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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La mentira y la verdad de Martín Patiño

Roberto Esteban Duque
Redacción
lunes, 2 de junio de 2008, 05:15 h (CET)
El siempre hábil y escurridizo José María Martín Patiño es un jesuita que apenas si necesita presentación. El cardenal Tarancón buscó apoyos en él, colocándolo como su “mano derecha”, sabiendo moverse con notable destreza en la vida política, y trabajando incluso con el arzobispo Fernando Sebastián entre 1971 y 1979. Disfrutó Martín Patiño de un extraordinario poder mediático al contar también con Martín Descalzo, quien controlaba la sección religiosa de Abc y la revista Vida Nueva. Las últimas declaraciones de Martín Patiño a La Nueva España manifiestan cómo el laicismo está siendo asimilado incluso por la misma Iglesia, vaciando el dogma de su contenido social y político para diluirlo en la mera abstracción, algo que el clerófobo Savater realiza de un modo extraordinario en cada uno de sus artículos, empobreciendo como nadie la imaginación y la razón humana. Martín Patiño muestra una extraña aflicción personal al recordar cómo la jerarquía de la Iglesia, en la última legislatura, “ha faltado el respeto a la autoridad civil”, sosteniendo, asimismo, que el sano laicismo pone “a la Iglesia en su sitio, que es predicar el Evangelio”.

Argumenta el filósofo Samuel Gregg en Libertad Digital que Benedicto XVI se ha mostrado desde el inicio de su pontificado remiso al debate político por dos razones fácilmente analizables. En primer lugar, porque existen cuestiones innegociables. Esta es la mentira del jesuita Martín Patiño: intentar evitar el conflicto, que no surja el debate ético, desde la anulación o secuestro de la fe al ámbito privado. La Iglesia no falta al respeto de la autoridad civil cuando se muestra contraria a una determinada legislación, sino que se limita a recordar que hay determinados bienes vinculantes ante los que no cabe la negociación y el consenso. Si el hombre cree en la Verdad, entonces actuará como si ese destino configurase sus decisiones morales y políticas. El Santo Padre ofrece al creyente algo tan lúcido como realizar un anclaje de su vida en la visión bíblica del hombre, cuyo destino es la comunión con Dios.

Pero si Benedicto XVI se ha mostrado renuente al discurso de la praxis política es, en segundo lugar, porque al igual que existen cuestiones innegociables, también hay libertad en los demás asuntos, siempre que estén conducidos por criterios católicos. Aquí reside la verdad de Martín Patiño: el anuncio del Evangelio y, por tanto, la misión, es la gran tarea de la Iglesia. Esto produce una actividad pública cristiana absolutamente ajena a las “categorías políticas laicas”. No tiene sentido una Iglesia considerada sólo desde un punto de vista político. Si realizásemos esa opción es cuando la Iglesia quedaría hipotecada por el pragmatismo político, sumergida en la fractura y la disgregación, y el cristianismo se convertiría en una ideología. La Iglesia, después de todo, no puede entenderse a sí misma como parte o función de la sociedad, sino que constituye un pueblo cuya parte más importante ya no se encuentra sobre esta tierra.

Martín Patiño, contrario a lo que fue su propia vida, prefiere que la Iglesia se esconda. Y claro, no podemos esconder la luz, sino intentar que ilumine a todos los hombres. En numerosas ocasiones, el Episcopado ha exhortado a restaurar la vida social y política, inspirados en el amor de Dios revelado en Jesucristo. Si Dios me ama, entonces no hay que permitir cuanto contradiga o rompa mi unión con Él. Todo problema humano contiene una referencia a Dios.

Aquí, creo yo, reside la auténtica reforma o renovación de la Iglesia. En ¿Por qué permanezco en la Iglesia?, Joseph Ratzinger utiliza una imagen sacada de los Padres de la Iglesia para valorar su auténtica misión y naturaleza. La luna es símbolo de fragilidad y caducidad, pero también de esperanza o renacimiento. Es la imagen de la existencia humana. La luna representa el mundo de los hombres, que recibe su fecundidad del sol. La luna, es decir, la vida del hombre, es oscuridad completa sin el sol, es decir, sin Dios. Lo mismo ocurre con la Iglesia. Es oscuridad y luz. Da luz en virtud de quien refleja la luz, que es Jesucristo. Dándonos a Cristo, la Iglesia da a los hombres una luz, una norma y un apoyo para comprender y transformar el mundo. El error está en suplantar la Iglesia del Señor por la Iglesia de cada uno. Haciendo esto, ¿a quién podría ya interesar la Iglesia?

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