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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La nostalgia de Federico

Mario López (Madrid)
Mario López
miércoles, 4 de junio de 2008, 09:13 h (CET)
Nunca se sabe qué nos puede pasar mañana, o dentro de un rato. Y rebasada cierta edad te empieza a devorar la impaciencia por zanjar asuntos que han hipotecado tu existencia sin habértelo propuesto. Hoy he llegado al punto de no poder aplazar un día más esta cuestión.

Cuando adolescente, a menudo me dejaba caer en largos periodos de ensoñación durante los que imaginaba vivir en un país semejante a otros en los que la gente hablaba, convivía, vestía, paseaba, cantaba o bailaba como y donde le daba la gana y con quien le apetecía, sin provocar ningún tipo de carga policial o conjura del vecindario. Pero hasta que cumplí dieciocho años no pude entrever indicio alguno de que nuestro país llegara algún día a parecerse al de mis sueños. Y eso fue en noviembre de 1975.

¿Qué nos está pasando ahora? ¿Por qué cuando ya lo tenemos todo a nuestro favor estamos a tortas? ¿Por qué cuando comento a alguien que no estaría mal plantearse un nuevo modelo de Estado me acusa de terrorista y cuando digo que me siento español me responde con una mueca que quiere decir “tú estás gilipollas”?

Los años setenta fueron los de la Transición, pero también lo fueron de muchas cosas más. La extrema politización de nuestra sociedad en los últimos años nos ha hecho olvidar que los 70 fueron también los Años del Desmadre y de la Ilustración. Entre 1975 y 1981 hubo una explosión de libertad jamás conocida en época alguna. La juventud de entonces, mirándose en el espejo de la juventud inglesa o americana, se empeñó en darle un nuevo sentido a la vida. Aunque pueda parecer ridículo, tengo que decir que por entonces buscamos con avidez el placer y la sabiduría.

Federico Jiménez Losantos vivió los Años del Desmadre en Barcelona. La Barcelona del Zeleste del carrer de L’Argenteria, del Sisa, Pau Riba, La Tribu, La Compañía Eléctrica Dharma, Pep Laguarda y Tapinería. La Barcelona de las Ramblas y el Barrio Chino, de Nazario y de Ocaña. La Barcelona en la que cuatro amigos eran un colectiu y todo el mundo leía o escribía en Ajoblanco, el Víbora o el Viejo Topo. Yo también pasé algún tiempo ahí y fue maravilloso; como lo es tener diecinueve años. Cualquier situación era buena para echar un polvo o ponerse hasta las orejas de cerveza y porros, mientras se hablaba de Malatesta, Freud, Marcuse o Apollinaire. La fantasía al poder. Efectivamente tiene razón Federico cuando dice que aquella era la Barcelona de la acogida, la de aquel Tarradellas que se dejó en el exilio el fanatismo nacionalista. Pero creo que Federico vivió aquellos años demasiado ensimismado en el hervor de la marmita barcelonesa y no observó que aquello era únicamente el lado mediterráneo de los Años del Desmadre. En Madrid también nos diluíamos en el más exquisito de los hedonismos; son esos los años del Ateneo Libertario de la Prospe, cuando nace Malasaña como República Independiente de la Transgresión. Y, sobre todo, es en esos años cuando el periodista americano Tom Wolfe publica “Los Años del Desmadre”, junto a una larga ristra de exultantes publicaciones como “El Coqueto Aerodinámico Rock and Roll color caramelo de Ron” o “La Banda de la Casa de la Bomba”, refiriéndose a la juventud americana. Los Años del Desmadre nos tocó a todos, pero en España era la primera vez que nos soltábamos el pelo desde el desastre de Annual. Federico, en buena medida, confunde aquella ola de maravillosa promiscuidad con Tarradellas. Hoy Barcelona no es menos acogedora que lo fue en los 70, lo que ocurre es que hoy está herida de un mortal sopor neoliberal, como lo está el resto de Occidente; y, por si fuera poco, la consume el furor nacionalista que en buena medida es azuzado por el exacerbado nacionalismo español.

Estoy de acuerdo con Federico en que el 23-F representa un amargo punto de inflexión en nuestras vidas. Él habla de socialistas golpistas. Ahí discrepo. Yo sólo acuso a los socialistas de una cobardía temeraria que les lleva sistemáticamente a pactar con los peores adversarios, en su incorregible defensa del mal menor; desde Besteiro a Bono, sin solución de continuidad. Después de aquello, llegaron los años del pelotazo y la guapa gente. Las rosas se volvieron cardos y perdimos la inocencia con la peor de las plagas: el SIDA. Ya nunca nada volverá a ser como antes. Pero es absurdo envenenarnos la sangre con algo sobre lo que no podemos actuar.

Creo que muchos españoles se tomaron la dictadura de Franco como la legitimación de un Estado nacional irreal y excluyente. Otros, la tomaron como un paréntesis de la Guerra Civil. La mayoría de los españoles de ahora nos encontramos la dictadura en sus últimos estertores y salimos huyendo de ella o, simplemente, ni siquiera la llegamos a conocer. Quizá sea cuestión de tiempo el acabar de una vez por todas con los fantasmas del pasado. Pero España sigue siendo un proyecto de convivencia que cada generación de españoles deberá ajustar a su mejor conveniencia.

Por último, el discurso de Federico se construye sobre la contraposición de dos ideas antagónicas: lo legítimo y lo fáctico. Creo que es una base demoledora para poder estar a bien con nadie. Todos sabemos que históricamente el español da por hecho muchas cosas inciertas, pero también sucede que de vez en cuando legitimamos cosas que nos deberían causar espanto. La ira de Federico es hija de la nostalgia. Yo también añoro los 70, pero no me pongo como él a despotricar contra todo y contra todos por su ausencia. Estaría bien que revisáramos nuestra historia reciente, pero con una condición, como acordaron Berganza y Cipón, los perros de Mahudes, al tratar la suya propia: “murmura, pica y pasa, y sea tu intención limpia, aunque la lengua no lo parezca”. Si Federico jubilara su nostalgia ganaríamos a un gran periodista, posiblemente a uno de los mejores. Hoy, simplemente, no hay quien lo aguante.

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