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El bronce de Bordaberry y Stroessner

Luís Agüero Wagner
Redacción
sábado, 24 de mayo de 2008, 04:04 h (CET)
El jueves 22 de mayo las autoridades del Ministerio de Educación Pública de Uruguay donaron al MUSEO DE LAS MEMORIAS de Asunción, Paraguay, la placa de bronce que lucía la Escuela que funciona en El Solar de Artigas ubicada en el Jardín Botánico de barrio Trinidad.

La placa fue descolgada poco antes en un acto con la presencia del Embajador de ese país y el grupo de residentes uruguayos en Paraguay.

La placa es de bronce y fue colocada por Luis María Bordaberry en el año 1976 con motivo de su visita al general Stroessner, encuentro entre conspicuos genocidas y dirigentes de la OPERACION CONDOR, pacto criminal entre los gobiernos inspirados por la Doctrina de la Seguridad Nacional que el imperio norteamericano exportó y que se consolidó en la década de 1970.

En representación del Ministerio de Educación del Uruguay asistió el pedagogo Oscar Gómez, delegado para tal efecto. La sencilla ceremonia fue calificada como muy significativa y ejemplificadora para el futuro democrático de ambos países, según expresiones del responsable del descubrimiento de los archivos del Terror en Paraguay, Martín Almada. También explicaron que el acto se enmarca entre los anhelos de elaborar Una estrategia de lucha contra la IMPUNIDAD entre los gobiernos de Uruguay y Paraguay.

El 23 de junio de 1973 Bordaberry, con el respaldo de las Fuerzas Armadas, disolvió las cámaras de legislativas consumando un autogolpe ante el cual las fuerzas políticas y la ciudadanía que salió a las calles fueron impotentes. La dictadura se gestó así auspiciada por un gobierno civil que se había constituído legítimamente.

Entre 1973 a 1976 se produjo un proceso de militarización del poder político, que oficializó la vigencia de la Doctrina de la Seguridad Nacional, sentando las bases para la acción planificada de la represión a través de un organismo que se denominó OCOA (Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas).

En junio de 1976 renuncia Boraberry e interina la presidencia Alberto Demicheli, quien entrega el mando al Doctor Aparicio Méndez en setiembre, institucionalizándose la vigencia de la dictadura.

El retorno a la democracia fue producto de un pacto entre los militares y los dos principales partidos, el Nacional o Blanco y el Colorado, al cual pertenecía Bordaberry. El acuerdo es conocido como “Pacto del Club Naval”, que propició la victoria de Julio María Sanguinetti quien prometió un cambio sin traumas.

Como era previsible, en diciembre de 1986 el Parlamento aprobó una ley de amnistía para todos los militares que, aunque los había como hormigas, no todos eran Artigas al decir de un popular cantautor charrúa.

La impunidad reinó por varios años en torno a los abusos cometidos por la dictadura uruguaya hasta que recién en el año 2000 pudo crearse, por decreto presidencial, una Comisión de Paz y Justicia encargada de averiguar sobre el paradero de los desaparecidos.

La institución militar se mostró impermeable a los clamores de justicia, e incluso conservó intacta su red de vinculaciones, influencias y protección. Un caso emblemático de esta trama fue el asesinato del bioquímico chileno Eugenio Berríos, agente de la DINA de Pinochet, asesinado en Montevideo. Su cadáver apareció en abril de 1995 enterrado en una playa.

Hoy se sabe que este crimen fue una operación tardía del Cóndor de la que estaban al tanto el jefe del departamento de inteligencia del ejército uruguayo, general Mario Aguerrondo y el coronel Héctor Lluis (luego agregado militar en Chile).

Berríos ingresó por vía terrestre al Uruguay en compañía del entonces Mayor del Ejército, Carlos Herrera Jiménez. Ambos portaban identidades falsas. Berríos llevaba documentos a nombre del detenido desaparecido Hernán Tulio Orellana, y Herrera Jiménez la identidad de otra víctima del Operativo Cóndor, Mauricio Gómez.

Antes de dejar instalado a Berríos en un departamento de Pocitos, el militar entregó la responsabilidad de lo que suceda al detenido a sus pares uruguayos, el capitán Eduardo Radaelli y el coronel Thomas Casella.
Antes de ser asesinado, Berríos logró escapar, y el 15 de noviembre de 1992 logró llegar hasta la estación de policía de Parque del Plata. En el libro de partes de la comisaría estampó su denuncia: había sido secuestrado por militares uruguayos y chilenos, y solicitó protección policial “porque el general Pinochet ordenó matarme”. Lo que obtuvo, sin embargo, por decisión del jefe de policía de Canelones, fue que lo entregaran a sus verdugos.

Berríos había sido proveedor de venenos de la DINA para sus operaciones, y también fue quien diseñó el explosivo que en Washington acabó con la vida del ex canciller chileno Orlando Letelier y su asistente, Ronnie Moffit. En aquella operación había tenido importante participación el político paraguayo Conrado Pappalardo, anfitrión del magnate petrolero David Rockefeller en sus frecuentes y misteriosas visitas al Paraguay.

Queda por verse si lo que queda del entramado criminal del Operativo Cóndor puede desmadejarse con actos simbólicos como descolgar el bronce de Bordaberry y Stroessner. De todas formas, hace tiempo que una placa semejante merecía ser arrojada al basurero de la historia.

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