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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El Cardenal Martini y sus reformas para la Iglesia

Roberto Esteban Duque
Redacción
miércoles, 28 de mayo de 2008, 06:58 h (CET)
El cardenal Carlo María Martini ha dicho que “la Iglesia debe tener el valor de reformarse”. Martini solicita “ideas” para discutir y reflexionar sobre sí misma. Dicho de otro modo, el cardenal demanda que la Iglesia debe adaptarse a los signos de los tiempos, presentando en cada coyuntura histórica el desafío que representa la Iglesia y la fe en el mundo.

Hasta aquí, no hay ninguna dificultad. Durante los siglos en que la Iglesia se sentía segura de sí misma y de su misión, de su doctrina y de su fuerza para conformar el mundo, no se preocupó de reflexionar sobre sí misma. En la Edad Moderna, sin embargo, la doctrina de las “dos sociedades perfectas” lleva a la Iglesia a considerarse objeto de estudio para sí misma. Los cristianos, lejos de ser una comunidad estática y clausurada en sí misma, debemos convertirnos en una Iglesia dinámica, con la fuerza de la unidad y de la multiplicidad, capaz de estar cerca del Crucificado y cerca de los hombres.

El cardenal Martini, que elogia a Lutero, se muestra como un hombre con dudas de fe, recordando las que tuvo la Madre Teresa de Calcuta a lo largo de su vida, sin entender muy bien la causa del sufrimiento de Jesús y el silencio del Padre en la Cruz. En cuanto viator, el creyente no es uno que ha llegado, sino que es siempre un ateo que se esfuerza cada día en comenzar a creer y que, por eso mismo, tiene necesidad de alcanzar siempre de nuevo luz y vida en las fuentes de la gracia.

Ahora bien, el problema es ¿en qué tiene que reformarse la Iglesia para una mejor evangelización? Si el mundo que la Iglesia acoge no es reducible al mundo presente ni explicable desde él; si la Iglesia no es parte o función de la sociedad, y sigue siendo, como afirma Robert Spaemann, el refugio de los que huyen de la banalidad y “signo de contradicción”, ¿acaso no es el acomodo al espíritu de los tiempos un signo contrario a la evangelización de la Iglesia, que a muy pocos puede interesar?

Aquí comienzan los problemas de Martini. Según el cardenal, se hace urgente la discusión en la Iglesia sobre la posibilidad de ordenar a hombres casados de probada fe y a mujeres, al tiempo que reclama una apertura del Vaticano en materia de sexo, una encíclica que clausure el contenido de la Humanae Vitae. Asimismo, con una carga de ironía que no hace justicia al principio de la caridad, el cardenal sostiene que “soñaba con una Iglesia en la pobreza y en la humildad (...), pero después de los 75 años he decidido rogar por la Iglesia”. Este es el sentimiento vital de Martini. Otra cosa será lo que es provechoso para la Iglesia y para el hombre de fe. Que sean aceptadas en un futuro unas prácticas distintas a las actuales, no significa que resulte beneficioso para la Iglesia dicha reforma o cambio.

El Cardenal Martini se refiere a las cosas de la Iglesia como un hombre de mundo respecto de los asuntos del mundo. Es decir, define y exige la necesidad de una respuesta funcional a los problemas y necesidades internas de la Iglesia. En un pensamiento semejante, el celibato es algo desconcertante, como extraño es lo que suene a vínculos definitivos, algo que se tiende a eliminar. Sería más justo entender las promesas o los votos, el matrimonio o la consagración a Dios en el sacerdocio como la fuente de sentido que suministra dignidad al hombre y a la propia cultura. Por lo demás, a mí, señor Cardenal, eso de “rezar por la Iglesia” me parece muy meritorio, no sólo porque así lo hizo Jesús en su última oración: “no pido por el mundo, sino por aquellos que tú me has dado”, sino incluso porque nadie es tan mezquino como para establecer una disociación entre el anuncio del amor de Dios y las obras del amor.

Quiero interpretar el pensamiento de Martini de un modo benevolente, determinando mi voluntad a la verdad, imaginar que lo que el Cardenal Martini propone para este siglo XXI es aquello mismo que faltó en el siglo XX: la ausencia de atención a la dimensión religiosa y trascendente de la existencia humana. El cristianismo siempre enseñó que la forma en que el hombre se comporta tiende más bien a ser errónea. Si esto es así, si existe un profundo hiato entre lo que debemos ser y lo que realmente somos, ¿sobre la base de qué debemos adaptar las convicciones al comportamiento habitual del mundo? La tarea de la Iglesia no es la adaptación o la reforma, sino la misión.

Frente a la defensa o no del celibato opcional o la promoción de la ordenación de mujeres; frente a la audacia o no de Martini, interpelando a la Iglesia a una apertura de ideas más asimilable al espíritu de los tiempos, creo que la Iglesia del presente tiene por delante otros problemas para su reflexión personal. El primero de ellos es el reto de experimentar en cada uno de sus miembros una relación personal con la Verdad y testimoniarla. En segundo lugar, hacerse creíble a través de la unidad y la comunión, lejos de aventuras solipsistas o de respetables admiraciones luteranas. Y finalmente, anunciar y vivir la caridad y el servicio que inspira en la vida de los hombres. Es muy probable que semejante reflexión ad intra haría honor al valor que la Iglesia debe tener cada día para reformarse.

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