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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Fraudes taimados

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 26 de mayo de 2008, 04:44 h (CET)
Vayamos primero con una precisión, prescindamos de las intenciones del autor del fraude. Por la gran dificultad de conocerlas y comprenderlas; así como, por la realidad de un hecho fraudulento, aunque se haya gestado sin intención plena para ese resultado. Es decir, alguien ha sido ENGAÑADO por unas conductas, la evidencia de ese resultado no depende de las primeras ideas o intenciones. Descubriremos influencias de diferentes ámbitos, con circunstancias complejas; y el engaño ofrecerá también grados de intensidad. Aparquemos hoy las intenciones generadoras y fijemos la atención en los disimulos o máscaras utilizados como envoltorio del producto, como tapadera del fraude.

Cuando no se ofrece lo indicado, por lo general, emergen las crispaciones y prolifera la frustración. Sin embargo, creamos con facilidad situaciones propicias para la consolidación de esos despropósitos. Un denominador común que favorezca el engaño, se centra en el estado de INOPIA, por desconocimiento de la realidad manejada, de sus características más esenciales. La ignorancia no es una justificación cuando se habla de asuntos importantes. Es el caso de las leyes, de la declaración a Hacienda, etc. También pasa algo similar si nos referimos a las relaciones habituales entre las personas. Si antes no queremos percibir el valor, no queremos percibirlo a fondo, de la sinceridad, de la honradez, honor u otras cualidades; resulta cuando menos curiosa, la queja al sentirnos defraudados, si escasean estas cualidades entre conciudadanos o en el trato profesional. El baño de la ignorancia ofrece una comodidad en la inacción, pero conlleva renuncias con repercusiones graves. El conocimiento se erige en fundamento combativo. Si resulta laborioso o tenemos ansias de conseguirlo, serán unos condicionantes de nuestra programación.

Aunque nos dispongamos al combate frente a los embaucadores, a pesar de los ingentes recursos sociales; en determinadas cuestiones, los fraudes se consolidan como INDETECTABLES. Algo así ocurre con el dopaje refinado de los altos niveles de competición, no es suficiente con los controles intensos. ¿Por qué? Siempre se investigan productos novedosos o se descubren efectos que antes se ignoraban. Pasa un tiempo mínimo hasta la eleboración de métodos fiables para detectarlos. Tampoco disponemos de un sistema global para la detección de todos los productos; si estos son innumerables y siguen apareciendo nuevos, no se podrán analizar al completo. Tendremos que conformarnos con la búsqueda de los más utilizados. ¿Y los demás? Queda abierta la espita. Lo peor sobrevendrá si los promotores de esos usos se aperciben de esa indetectabilidad. Son hechos habituales. Hasta cierto punto, se nos presentan también estas limitaciones en el campo de los productos contaminantes; en la naturaleza, en los alimentos, sin que olvidemos los campos informativos. No importa el género manejado, los engaños se adptan a las circunstancias más inverosímiles. La capacidad de detección resulta crucial.

Los factores que llamamos imponderables nos induce a bajar los brazos, como una renuncia en la batalla cuyo pronóstico no vemos nada claro. ¿No podemos hacer nada? Algo peor se deducirá, si esa renuncia a la contestación se produjera por que obtengamos con ella algún género de beneficio. Entreverados por unas u otras causas, alcanzamos una suerte de actitudes TOLERANTES ante determinados engaños, Como un ejemplo evidente de ello, una obra de arte se nos muestra a través de versiones que no siempre coinciden. Con un interés crematístico, turístico, político, educativo o muchos otros. No es rara la presentación de aspectos parciales, centrados en el autor, en los intérpretes, críticos, cambios de decoración, ideas transmitidas o influencias subyacentes. Bien están los esfuerzos orientados a esos aspectos variados de una partitura o una pintura, forman parte de la riqueza artística. No confundamos esas directrices con la obra en sí. De hecho, la actitud engañosa radica en la presentación del aspecto parcial, como el fundamento básico e identificativo de la obra. Así, se nos ofrecen exposiciones y audiciones tendenciosas. Los escorzos llegan a ser tortuosos, y a expresarse vivamente a través de sus silencios. El engaño recorre la doble vía, por la expresión o por la omisión.

Estarán de acuerdo conmigo al considerar la antigüedad de muchos oficios. También en esto, unos llevan el título de ancestrales, mientras otros compiten con esos antecedentes. Algo así pasa con el engaño. Y no me refiero a la simple mentirijilla. A medida que aumenta el número de convivientes, se pone de manifiesto ese fondo tramposo antiguo. Además, con las nuevas técnicas, se incrementan las posibilidades para el empleo de métodos sofisticados por parte de los tramposos. Los tahures quedan ridículos. Ahora topamos con FULLEROS de altos vuelos, con alardes, perifollos y cámaras de televisión. Al menor descuido se nos cuelan como la crema de la sociedad. Para una simple ubicación del comentario, citemos lo courrido con la trama marbellí, el desfalco en el Gugenheim, Afinsa o tantos otros. El “artista” del fraude no se desplaza solo por los despachos. Por eso destaca con tanta fuerza la actitud silenciosa de los personajes de su cercanía. Con las ingentes cantidades manejadas, de dinero público y privado, nadie vió nada, nadie se siente responsable. ¡El político delegó, la dirección confió y nadie protestó! Increíble desfachatez con la que se diluyen responsabilidades. Pienso en el potencial papel esclarecedor de la prensa, para airear estos comportamientos.

A la hora de repasar las cuitas fraudulentas, se multiplican los ejemplos y se agrandan sus proporciones. Acertaría de lleno la frase de Quevedo en El Buscón, “…que son infinitos los maulas que te callo”. Constituyen un prodigioso derroche de ingenio y malicia, en franca competición. De entre todos ellos, brilla con intensidad ese maula del engaño DEMOCRÁTICO. Cuando aspiramos a un comportamiento democrático honesto, con motivos superadores y consideraciones abiertas; escuece el fraude deformante. Este engaño se basa en una llamativa disociación. Insisten al máximo para que se delegue el poder y las decisiones, en manos de los cargos electos. Esta es la directriz presentada como sugestiva y maravillosa. Aquí surge la paradoja, ese terror radical que les entra a los encumbrados electos, ante la simple mención de la gente común, del público, como participante en las decisiones, como conocedores de las gestiones. Es como mentarles la bicha.

Tenía razón Quevedo, si habláramos de maulas, sería difícil detenerse; se exponen como anécdotas cuando transcurren en la lejanía. Se acrecienta el reconcomio y las protestas cuando rascan las espaldas propias. Como roedores ávidos, desmenuzan las ilusiones y las ánimas en todas sus facetas; proliferan en torno a la brutalidad, carentes de miramientos y con un descaro flagrante. Da la impresión de que cada vez precisan menos disimulo.

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