar.

Empecemos por aclarar que no me refiero a todos, claro, fuera la generalización, faltaría más, como tampoco puedo referirme a todos los padres como capullos acomplejados incapaces de resistir los abusos que sus imberbes hijos cometen sobre ellos. Son esta peste de padres acomplejados, incapaces e ignorantes, los grandes culpables de la rebelión institucional, sí, institucional, de estos pequeños marqueses que viven en nuestras casas a cuerpo de rey sin darle un palo al agua, sin levantar la voz como no sea más que para exigir “más” de lo que sea a sus entregados y asfixiados padres.

Porque se trata de una revolución institucional, convocada oficialmente por una confabulación de televisiones, empresas publicitarias y productores de ocio, alcohol y ropa de moda. Estas infames criaturas, irresponsables, tiranos, vagos y posiblemente maleantes, se desenvuelven y se revuelven en ese particular submundo cuyos límites acabo de nombrar. A esos límites se reducen sus esperanzas y ambiciones rastreras, olvidándose de todo lo que conlleva responsabilidad.

Ah, y sus derechos. Que nadie toque sus sacrosantos derechos, qué bien aprendida se tienen esta lección, cuán oportunamente saben enarbolarla. “Es que yo tengo derecho a…” Y de ese macho cabrío en época de celo no se bajan ni así los aspen. Ya puedes intentar todo lo que desees, desde los más modernos y eficaces métodos pedagógicos hasta los más tradicionales y generacionalmente experimentados; ya puedes probar alternativamente cariño y exigencia, estímulo y reprobación, impulso y refreno, que te va a dar igual: El nene no se apea.

La hedonista trayectoria social, la generalización de la falta de esfuerzo, de la nulidad de todos los estímulos, de la ineficacia del sistema educativo ha clavado su diente en la carne de su alma y no la suelta por mejores intenciones que tengas.

Y tú debes moverte con extremo cuidado, suma delicadeza y veintitrés pólizas de a real de vellón para hablar con ellos, pero ellos, reyezuelos sátrapas de su hogar, energúmenos indisimulados, hitleritos de andar por casa, parecen crecer con todos los derechos del mundo a darte unas cuantas voces bien dadas si no tienen a tiempo esos calcetines de moda que te han encargado, si les pones dos días seguidos la misma cena o si no les dejas volver a las seis de la mañana.

Alguien debía hablarles en nombre de la sociedad, de las instituciones, de los infumables e innumerables clubs, asociaciones y confederaciones locales, provinciales, autonómicas y nacionales de jóvenes y decirles que sí, que es verdad, que tienen ésos y muchos más derechos, pero, ay, dolor, que resulta que por arte de birle birloque tienen también obligaciones. Que los demás también somos sujetos de derechos innumerables, infinitos y sin cuento, pero además hacemos frente a nuestros compromisos, los primeros con ellos.

Estos alfeñiques espirituales, alimañas de porcelana, pantagruélicos devoradores de padres, no resisten la más simple negativa a sus conductas. Para ellos todo tiene que ser parabienes y palmaditas en la espalda; a la más elemental cortapisa, a la más somera indicación en contra, los tienes que llevar al sicólogo que, en vez de reconocer la estulticia, la necedad y el egoísmo del mancebo, verterá sobre la paterna cabeza la responsabilidad de la “negatividad conductual” de tu tierno retoño por coartarle su libertad al intentar evitar que cometiera sus propios errores. Y te sangrará impunemente el bolsillo.

Lo que quiere decir que además de ser puta pagarás la cama.

(Y a los padres que viven asustados y temerosos de que sus hijos se traumaticen [“se me traume” me dijo una vez una madre], sólo tres palabras: “Y una mierda, coño”. Bueno, cuatro).

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