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Los colosos financieros se estremecen

Miguel Massanet
Miguel Massanet
domingo, 25 de mayo de 2008, 13:55 h (CET)
Esta crisis económica en la que estamos inmersos está produciendo situaciones que pueden resultar chocantes para un ciudadano de a pie no muy documentado en temas financieros. Estamos acostumbrados a pensar en las Cajas de Ahorros como en entidades que funcionan con fines altruistas, cuyo servicio básico consiste en la realización de actividades benéfico- sociales en provecho de la Sociedad. Son las clásicas instituciones que recogen el ahorro de pequeños inversores que es retribuido con unos modestos intereses y que, a la vez, es invertido a rendimiento mayor en préstamos – con costes inferiores a los concedidos por los bancos – especialmente destinados, al menos en teoría, a ciudadanos residentes en el propio municipio. Todos sabemos que, en la actualidad, al menos en algunos casos, estas entidades se han convertido en poderosos lobbies que manejan impresionantes cantidades de efectivo y que hacen la competencia a los bancos y son apoyos firmes de determinadas opciones políticas, algunas de las cuales con inequívocos sentimientos nacionalistas tendentes al independentismo.

Lo curioso es que, según informaciones aparecidas recientemente, estos supuestos entes benéficos, se han visto afectados de forma importante por el descalabro de la burbuja inmobiliaria. Sus préstamos hipotecarios al sector del ladrillo ( fuente: Observatorio Económico del Instituto Juan de Mariana), constituyen más del 70% de sus créditos totales, frente al 50% de los de los bancos. Esta circunstancia nos puede llevar a pensar en si, un riesgo de tamaña magnitud, asumido por unas entidades cuya función primordial no es ganar dinero –sino que es facilitar pequeños créditos o hipotecas a particulares a costes moderados, en especial a familias de pocos recursos económicos, para que puedan adquirir una vivienda donde vivir –, es algo que se pueda admitir como razonable o si, por el contrario, la supervisión del Banco de España debiera haber estado más atenta para que, en defensa de los ahorros de los particulares, las inversiones de las Cajas de Ahorro, hubieran estado más fiscalizados. El excesivo endeudamiento y una morosidad creciente ( más de un 1% mensual durante cada uno de los dos últimos meses), originada por las consecuencias de la crisis en las economías privadas y empresariales no hay duda de que, aún admitiendo la aparente fortaleza de estas instituciones de crédito, se pudiera poner en peligro la estabilidad del sistema.

La extensión de las actividades de las Cajas de Ahorros al sector industrial, por medio de sociedades participadas o sus inversiones en bienes inmobiliarios o en fondos, mobiliarios o inmobiliarios; entiendo que supone asumir determinados riesgos que, en algunos casos, puedan salirse de los objetivos propios de tal tipo de entidades. Las directivas de tales instituciones, deberían ceñirse más a sus fines sociales en lugar de entrar en competencia con la banca privada interviniendo, aunque sea por sociedades interpuestas, en campos que no debieran formar parte de sus negocios. Su función, establecida en sus estatutos y su especial regulación de orden fiscal, deberían obligarlas a centrarse en asegurar las inversiones de sus impositores y conceder préstamos a módico interés, a los pequeños negociantes, hipotecas a los particulares( no tanto a empresas constructoras, que tanto han abusado de las hipe–valoraciones de sus edificios, ante la complicidad de dichas entidades) y otras prestaciones a personas necesitadas que, por falta de bienes que las avalen, les es imposible conseguirlos de las otras entidades crediticias.

Por supuesto que sé que es pretender vaciar el mar con una concha de almeja el pretender modificar este estado de cosas, pero no está de más que, de tanto en tanto, les recordemos a estos monstruos financieros, en los que se han convertido algunas de las Cajas de Ahorros, que su especial regulación, sus beneficios fiscales y su mismo concepto de entidades de Ahorro ( antes también se las conocía como Monte de Piedad) no están concebidos para que sean unos competidores más en las altas finanzas del país, ni entes suprarregionales expandidos por todo el mundo ni centros de presión e influencia para hacer valer su poder económico en los ámbitos políticos y mediáticos. Las noticias que se van recibiendo del propio Banco de España no son precisamente alentadoras respecto al futuro inmediato de nuestra economía y hay datos que están referidos a los bancos y a las propias Cajas de Ahorros, que son preocupantes. Por ejemplo, los créditos morosos han alcanzado el más alto nivel en siete años; el presidente del Banco Central Europeo, señor J.C Trichet, acaba de manifestar que “lo peor no ha pasado” refiriéndose a la crisis financiera internacional. Las restricciones en la concesión de créditos crean un efecto perverso consistente que, a menos posibilidades de obtener financiación y, ante un mercado estancado, los hipotecantes se encuentran ante la imposibilidad de atender sus compromisos crediticios, no por falta de patrimonio que responda por ellos, sino ante la imposibilidad de conseguir liquidez.

En cualquier caso, hete aquí que,por la falta de previsión de algunos, por la ceguera económica de otros o por el innato afán de lucro de la mayoría, nos encontramos ante un hecho insólito, al menos desde hace muchos años, y es que los eternos ganadores, los más grandes productores de dividendos para sus accionistas existentes en los parquets bursátiles; los colosos que están por encima del bien y del mal y que navegan con la misma seguridad por los inquietantes mares de la izquierda revolucionaria que por las pacíficas aguas de la derecha conservadora; en virtud de un fenómeno del que ellos mismos son los causantes, el fenómeno de la hiperactividad constructiva y la sobredimensión de los créditos concedidos en su insaciable afán de adquirir riquezas; se ven,por primera vez, ante las consecuencias inquietantes de su megalomanía.

El dinero está caro y los préstamos entre bancos (euroibor) se han convertido en una pesada carga para los que precisan conseguir liquidez a toda costa. Sí, señores, estamos ante una prueba imprevista para los grandes magos de las finanzas, que saben que probablemente se van a tener que fajar para salir lo menos tocados de esta encerrona. Por supuesto que saldrán a flote, que lograrán recuperarse, porque saben que en todo caso, a diferencia de la otra industria privada, tendrán a su lado a los gobiernos que tantos favores les deben y que son los primeros interesados en salvarlos de la quema por la cuenta que les trae. Pero, ¿qué quieren que les diga?, uno, en su pequeñez, se siente confortado al ver que los grandes motores de la humanidad, los monstruos creadores de ganancias billonarias, también pueden equivocarse y tambalearse. Y es que, señores, como dijo Luján de Saavedra: “No hay montaña tan alta que no la suba un asno cargado de oro”. Que nadie se sienta aludido.

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