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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El cura rojo se define

Miguel Rivilla (Madrid)
Redacción
jueves, 22 de mayo de 2008, 04:52 h (CET)
Por si no tuviera el cardenal de Madrid bastantes problemas y graves preocupaciones de todo tipo con su archidiócesis matritense y con la presidencia de la CEE en la difícil tarea de aunar criterios y voluntades de sus hermanos en el episcopado de toda España, en estos tiempos recios que atravesamos, mira por donde le ha brotado, en la persona del cura rojo, Enrique Castro de Vallecas, un forúnculo maligno, que podría infeccionar todo el cuerpo eclesial de él dependiente.

No son tanto el acoso a la Iglesia española por el laicismo beligerante, las amenazas de una nueva ley de libertad religiosa o la EpC en la enseñanza religiosa, promovidas por el Gobierno socialista; ni las peleas internas en la cúpula del PP; ni siquiera los ataques injustos e indiscriminados a su persona de algunos medios, lo que quite el sueño a monseñor Rouco, sino la desviación ideológica, no exenta de cierta rebeldía, de uno de sus sacerdotes, por la repercusión que pueda tener en el pastoreo de su grey..

Habrá que elevar fervorosas plegarias al Señor y a la Virgen de la Almudena, para que le iluminen, le fortalezcan y le ayuden en esta no fácil situación intraeclesial.

De desviación ideológica y de plante personal cabe calificarse la actitud de Enrique Castro, al definirse públicamente en unas declaraciones a Religión digital (18/5).

Extracto, entre ellas, algunas, que por su contenido, no me parecen ser de recibo.En general, muestra un inconfundible tufillo marxista propio de la “teología de la liberación”, evaluada en tiempo no lejano por el magisterio oficial de la Iglesia.

Tras expresarse al periodista como caso novedoso y aleccionador para otras parroquias dedicadas al culto y no a la acogida, dice que trabaja y vive para los marginados desde hace muchos años; que sus reuniones son siempre en ambiente “asambleario”; deja constancia que “Oficia las misas de paisano, abre las puertas de su parroquia a quien casi nadie se atrevería a recibir en su salón, y en vez de hostias ha repartido rosquillas a los que han asistido a sus misas. Y no por ser un rebelde, sino porque el pueblo así se lo pedía. Una liturgia más cercana y acorde con los nuevos tiempos. Musulmanes, ateos, apóstatas a punto de firmar confiesan que se sienten parte de esta iglesia. Que allí es donde han encontrado el significado de la palabra fe”.

Con ser completamente atípicas estas aseveraciones, lo más grave, a mi pobre entender, es todo lo que dice acerca de su fe ajeno al sentido sobrenatural y trascendente de la misma. Claramente se posiciona al decir que “ya no hay que rendir culto a Dios, sino al hombre”.

Estas son, literalmente, sus palabras: "La fe no es un elemento religioso, es un elemento humano. El ateo puede tener tanta fe como el creyente. La fe en el ser humano, en la lucha, la utopía, en la vida, en ir creando un paraíso basado en la solidaridad y la justicia. Jesús añade un dato a esto, es la justicia del amor y del perdón, no la justicia del talión. La fe como elemento humano es potenciar los de la vida del ser humano. Los chavales en nuestra parroquia han descubierto cómo la fe se opone al miedo no al ateísmo". "Cuando quisieron cerrar la parroquia, -añade Enrique- las madres se preguntaban: ¿qué tiene nuestra fe que el obispo no cree en ella? La fe no es creencia, es el valor de nuestra vida. El Dios de Jesús apuesta por el ser humano, ya no hay que rendir culto a Dios, sino al ser humano".

Si estas son las palabras normativas de un moderno profeta, que pretende aleccionar a sus hermanos sacerdotes tanto con su novedosa enseñanza o magisterio, como con su actividad pastoral y litúrgica, un servidor pobre cura de pueblo jubilado, me quedo con la fe de siempre. Al menos tengo la seguridad que no me producirá quebraderos de cabeza, ni problemas a mis superiores jerárquicos. El evangelio de Jesús leído, aceptado, predicado desde siglos ha por la Iglesia de siempre, con los contenidos de siempre y en todos los sitios y lugares lo mismo, a un servidor y a millones de cristianos nos ha servido y nos servirá hasta el fin de nuestras vidas.

Termino con unas sencillas palabras que tengo entendido dirigía S.Francisco de Asís a sus hermanos, los mínimos y poverellos del Pueblo de Dios: “El evangelio, hermanos, sine glosa, sine glosa”.

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