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Búsqueda de partido

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 23 de mayo de 2008, 04:47 h (CET)
Más de veinte millones de españoles “votadores” (con derecho a voto, y que lo ejerzan), casi la mitad de la población, ofrecen en su rostro la expresión de quienes buscan algo. Al discurrir el potente catalejo de esta ventilada columna sobre la epidermis del panorama celtibérico, parece como si mirasen al cielo esperando la llegada de un eclipse. O mirando fijamente el suelo en búsqueda de níscalos (rebollones), u otras ricas setas en su debida época. Todos, aunque cada cual desde su circunstancia, buscan el partido político que mejor se ajuste a su particular visión acerca de cómo arreglar el panorama que les afecta.

En justicia, dentro de esa disposición existe un porcentaje de aquellos, que, contemplando su propio ombligo, no tienen la menor duda de por quien decidirse. Son los que sólo ven poco mas de un palmo lejos de su nariz, y se identifican, para bien o para mal, con quienes dicen representar, tan sólo, los cercanos intereses de su pequeño terruño. Pero el resto, la inmensa y abrumadora mayoría, aún dentro de su “visceralidad”, no se siente satisfecho con el comportamiento de sus elegidos una vez terminadas las elecciones.

Ignorar la visceralidad en política, casi siempre hereditaria, es tanto como desconocer “quien es quién” en este país, y, tal vez, tampoco sea una característica exclusiva del mismo. “En todas parte cuecen habas”, ya se sabe... Las preferencias -circunstancias de querer o estimar más a cierta persona que a otras-, son humanas por esencia. Más, por encima de ellas está el raciocinio para distinguir que es lo que conviene. Con la madurez de la persona, este progreso se hace más evidente, lo mismo individual que colectivamente.

La fidelidad a esas preferencias hace que, muchas veces, se haya de votar “con la nariz tapada”, como se oye decir. Esta obligada actitud es el comienzo de la búsqueda. Cómo los seis personajes de Pirandello, más de veinte millones de españoles se sienten en busca no de su autor, que bien lo conocen, sino de un partido, ya que, constitucionalmente, es su único canal de representación en la vida pública. Tal vez la singularidad vigente de no elegir en listas abiertas, sino en las que se redactan en los sanedrines del partido, y de que no exista una segunda vuelta que depure resultados, obliga a tapar con mayor fuerza y frecuencia la nariz. Por otra parte, no acudir a votar está mal visto y equivale a dejar el sitio a otro, y, ¡hasta ahí se podía llegar!...

La propia conveniencia, respetable y muy valiosa, es imposible que se ajuste con la oferta electoral. Entre otras cosas, porque, también por esencia, los “programas” son para desconfiar. Además, el partido “de diseño” no existe, ni es concebible. La ropa de sastre o modista ha quedado atrás, y el “prêt à porter” es general, y funciona, cumple su cometido para vestir adecuadamente a la población. Ante esta realidad, sólo queda seguir indagando. Sin embargo, la monotonía se repite y por mucho que se mire no se distingue nada que satisfaga.

Tanto quienes votaron a uno u otro de los dos partidos mayoritarios no se siente satisfechos. Los que perdieron porque se ven ajenos con las consecuencias del resultado final, y, para colmo, su partido ofrece una lamentable resaca post-electoral. Y los que se sintieron recompensados por el triunfo, ven cómo las cosas no van bien por primera vez en algunos años. Ni contemplan que se adopten medidas eficaces de corrección. ¿Qué más remedio tienen sino seguir buscando?

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