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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Localismos alimentarios

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 2 de junio de 2008, 05:05 h (CET)
Al paso que vamos, o que nos dejamos llevar, por las malas trazas, se impone esto último; la manifestación de las peculiaridades –Sean personales, de la comarca, o de la cuadrilla-, comienza a observarse como una extraña conducta. De la rareza a la marginación, con pocos pasos se llega. Ese ambiente dificulta las expresiones propias, nos induce a que veamos a las peculiaridades fuera del tiesto, como inapropiadas o inconvenientes; con el consiguiente DESCONCIERTO. La renuncia a estos detalles particulares, favorece su aplastamiento desde múltiples frentes –Escuelas, mercados, gestores, publicitarios-. Los argumentos ya no se consideran necesarios. La avalancha es de tal magnitud, que no los necesitan para sus menesteres.

Cansados de todo esto, por pura lógica, casi como anécdota, brotan los focos de una reacción; una defensa de los componentes locales de la comida y de las costumbres. Por lo que nos cuentan, en el oeste de los EEUU se originó uno de esos movimientos, la respuesta de los LOCAVORE. Este vocablo, vendría a significar un rechazo a los productos alimenticios provenientes de zonas alejadas, y por eso mismo sometidos a transportes o elaborciones complejas; al margen de las comunidades del propio entorno. Visto desde otra acepción, este movimiento proclama y defiende la producción local, con un activismo ágil y ejecutivo. Es decir, en España, las naranjas de Valencia, el espárrago de Navarra, las verduras de la huerta cercana; en ese orden de cosas. El vino, la miel, la carne y la serie de productos implicados, se amplia a los elementos de cada área consumidora.

No es pequeña delicia, ese disfrute cariñoso de los jugos extraidos de las frutas propias, del queso elaborado a la vista próxima, en el entorno comarcal. Supone una primera valoración del fenómeno. Desde fuera, quizá pretendan imbuirnos la idea de que estamos ante una RECUPERACIÓN imposible, una tarea utópica; aunque también reluce la idea de un campo susceptible para la adopción de muchas medidas eficaces. Hablan de una unidad de medida, el “Alimento-Km”; admiten algunas adaptaciones, pero refleja bien su orientación preferente. Sus medidas se relacionan con ahorros energéticos, dado que acortan los transportes; y como consecuencia, ventajas económicas. Son muchas las consecuencias derivadas de estos procederes. En las zonas autóctonas, se incrementaría el número de personas beneficiadas,, requeridas para la producción deseada. Las influencias sociales en esas localidades y comarcas son muy evidentes.

Si nos planteamos la catalogación de las respuestas de estos ciudadanos, veremos que no estamos ante una tarea sencilla. No forman un grupo homogéneo. Bien por su extremismo o por su moderación, bien por las diferentes características según los ámbitos geográficos donde se muevan. Aunque exhalan un cierto tufillo a sectas, salvo en algún caso especial, no giran en tornoa movimientos religiosos. Su posible ecologismo, también parece sobrepasar esos criterios, evaluan y combaten en otros campos a las inferencias sociales. En sus declaraciones y normas se manifiesta una mística existencial adaptada a su realidad inmediata. Los esfuerzos para la ubicación social de estos movimientos, para su clasificación, resultan de una insuficiencia manifiesta. Tampoco parece esto lo más importante, sino la SENSIBILIDAD propugnada y lo decisivo o no de su activismo pertinaz.

Como insinué antes, una de esas maravillas, consiste en el cuidado de los mejores valores AUTÓCTONOS, como experiencia vital. Ese es un desarrollo insustituible. No supone un menosprecio de otras actitudes; sí, una defensa activa de las esencias propias. Pongo un ejemplo. Entre la proliferación de cocinas modernas, con su serie de combinaciones y sofisticados condimentos, discutidos de vez en cuando; nunca podrán con el virtuosismo casero de un arrantzale mutrikuarra cuando prepara unos salmonetes fritos en su punto. Secun Arruabarrena es uno de esos artistas, desde la cala de Mutriku a la sartén con antecedentes, consigue uno de esos bocados inigualables. Nada de esas sartenes relucientes de exposición televisiva; hablo de sartenes con su costra, historiadas y ya amaestradas. La experiencia y los conocimientos sólo constituyen una pequeña parte; es el cariñoso “toque” personal, lo que no se puede superar. Se podrán conseguir otros, pero no superar este. Y así, otros ejemplos, como resultará fácil de comprobar.

En un reciente artículo publicado en Le Monde, Corinne Lesnes titula “Delicias y delirios” a sus comentarios sobre este régimen de los Locavores. Por que no es sólo cuestión de centrarnos en las delicias. Las críticas surgen pronto y con insistencia, ante esas conductas de matices localistas, delirantes según otras miradas. No siempre, la distancia es un criterio decisivo, un transporte por barco desde otro continente, puede resultar más ecológico, que el traslado con un camión de un mismo producto, desde la costa oeste a Nueva York. Así mismo, citan el valor de las convivencias y mezclas culturales cuando se establecen contactos entre los productores de zonas alejadas entre sí. Como ocurre a menudo, las extravagancias son un RETO, y la sapiencia para el logro de un equilibrio satisfactorio es muy escurridiza. ¿Dónde encontraremos el recurso mágico?

En medio de aspectos pintorescos, pensemos que para producir miel, se han llegado a instalar enjambres debajo de las tejas en la casa propia; en otros aspectos habrá que darles la razón a estos entusiastas de la producción alimenticia. De lo contrario, nos van aherrojando con círculos opresivos, se constriñen las iniciativas de los pequeños productores. Hay que contar con la lógica de una organización poderosa con múltiples recursos, eso es inevitable. Ahora bien, de ahí al abuso va poco trecho; con una progresión ilimitada, casi imposible de frenar, y siempre a favor del poderoso. Debido a estas circunstancias aplastantes, se mira con simpatia el surgimiento de estos NÚCLEOS REACTIVOS, como respuesta y esperanza renovadoras. Al menos, que pudiera percibirse alguna espiral en crecimiento, para mantener el tono creativo de esas realidades locales.

Es decir, en este asunto que puede ser sabroso, participan dos elementos básicos, el componente productor y el consumidor –que somos todos-; aún siendo los predominantes en número, suelen quedarse arrumbados en sus intereses, y en demasiadas ocasiones. Como dije al principio, cuando se intenta poner de manifiesto las mandangas de los fuertes, los recursos también quedan en el lado de las grandes estructuras. Pese a todo, entre grandes y pequeños, no conviene postergar el nivel de garantías requerido para cada procedimiento; la ligereza en estos cuidados, representa un riesgo que no se puede asumir. Así pues, los simpáticos luchadores, a mantener la ilusión y a las estructuras una invitación a la colaboración tolerante. En algún momento, al final, todos somos localistas. ¿Será mucha petición esta?

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