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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

El símbolo

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
domingo, 1 de junio de 2008, 05:24 h (CET)
Hace unos meses, cuando se quemaba el retrato del Rey ante la pasividad de la policía y el regocijo del gobierno autonómico de Cataluña, manifesté mi preocupación en esta misma página por el deterioro de la figura del Rey y mi extrañeza de que no ejerciera, o no se notara el ejercicio del poder arbitral y moderador de las instituciones, que le otorga la Constitución.

Es posible que el Rey esté realizando su papel de forma tan discreta que no nos enteramos, pero las que no han resultado tan discretas son sus manifestaciones alabando al Presidente del Gobierno.

Como cualquier ciudadano el Rey puede pensar lo que se le antoje del Sr. Rodríguez Zapatero pero expresarlo públicamente ya es otra cosa, pues puede entenderse que las alabanzas que le ha dedicado son una toma de partido de quien viene obligado a estar por encima de las luchas partidarias y como Jefe del Estado ser el símbolo de la unidad y permanencia de España.

Si una mayoría de españoles han dado su confianza al Sr. Rodríguez Zapatero, el Rey no puede desconocer que una amplia minoría, casi media España, no lo ha votado. Las manifestaciones que se han hecho públicas no favorecen en absoluto que unos y otros sigamos confiando en el Rey como símbolo de la unidad de todos los españoles.

Las libertades de opinión y de expresión, reconocidas a los ciudadanos, resultan limitadas para determinados colectivos: militares, jueces, policías, que pueden tener sus preferencias políticas pero no tienen el derecho a hacerlas públicas ya que se espera de ellos la máxima imparcialidad. Por desgracia, la politización de determinados tribunales y órganos judiciales está llevándolos a su desprestigio, ya que se tiene la sospecha de que sus componentes no pueden al mismo tiempo servir a la ley y al partido que los designó.

En el caso del Rey su cargo le impide, con más motivo, expresar sus preferencias y le obliga a la más estricta imparcialidad y prudencia. Si un símbolo pierde su significación ha dejado de serlo.

Cuando han llegado tiempos de crisis económica, cuando somos el país más endeudado del mundo ya que compramos más de lo que vendemos, cuando aumenta el desempleo y suben los precios, cuando el terrorismo continúa, cuando las autonomías están vaciando de contenido al Estado, el Gobierno va a tratar de distraernos con nuevas leyes de acoso a los católicos y la iglesia, que no necesitan previsiones presupuestarias, mientras que, por vía de los hechos, va demoliendo por etapas el esfuerzo de la transición y reescribiendo a su antojo la historia, no es lo más oportuno que la Corona muestre sus preferencias por un partido al ensalzar a este Presidente cuando no lo hizo nunca con ninguno de los anteriores. Jugar una carta equivocada puede tener funestas consecuencias, como ya le ocurrió a Alfonso XIII cuando apostó por la dictadura de Primo de Rivera.

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