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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Guerras Santas: Diabólicas intenciones

José A. Romero
Redacción
miércoles, 4 de junio de 2008, 09:13 h (CET)
La iglesia es rentable, en la medida de que es una Institución jerárquica y disciplinada, y el gobierno lo sabe, no en vano él busca mantener esos mismos condicionantes en todas aquellas instituciones del Estado sobre las que les es permitido hacerlo, especialmente por la vía de la militarización. Por lo tanto, si la cuestión se centra en la mera contratación, se debería atender al grado de eficacia y rentabilidad de la misma y en función de ello actuar.

Ocurre que la Iglesia no es una empresa de servicios, sino que es la real expresión de un estado de filosofía totalitaria y dogmatica, que actúa, por mor de su especial estructura sin fisuras ni posibilidad derrota, en un afán ciegamente expansivo. Objetivo que le lleva a chocar y discutir con esas otras ideologías y dogmas que embarcados en el mismo fin, se rebelan contra ella buscando debilitarla. Vano esfuerzo, porque ella se articula sobre el propio tejido social en que estos gobiernos (expresión real de esas ideologías y dogmas) operan, obligándolos a batirse contra sus propias fuerzas, encarnadas en esas sociedades colonizadas en parte por ella, de tal modo que quienes tornan finalmente debilitados son los gobiernos en cuestión y no la iglesia.

La iglesia gestiona la debilidad del hombre, expresado en la idea de dios como medio de ponerse a salvo de la fragilidad del cuerpo, de la veleidad del espíritu y lo incierto de su destino. Y es en esa voluntad invencible, en la medida en que es dueña de esas otras voluntades que la conforman y hallan en ella consuelo.

Los gobiernos, iglesias de las distintas ideologías en el ejercicio de su único fin: el poder, gestionan las miserias de las sociedades que dicen servir, expresadas en la firme voluntad del grupo de imponerse al conjunto, sin atender, por lo general, a la bondad de las mismas en la consecución de logros comunes, sino a su eficacia a la hora de alcanzar objetivos individuales.

Lo que aquí se discute, no es por tanto, de dinero, sino de parcelas de poder, poder absoluto, es decir, no se trata sólo de alcanzarlo y ejercerlo, sino de hacerlo desde la total alienación de los votantes o feligreses, qué más da, a su doctrina o ideología. Ocurre eso sí que la teología asienta sus bases sobre la sólida incertidumbre que habita no en el dogma, sino en las indisimulables carencias y consecuentes debilidades que nos aquejan en lo más íntimo de nuestro ser, embebido en la ardua tarea de relacionarnos con el cosmos. Mientras que la sociología actúa en ámbitos capaces de ser medidos y como tal comprendidos en su verdadera dimensión, lo que los hace más volubles y como es lógico susceptibles de ser reinterpretados en función de las situaciones concretas y de los actores de la misma. Es por ello que el dogma ideológico es con frecuencia derrotado y sin embargo el teológico no.

Los gobiernos, los estados y las instituciones que los conforman, son, al igual que la iglesia, meros instrumentos de poder, concebidos para alcanzarlo, ejercerlo y mantenerlo, lo que consecuentemente les inhabilita para destruirlo, va contra su propia naturaleza, por lo tanto, nada se puede esperar de sus luchas que no sea más tiranía. Por otra parte, la responsabilidad de esa disfunción no es casual ni achacable a la maldad intrínseca de unos pocos, sino al natural patrón de comportamiento de todos en general. Por lo tanto, el deber de derrotarla recae sobre todos y cada uno de nosotros, obligados a restituirnos lejos de dios en plenitud de derechos y deberes. Y para conseguirlo no sólo hemos de creer en nosotros sino que hemos de hacerles entender a los demás que pueden creernos y que nosotros en justa reciprocidad creeremos en ellos.

El planteamiento es utópico, lo sé, pero necesario, pues sólo a través de ese sano ejercicio de responsabilidad individual y colectiva podemos aspirar a un futuro mejor, en el que el compromiso, la ética y la hasta la estética rijan nuestras vidas, y en el que si no alcanzamos a ser mejores, seamos cuando menos capaces de reconocer que nadie lejos de nosotros es responsable de esa derrota.

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