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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Grosería blasfema

Josefa Romo (Valladolid)
Redacción
miércoles, 21 de mayo de 2008, 04:03 h (CET)
Enrique Monasterio es un escritor actual de mucha sensibilidad y elegancia. He encontrado en Fluvium un artículo suyo con el título paradójico "Sin título". Habla de su sensación al escuchar cierta palabreja que suena a blasfemia y a grosería.

Escuchar esa palabra pronunciada de modo irreverente, produce en mí la misma sensación, me ofende, y seguro que a muchos. Extraigo algún párrafo; "He puesto en mi artículo una palabra como título. La leo en voz alta y siento la misma desazón que me produce oírla a todas horas: en la radio, en la calle, en las conversaciones más triviales e incluso en ambientes presuntamente cultos. Decido tacharla. Había escrito "La Hostia". "La Hostia" es una palabra profanada, un vocablo envilecido, contaminado por el vómito de millares de blasfemos que se han ensañado con Ella durante años. No tengo tiempo ni ganas de hacer un análisis sociológico o histórico de la cuestión; pero, en todo caso, ofender a Dios con la palabra siempre me ha parecido un pecado estúpido, una especie de pataleta de adolescente, aunque sea cosa de viejos. Los blasfemos se rebelan contra sus más íntimas creencias con la misma agresividad del quinceañero que escupe a un retrato de su padre para reivindicar su autonomía. No tan grave, pero sí tan necia como la blasfemia, es la irreverencia consciente, el manoseo torpe o graciosillo del lenguaje sagrado para escándalo de ancianitas o regocijo de clerófobos. La Hostia Santa (tenía ganas de poner este adjetivo) se ha convertido para muchos en un sustantivo "audaz", en un churrete asqueroso del lenguaje progre o en una muletilla mohosa para tartamudos mentales (…) La Hostia es Jesucristo (…). La Forma consagrada "es" Jesús, su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad (…) Imagina por un momento que estás en el Huerto de los Olivos con Jesús. Él lleva ya sobre sus hombros todos los pecados de los hombres, y no aguanta más el peso y la repugnancia de ese cáliz terrible. Ha empezado a sudar gotas de sangre… ¿No te gustaría limpiarle la frente y besar su rostro? Limpiemos al menos su Nombre; no seamos cobardes".

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