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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los socialistas no quieren símbolos religiosos

Roberto Esteban Duque
Redacción
sábado, 31 de mayo de 2008, 07:10 h (CET)
A estas alturas, pocos podrán negar el hastío que produce la voluntad de construir una España aconfesional, con perversa y grotesca influencia mediática, en contra de la España católica. Los comunistas y republicanos (clase residual de escenarios y tiempos cancelados) siempre han revelado un déficit extraordinario de tolerancia en su esfuerzo patético por privatizar la religión. Llevar al Congreso la iniciativa de excluir los símbolos religiosos en las ceremonias de promesa o juramento de los cargos políticos no sólo constituye una chabacanería ideológica con un alto grado de analfabetismo cultural, sino una amenaza para el sentido común, un aliento inefable para la decadencia moral.

Una España aconfesional no nace por decretos de un gobierno, ni por deseo de algunos partidos, ni porque exista una legislación que amplía derechos y garantiza estilos de vida alternativos. La España aconfesional es imposible construirla sin fuentes religiosas de producción de moral vivida. Las crisis de las ideologías han producido un vacío motivacional en vista de un fin superior, que sólo la religión está en condiciones de ofrecer. Por fortuna, todavía existe una cultura del límite, con algún sentido ético y estético, capaz incluso de respetar la expresión de una identidad cultural de matriz cristiana.

Pero la izquierda anticlerical y antirreligiosa no sólo se cobija en el comunismo - un proyecto en caída libre hacia la nada -, sino que está especialmente instalada en el socialismo, donde la demagogia depredadora de una marabunta sin escrúpulos ha encontrado el verdadero hogar para vivir con regocijo. Los socialistas, aunque renuncian a promover una legislación contra los símbolos religiosos, apuestan, sin embargo, por una “progresiva retirada de esta simbología”, con el fin de favorecer “la laicidad progresiva del Estado”. Es decir, por un lado, el PSOE no acepta la beligerancia laicista contra la religión de los comunistas, las tesis excluyentes y favorecedoras de una política basada en la privatización forzosa del hecho religioso, pero, al mismo tiempo, recuerda a los católicos que “los símbolos religiosos no deben estar presentes en actos públicos”, y que la evolución cultural (la socialista, claro) impondrá la retirada de dichos símbolos. No hay que olvidar que en el año 2002 la dirección del Grupo Parlamentario Socialista asumió sin complejos las demandas de la Plataforma para una Sociedad Laica y apoyó una moción de censura de Joan Puigcercós, de ERC, para sentar las bases del laicismo en España. La victoria del PSOE en las elecciones del 2004 llevó, sin embargo, a la línea más mesurada de respetar el mandato constitucional de cooperación con la Iglesia católica.

El Estado (es una idea que repite con insistencia el arzobispo Fernando Sebastián) debe ir siempre por detrás de la sociedad civil y de sus demandas, nunca por delante. Acierta, entonces, la portavoz popular Soraya Saenz de Santamaría, para quien la retirada del crucifijo y de la Biblia es un debate que “no lo demanda nadie”, excepto el ateísmo militante y la cruzada antirreligiosa de algunos sectores extremistas, o visitantes de sus aledaños, que se complacen en reabrir y reactivar nuestro ancestral cainismo a través de un nuevo enfrentamiento entre la España cultural católica y la España del laicismo de neutralización de la religión.

Procurar privatizar los símbolos religiosos revela un desconocimiento profundo de los procesos psicológicos y sociológicos de creación de la identidad personal y colectiva. El error de reducir lo religioso a lo privado consiste en extirpar lo más profundo de la identidad de muchas personas y comunidades. Excitar a la sociedad al consentimiento de un desierto simbólico religioso o pretender amputar en el espacio público una cultura radicalmente importante en España, como es la cultura católica, para imponer un Estado castrador y totalitario incapacita para construir comunidades de identidad moral.

La permanencia de símbolos religiosos en ciertos espacios públicos, según Umberto Eco, sólo es expresión de una identidad cultural compartida de matriz cristiana, más que una pertenencia eclesial. Los cristianos no argumentan sus exigencias políticas, sociales y culturales, en nombre del cristianismo o de la fe, sino en nombre del sentido común y de la razón, en nombre del Derecho, ya que sólo piden respeto para los símbolos religiosos de nuestra cultura. ¿Cuál es entonces el problema de nacionalistas y republicanos, comunistas y socialistas, con el catolicismo? ¿Es sólo un problema de orden teórico? Se antoja muy difícil la construcción de la laicidad para quien no acepta que los valores cristianos, guste o disguste, forman una cultura pública bien clara en la sociedad española.

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