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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Presunción y vacío interior

Keka Lorenzo de Astorga
Redacción
miércoles, 4 de junio de 2008, 09:13 h (CET)
Juan Ignacio Munilla es un enamorado del Corazón de Jesús. ¿Qué se aprende del Corazón de Cristo? Muchos lo saben por experiencia: a quererse y a querer a los demás, traducido luego en acción. El amor al Corazón de Cristo es fuente de equilibrio interior, de felicidad. No me extraña el rostro de paz que refleja este Obispo. De su artículo titulado "Dios tiene corazón" www.enticonfio.org), entresaco este texto cargado de fino olfato psicológico:

"La imagen del Corazón de Cristo y su mensaje de Misericordia, se presentan en el inicio del Tercer Milenio como auténtica "profecía" y "terapia" providencial. En esta cultura laicista en la que algunos afirman no tener más religión que "el hombre", paradójicamente, somos testigos de tantas carencias afectivas, heridas necesitadas de sanación, desequilibrios psicológicos, dramas interiores…" y resalta unas palabras del cardenal de Viena, Mons. Christoph Schönborn: "Cuando los agnósticos enarbolan al "hombre" como bandera frente al sentido religioso de la vida, hagámosles ver la radical necesidad que éste tiene de misericordia". Y sigue el Obispo de Palencia: "La experiencia nos está demostrando que la línea divisoria entre la presunción y la desesperación es prácticamente inexistente. Cuando más reivindicamos la autonomía del hombre frente al hecho religioso, más fácilmente caemos en el vacío interior, que nos conduce a la inevitable falta de autoestima. El paso de la jactancia y de la soberbia profesada en público, a la desesperación y al autodesprecio confesado en privado, es muy fácil y, de hecho, se da con mucha frecuencia". ¿Quién podría negarlo? ¿No comprobamos la realidad de esas palabras en el trato con la gente? Lleva razón Munilla, también, cuando dice que " en nuestros días, no son pocos los que han aprendido a aceptarse, a valorarse y a amarse a sí mismos, desde la experiencia del amor incondicional de Dios hacia cada uno de nosotros. ¿Si Dios me quiere, quien soy yo para despreciarme?"

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