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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El incorregible Zapatero

Roberto Esteban Duque
Redacción
viernes, 6 de junio de 2008, 05:16 h (CET)
En Los caballeros, de Aristófanes, se dice que “dirigir al pueblo no es cometido de un hombre instruido y de buenas costumbres, sino que esto exige ser ignorante, un bribón”. Y ante la pregunta de cómo ser capaz de gobernar, se apostilla: “es bien sencillo: enreda, especula, mezcla (...)”. Entrevistado por la Cadena Ser, Zapatero no hizo vigente el estilo propugnado por Aristófanes, no se mostró necio ni liante. Sólo mantuvo una actitud proterva ante la Iglesia católica y evidenció, como bien dijo el Rey, ser un “hombre de convicciones”, es decir, de un déficit moral digno de delación. Su obstinación en mantenerse dentro de su horizonte habitual, su constante pretensión de azorar a la Iglesia católica muestra su propia debilidad y anticipa su decrepitud, cargada de mendacidad y sevicia política. Su ceguera para el futuro es tanto mayor como su estar radicado en el pasado, en una República añorada, perdida y pretendida. Su vivir es revivir.

Zapatero afirma que hay que “acomodar la ley (de libertad religiosa) a una realidad cambiante”. Es decir, que el destino de España es convertirse en Manhattan, a causa de los flujos migratorios. El pluralismo religioso en España es del 1,4%. Y ante esto, hay que preparar de un modo conveniente lo que ya es una sociedad multicultural y multiétnica, “una población mestiza”, como dijera la magnífica cabeza de intelectual que durante años tiene a su lado el presidente. Hay que diseñar la alianza de civilizaciones. Al cabo, ¿qué es para Zapatero la comunidad católica? Sólo alguien a quien pondría los puntos sobre las íes, a quien pincharía para sangrar, para que su Dios no se crea mayor ni mejor que cualquier otro. Peor, una comunidad que simboliza El hombre loco, de Nietzsche, que busca a Dios en medio de las risas de los demás y a quienes reprocha haber asesinado. ¿Alguien puede creer que la opinión pública, que es la que actualmente hace gobernar a Zapatero, demande un cambio en las leyes porque nos encontramos ante escenarios diferentes? ¿O más bien sería al contrario: el intento de evaporar mañana la creación humana del Estado contemporáneo, desde un ordenamiento jurídico tan inventado como innecesario?

Se envanece el incorregible Zapatero con una abrupta aseveración, la de su firmeza “para poner un dique a que una moral concreta influya sobre las leyes”. Al igualitarismo tiránico de la realidad cambiante, añade el dique para la moral católica y el canal para que fluyan con generosidad las reivindicaciones del laicismo. A Zapatero le trae sin cuidado que sus ideas sean verdaderas, las emplea como trincheras para defenderse de su vida, como aspavientos para ahuyentar la realidad. Al no sentirse náufrago, es imposible que pueda ordenar el caos. Nada de éticas por encima de políticas. Nada de moral a la hora de gobernar o legislar. Es la subjetividad y la opinión pública quien gobierna. Es una de las enfermedades de la democracia, crear un clima moral decadente y dispersivo.

Dice, en fin, el presidente respetar el marco constitucional (ahí es donde para él existen los católicos), pero que los Acuerdos Iglesia y Estado pueden “evaluarse”. Para el presidente, la Constitución es la fuente de moralidad. Sin embargo, este “patriotismo constitucional” necesita otras fuentes, unas fuerzas previas que no son las meramente subjetivas y de partido, a no ser que el Estado reclame para sí la función de la ética, acabando en un Estado totalitario. No está dispuesto Zapatero a asumir los límites de la Ilustración, ni tampoco a aceptar por principio la verdad de la religión. No desea ningún aprendizaje mutuo entre la razón laica y la razón religiosa, aspirando a una libertad y unos derechos que no emanan de la verdad. Lejos del marco constitucional, se rechaza cualquier pretensión de carácter vinculante, tanto en el terreno cognitivo, como en el ético y religioso. Es lo que Spaemann denominaba como nihilismo banal.

Zapatero se aprovecha de una época donde hay una mala opinión pública sobre la jerarquía eclesial, creada desde dentro, desde la disidencia, para dar mayor fortaleza a su proyecto cultural; un momento donde la intoxicación sicofante de los medios de comunicación le permite acometer reformas legislativas y amorales contrarias a la Iglesia. Zapatero abusa de que no haya apenas vigencias en la sociedad actual, que son el auténtico poder social; de que España no sea católica, aunque haya muchos católicos, y la moral y religión católica no dominen en la práctica la vida ni el corazón del hombre. Esta situación le permite crear una religión civil autocontemplativa, donde se premia a la cultura progresista con suculentas subvenciones, mientras ésta mantiene el sistema, modo prevalente de hacer buena la democracia.

Si evaluados los Acuerdos se estiman a la baja, no se alarmen. La ruptura sería natural en el proceso gradual de laicismo, de relativismo moral y de olvido de Dios que acompañan la vida del presidente.

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