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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Lo que se perdió en Cuba

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 20 de mayo de 2008, 04:12 h (CET)
“Cuando llegue la luna llena,
iré a Santiago de Cuba,
iré a Santiago
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.


Federico García Lorca

La guerra era la pesadilla de todos. La guerra todo lo entristecía. La misma vida cotidiana estaba impregnada de tristeza y tal vez por liberarse de pesadumbres, se entregaba gozosa a los espectáculos, a las fiestas, a todo lo que significara diversión, apartamiento y posibilidad de olvido. Cierto que se le había imbuido al pueblo la equivocada idea de una superioridad española tal, frente al norteamericano que no dejaba ninguna fisura por donde la duda pudiera entrar y hacer vacilar la fe en el triunfo del ejército y la marina nacionales. Mas la fe en el triunfo no bastaba al dolor de las familias. La guerra era odiada por todas las personas afectadas por ella.

La prensa responsable y los rumores bien fundados informan de que en la Casa Blanca se ha convenido y aprobado un plan de campaña estando presentes con MacKinley a la cabeza los ministros de la Guerra y de Marina, y los militares Miles, Sicard y Crowinshield. No había duda: los norteamericanos proyectaban la invasión de Cuba, pero también la de Puerto Rico y la de Filipinas.

Los últimos días del mes de mayo de 1898 presagiaban con sus vaguedades que se acercaban jornadas serias, de resultados que pudieran ser sorprendentes para la parte crédula de la nación, a la que el desastre de Cavite, si la había conmovido sentimentalmente y exaltado caballerescamente, no le había enseñado nada.

El mes de junio se inicia mal auspiciado desde todos los rumbos que señala la rosa de los vientos de la historia. Santiago de Cuba, bajo las bombas de los norteamericanos, no es más inquietante que las agitaciones y los levantamientos masivos de las Filipinas o que las críticas contra el régimen.

El Gobierno y el pueblo sabían que el Cervera había ganado el puerto de Santiago de Cuba. Y los partes de guerra, junto a las informaciones de los corresponsales de los periódicos, daban cuenta de que Santiago de Cuba había sido bombardeado por once barcos de guerra norteamericanos. Era el comienzo de una guerra en el mar por la que las informaciones victoriosas de la parte española despiertan el entusiasmo de todos. Se entusiasma el Gobierno y se entusiasma el pueblo. La reina felicita a los defensores de Santiago de Cuba en telegrama que cursa al almirante Cervera, el ministro de la Guerra.

La guerra naval de Santiago continuó y nuevos episodios vinieron a amortiguar el entusiasmo primero. Las noticias de Filipinas no son más consoladoras. El capitán general Augustín comunica que Aguinaldo había logrado sus propósitos, y el país, respondiendo a su consigna, se había levantado en masa en las provincias. Aguinaldo, ayudado por los norteamericanos con dinero y armas, en combinación con las fuerzas norteamericanas que atacarían por mar, marchaba sobre Manila, después de dominar toda la provincia de Cavite.

La situación de Santiago se hizo angustiosa. El día 22 de junio los americanos habían iniciado felizmente el desembarco; el 23 había terminado. Al tercer día, el general Linares declaraba su total imposibilidad de resistir, al no recibir los refuerzos que esperaba. No muchos días después Santiago se vería obligada a rendirse. La escuadra de Cervera había sido aniquilada, sin apenas lesionar a la enemiga.

El 14 de julio de 1898 ya se sabía en Madrid que Santiago había capitulado. De hecho todo había terminado en Cuba. Los capitulados serían repatriados a España por los norteamericanos. La perla de la Antillas dejaba de ser española.

La independencia de 1898 aumentó, como se sabe, la influencia norteamericana en Cuba y propició un acercamiento aún más estrecho entre sus dos economías. Este proceso ha sido también analizado, especialmente por historiadores cubanos, como una relación inicua de explotación.

La intuición mercantilista de que la explotación colonial es un requisito al crecimiento de la metrópoli ha llevado a algunos historiadores a considerar que la pérdida de Cuba fue un desastre económico para España. Un buen número de publicaciones recientes ha puesto de manifiesto, sin embargo, que la pérdida de Cuba quizá no fuese tan desastrosa después de todo. Sin embargo, sería precipitado e ingenuo pensar que la independencia colonial dejó intacta a la economía española; y una reflexión más amplia podría llevar a pensar que, en efecto, el 98 tuvo consecuencias desastrosas. La pérdida del 98 tuvo consecuencias políticas e institucionales de difícil medición que, a su vez, formaron el marco de referencia para la política económica española durante muchos años después.

En conclusión, puede que, después de todo, los regeneracionistas acertasen en considerar un desastre económico a la pérdida colonial de fin de siglo. El descalabro no fue, sin embargo, la pérdida de los mercados cautivos de ultramar, sino el clima político y los cambios institucionales causados por la acentuación de procesos aislacionistas, que a su vez, facilitaron la marcha hacia a la autarquía económica. Lo que realmente se perdió en Cuba fue, pues, una oportunidad más de acercar nuestra economía a la del resto de Europa. Y desde la otra orilla, vienen a mi memoria las palabras del poeta cubano Nicolás Guillén: “Sepa como impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América.”

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Es un filósofo presocrático que ha especulado acerca del mundo y de la realidad humana
 
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