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Puede que España necesite un partido bisagra

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 28 de mayo de 2008, 06:40 h (CET)
No se puede decir que no esté habituado a vivir en periodos de crisis. Yo soy uno de aquellos niños (cuando terminó la Guerra Civil en España tenía sólo 8 años) que tuvieron que soportar todas las privaciones de aquellos años de posguerra y pude darme cuenta de los sacrificios que tuvieron que hacer mis padres para conseguir alimentos, darme una buena educación y permitirme estudiar en un colegio de religiosos, para que tuviera una formación adecuada. No me espantan pues, los altibajos de la economía como tampoco me asombro ante las crisis periódicas por las que pasan los partidos de esta, mal llamada, democracia en la que nos quieren hacer creer que estamos viviendo. Porque señores no hay democracia en una nación donde, en según que lugares, no se puede utilizar el idioma oficial, no se puede rotular en español y a uno se le priva de ver la bandera española ondeando de su mástil en los edificios oficiales. E cualquier caso estamos sujetos a una partitocracia opresora, en la que los ciudadanos tenemos que desenvolvernos sabiendo que estamos condenados a someternos al círculo vicioso de la alternancia de unos y otros.

Sin embargo parece que algo se ha movido en uno de los partidos, y se ha movido precisamente cuando una parte de los españoles habíamos depositado nuestra fé en él, pensando que, como había venido ocurriendo en comicios anteriores, iba a defender los valores de siempre, los principios que fueron la razón de su existencia y las ideas fundamentales recogidas con claridad en la Constitución de 1978. Este cambio, anunciado por su Presidente, ha dejado descolocada a parte, yo diría que a una gran parte, de los afiliados a la organización y a otros muchos que, sin pertenecer a ella, nos fiamos de sus directivos, sin sospechar que, una vez pasadas las elecciones, con dos derrotas a cuestas, iban a traicionar la confianza que en ellos depositamos. Es cierto que en el PP han coexistido distintas sensibilidades como dice el señor Rajoy, pero falta a la verdad cuando pretende hacer distinciones respecto a la postura ante temas fundamentales como puedan ser la unidad de España; los relacionados con la moral y la ética, como pudiera ser el aborto o los matrimonios entre homosexuales; la defensa de la lengua y la postura ante el terrorismo. Son temas de enjundia que afectan a las ideas y no meros instrumentos circunstanciales como nos quieren vender.

Existe una corriente dentro del partido PP, y me atrevería a decir que incluso dentro del propio PSOE, que no está de acuerdo con la deriva que se ha producido en virtud de la aparición de cúpulas bisoñas que pretenden imponer nuevas tácticas de acercamiento a los separatistas, nuevas estrategias para conseguir una hipotética victoria en el 2012, que quiebran la propia estructura del partido y representan un retroceso y una claudicación en cuanto al modo de enfrentarse a los correosos políticos de un PSOE crecido por la victoria. La evidencia de que algo se está haciendo mal en el PP está en el cúmulo de elogios para Rajoy que le llueven desde el partido del Gobierno y de todos los periódicos que han estado diciendo pestes de él durante años.

El dilema que se nos presenta a todos aquellos que nos hemos sentido defraudados por el nuevo PP que quieren que nos traguemos, es que no queremos votar a socialistas y tampoco nos apetece hacerlo a los que nos han traicionado utilizando nuestro voto para sus fines particulares. Quizá sea el momento de plantearse la necesidad de que, en nuestra nación, se creen nuevas opciones políticas que pudieran servir de regulador entre los dos grandes partidos. Lo que no han conseguido los comunistas y que, sin embargo, tan bien saben explotar los nacionalistas catalanes. ¿Por qué, no tenemos que tomar ejemplo de tantos partidos de corte liberal que han servido de bisagra para permitir la gobernación de la nación? El ejemplo inglés puede servirnos de orientación. Si las minorías catalanas, que apenas han representado una minoría de votos en el total de la nación, consiguieron hacer que ZP se tuviera que doblegar y aceptarles el Estatut, ¿quién nos dice que, bajo una buena dirección, con un programa claro y rotundo, apoyado por los cientos de miles de votantes que hemos quedado huérfanos al no comulgar con los nuevos aires del PP, no pudiéramos llevar a cabo la hombrada de situarnos en el Parlamento para hacer valer nuestras propuestas. Tenemos líderes de sobra capacitados, bregados en la política y defensores de los valores que muchos defendemos, que han presentado valientemente sus objeciones en contra de la nueva dinámica del PP. R. Rato, Esperanza Aguirre, Mayor Oreja, San Gil, Cascos, Vidal Cuadras, Zaplana, Acebes y toda una pléyade de grandes políticos que se han opuesto a los cambios propuestos por Rajoy; nada más tienen que ponerse de acuerdo y dar un paso adelante para que cientos de miles de ciudadanos, ansiosos de libertades y de aire limpio en la política, nos pongamos bajo su mando.

Creo que ha llegado el momento de la rebelión en contra del oscurantismo, de las ideas conciliadoras y claudicantes, de la doble moral y del gobierno de los inexpertos salidos de las nidadas de los nuevos “demócratas” del PP. Tenemos cuatro años por delante para estructurarnos y muchos ánimos para conseguir salir adelante. Si, del nuevo Congreso de Valencia, tal y como nos tememos, no sale una democratización del partido; no se tienen en cuenta las peticiones de las bases; se designan los compromisarios a dedo y se evita, con legalismos y formulismos usados arteramente, que se debatan en profundidad las propuestas de todas las tendencias que militan en la organización de los populares, habrá llegado el momento de que se produzca la inevitable ruptura entre los que prefieren evolucionar y traicionar sus principios, en busca de una utópica aventura hacia la nada, y aquellos que persistimos defendiendo nuestro rechazo a la destrucción de España y sosteniendo en alto los principios éticos y valores morales que heredamos de nuestros mayores, aunque ello signifique crispar a los que no comparten nuestras ideas. Aristóteles ya lo dijo: “Las revoluciones no se hacen por menudencias, pero nacen de menudencias”.

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