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Pedir pluralidad y negarla a otros

Wifredo Espina
Wifredo Espina
@wifredoespina
lunes, 26 de mayo de 2008, 00:43 h (CET)
Es la sinrazón de todos los nacionalismos. Reclamar la pluralidad en el ámbito en el que están insertos, al tiempo que la niegan dentro de su propio ámbito interno. Pedir que se les reconozca como diferentes en un contexto de diversidad y negar el reconocimiento de la diversidad aun cuando en su seno existan diferencias.

En esto no se distinguen los nacionalismos. Todos los nacionalismos, sean estatales o regionales, incurren en el mismo o parecido contrasentido. Se alega, por ejemplo, la pluralidad dentro del marco español, y no se tiene en cuenta en el marco de cada región o nacionalidad. Cierto que la identidad y la fuerza de las diversidades pueden ser más claras en unos casos que en otros. Pero en ningún caso pueden negarse cuando son una realidad.

Ocurre en Cataluña, en el País Vasco y en Galicia, por citar las llamadas nacionalidades históricas. Lo vemos, también, históricamente, dentro del Estado español. En este conflicto permanente, los motivos racionales y sentimentales suelen mezclarse, en distinta medida. Es un escenario que hay que aceptar socialmente y políticamente conviene equilibrar.

Y en esto no valen posturas dogmáticas. Nada es sagrado. Ni un texto constitucional pactado, ni unas convicciones legítimas más o menos fundamentadas. Todo es relativo. Pero, dentro de esta relatividad conceptual, se impone la necesidad de una convivencia real, que parte de unos presupuestos mayoritariamente aceptados y de unas reglas de partida reguladoras de aquella. Sin que ni unos ni otras, aunque haya que respetar, se puedan sacralizar por nadie ni a ningún nivel.

En este error caen, con frecuencia, los nacionalismos español, vasco, catalán y gallego. Ahora estamos viviendo, en este sentido, la escenificación del radicalismo de un sector del Partido Popular (en otros momentos ha ocurrido dentro del socialismo) cuando Rajoy intenta unos planteamientos más comprensivos de la realidad. Y ocurre con la insistencia en sus planteamientos secesionistas de Ibarretxe, igual que en las distintas posturas dentro del partido republicano por ahora liderado por Carod.

Son clarificadoras las palabras (El País) de Ramón Jáuregui, secretario general del Grupo Parlamentario Socialista, cuando le advierte a Ibarretxe que su proyecto es un error, entre otras cosas, porque “puede quizás corresponder a una tercera parte de la población vasca, pero violenta las legítimas opciones identitarias autonomistas y no nacionalistas del resto del país”. Y añade que “la propuesta Ibarretxe II es la ensoñación nacionalista de la mítica Euskal Herria que, legítimamente, defienden algunos, pero en absoluto representa el consenso en el variado abanico identitario de los vascos”. “Es más –le dice acusatoriamente-, entre los muchos fracasos que la historia atribuirá a este PNV que dirige el lehendakari Ibarretxe, no es el menor su falta de respeto a la pluralidad política de los vascos y su notable incapacidad para vertebrarla”.

Lo que decíamos: el pluralismo que se predica a escala española, se niega y se intenta asfixiar, cuando también habría que reconocerlo y respetarlo, desde algunos planteamientos nacionalistas periféricos. ¿Con qué autoridad y legitimidad moral se puede pedir pluralidad cuando beneficia a uno, negándola cuando beneficia a otro?

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Wifredo Espina. Periodista y exdirector del Centre d’Investigació de la Comunicació.

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