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Etiquetas:   Carta al director  

El inmoralismo como moral

Roberto Esteban Duque
Redacción
viernes, 6 de junio de 2008, 05:16 h (CET)
Cuando Dickens describe Coketown, la ciudad de Tiempos difíciles, denuncia su insalubridad siempre como fuente y reflejo de su inmoralidad. Ese Coketown “era una ciudad de ladrillo rojo, es decir, de ladrillo que habría sido rojo si el humo y la ceniza se lo hubiesen consentido”. Algo parecido ocurre aquí. Hoy existen canales malolientes, enloquecidos por apestar la sociedad con la ofensa y la blasfemia impune. Respiramos todos, sin advertirlo una mayoría, un aire viciado, que nos debilita y enferma. Necesitamos más aire, más luz; quizá otra luz y otro aire. Stephen Hawkins propone irnos de la Tierra para poblar las estrellas y que la humanidad sobreviva.

No es un discurso apocalíptico. El aire viene cargado de trágicas memorias y rencores funestos que pretenden cristalizar en la corrupción de la ley. El manual Akal, de Educación para la Ciudadanía (EpC), es buena prueba de cuanto digo. En este manual, los adolescentes de 4º de ESO reciben grandes porciones de inmoralidad, de afrenta a Dios y a la sociedad. En los más pequeños se ceba la insalubridad de credos laicistas y culturas de muerte. Indefensos, reciben las lacras humanas de la ofensa contra la Iglesia católica, la promoción del aborto o el discurso de una fe irracional donde “al viejo”, que es Dios, no le agrada que el hombre piense y por eso lo expulsa del paraíso.

El amor a los enemigos de Jesús fue rebajado ostensiblemente por Schopenhauer: neminem laede (a nadie hieras), que continúa “sino en lo posible, ayuda”. Nietzsche mantendrá dos cosas: que la innovación moral siempre se ha producido a partir de la disidencia, y que el verdadero mandato, que todos los moralistas ocultan pero el sujeto corriente sigue, es “no hagas a otro lo que te pueda devolver”. Como consecuencia el inmoralismo adquiere carta de naturaleza moral. Es una manera de oponerse a lo establecido. Ya no hay culpa. Aquí es donde se sitúa la nueva burguesía, en la asunción del mandato de los fuertes: haz a los demás lo que ellos nunca te podrán devolver. El inmoralismo se instala en la ley sin respetar costumbres, sensibilidades ni creencias. Cabezas intolerantes debilitan la libertad cuando ya no existen ideales nobles de vida pública. Los laicistas ilustrados, como los románticos, ven el mal fascinante, el pecado más interesante que la virtud. Expresan la desvergüenza del fuerte que no se siente acosado por ningún castigo, por ninguna culpa. Hacen buena la frase que Diderot pone en labios de Rameau: “hágase lo que se haga, cuando se es rico uno no puede deshonrarse”.

Los cristianos no vamos a utilizar la ley del talión. No teman, tampoco pediremos arrepentimiento. Pero no cejaremos en la delación de un cuerpo parasitario que corroe el alma. Somos unos cobardes al utilizar la ley para la barbarie y la decadencia. Al debilitamiento lo llamamos progreso moral. Somos destructores de bienes vinculantes y de valores en que la sociedad se ha cimentado durante siglos. El mal, como afirmara Nietzsche, todavía tiene mucho porvenir. El hombre se ha convertido en dueño de sí mismo. No tiene reparo en postrarse ante lo corrupto y decadente, ante leyes inválidas por malas. Lo dijo Horacio: leges sine moribus vanae. Lo que en mi torpe traducción sería algo así como que las leyes son nulas sin las costumbres, que es uno de los grandes principios sociológicos.

Dicen que la diferencia entre Zola y Baudelaire es que éste cuenta sus obscenidades para escandalizar. Es posible que entre un manual y otro de EpC exista la misma diferencia. El adoctrinamiento es el mismo y la aberración es idéntica, pero quizá contada de otra manera: eadem sed aliter. A veces, el Estado absoluto respeta más la sociedad y sus ciudadanos que el Estado democrático, sin ninguna responsabilidad histórica ni sentido de culpabilidad. El relativismo moral invasor, donde cada uno lleva su propia ley en el bolsillo, su trompeta ilustrada en su hueca cabeza, sólo puede quedar eclipsado bajo una concepción cristiana del mundo y del hombre que, como afirmara Heráclito: ethos anthropo daimon, en cuanto hombre tiene su domicilio en Dios.

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