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Etiquetas:   Políticamente incorrecta   -   Sección:   Opinión

Qué pena

Almudena Negro
Almudena Negro
@almudenanegro
martes, 27 de mayo de 2008, 04:37 h (CET)
Estoy triste. No puedo, como supongo que le sucede a miles de personas que en las últimas elecciones nos acercamos a las urnas y depositamos nuestro voto y confianza en el Partido Popular presidido por Mariano Rajoy, evitarlo. Es un sentimiento de soledad, de orfandad política, creo que el mismo que debe de embargar a las personas cuando son víctimas del timo del tocomocho, el que me tiene estupefacta y anonadada.

No ya por lo que digan o hagan los políticos, de los cuales siempre por norma me creo cuarto y mitad de lo que cuentan, que ya se sabe que el poder corrompe. No porque el centro-derecha (con perdón de Gallardón, Fraga y sus huestes centristas por lo de la derecha) ande embarcado en un discurso de acomodo y mimetización con el paisaje que lo llevará a convertirse en el eterno Ministerio de la Oposición. Tampoco es porque me resulte entre doloroso y patético que militantes del PP se tengan que manifestar decepcionados y cabreados bajo un manto de agua impresionante por primera vez en la historia de dicho partido, y de todos los demás partidos creo yo, a las puertas de su sede –porque es su sede, tan suya como de Lasalle- para ver si hacen recapacitar al líder. Ni tan siquiera porque los cobardones que en las últimas semanas andan proclamando en cenáculos y reservados que están hasta las narices de Rajoy, Soraya, Lasalle (“Lasalle a la calle” coreaban los afiliados a las puertas de su sede) y Rodríguez Salmones–la amiga progre de la SGAE que ahora se dedica a arremeter contra María San Gil y a defender al PNV, el mismo PNV que no quiere apoyar la moción de censura que expulsaría a ETA del ayuntamiento de Mondragón -, que son casi todos en el PP, callen cuando llega la hora de la verdad por miedo a perder su parcelita de sitio encima de la moqueta de Génova 13.

No. Estoy triste porque con la marcha de José Antonio Ortega Lara, el héroe que soporto casi dos años de tortura inhumana a manos de las bestias etarras, se han ido el honor y la dignidad del Partido Popular. Porque eso es lo que Ortega Lara, comedido y discreto pero firme como siempre, supone no ya para los votantes del PP, sino para la gente de bien de toda España. La máxima expresión de la resistencia frente al terror. El honor. La dignidad de un pueblo.

Y es que el portazo de Ortega Lara, que no ha podido aguantar ver cómo el PP de Rajoy ha tratado a María San Gil, al menos para mí, simboliza sin subterfugios ni decorados lo que sucede: la rendición incondicional del Partido Popular ante el cambio de régimen –a peor, que ya es decir- propugnado por José Luis Rodríguez Zapatero.

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