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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Zarzalejos el necio y la “plenitud de los tiempos”

Roberto Esteban Duque
Redacción
martes, 20 de mayo de 2008, 04:12 h (CET)
No es la primera vez que José Antonio Zarzalejos realiza unas injustas declaraciones sobre los obispos. El necio, decía Anatole France, es más funesto que el malvado, porque el malvado descansa, pero el necio jamás lo hace. Acusa el necio de Zarzalejos a los obispos de no saber practicar la virtud de la concesión y de la negociación política. Sentencia, asimismo, sin más audición para la verdad que su arbitraria percepción, que los obispos se encuentran profundamente divididos, y les censura una total ausencia de religación con el mundo cultural, así como una derechización radical en sus actuaciones. Y todo ello lo hace el necio asumiendo un rol inédito de asesor moral laico, con la intención de demandar una jerarquía eclesiástica distinta donde emerja una figura decisiva para el cambio, un nuevo Cardenal Tarancón, capaz de reconducir con más acierto la palmaria “recesión” en que se encuentra sumergida la Iglesia católica, abierta, como debiera, a la creación de un nuevo ethos moral e intelectual, un aggiornamento, un savoir faire adaptada finalmente a la hegemonía cultural dominante.

Afirma Zarzalejos, antes de enumerar los errores de los obispos en la era de Zapatero, que el laicismo socialista se ampara en la torpeza del episcopado. Es lo de siempre. Si existe un auge laicista es por el fundamentalismo de la jerarquía eclesiástica. ¡Pobres obispos, siempre ellos los culpables de la “mala educación” española! Los conflictos normativos y las leyes estatales, el ciclón gay-lésbico y la pujanza de las asociaciones laicistas, la fauna comunista y republicana, el ateísmo y la ética agnóstica, la Educación para la Ciudadanía y la ley del aborto, las mentiras en los procesos de paz con los terroristas del Gobierno de la nación, el desprecio estatal hacia lo religioso, la falta de consenso entrecruzado o transversal entre Gobierno e Iglesia sólo era eso, el resultado de una mala gestión episcopal, una reactivación del Gobierno ante una jerarquía fundamentalista y reaccionaria.

Califica gravemente Zarzalejos a los obispos de ser agentes de la oposición política desde la derecha más extrema; de contribuir, sin capacidad de diálogo y desde un profundo hermetismo, a la crispación de la sociedad, al no aceptar con docilidad intelectual y moral las propuestas del gobierno de la nación, como si hubiésemos por fin alcanzado la “plenitud de los tiempos” y debiéramos ajustarnos a ellos, sin ser mejor ya, como proponía Cervantes, el camino que la posada. ¡Pero hombre, necio, los socialistas estarán instalados en la “plenitud de los tiempos”, pero España no! ¿O acaso hay que morir de satisfacción en el comienzo de la segunda legislatura de Zapatero, como muere el zángano afortunado después del vuelo nupcial?

La misión de los obispos no es sustancialmente política, sino pastoral. Y sólo desde esa perspectiva deberán juzgarse sus palabras, y principalmente sus documentos. La Iglesia ha considerado necesario desde siempre producir un magisterio in temporalibus, que encuentra su anclaje en la novedad del Evangelio, y su justa traducción en la vida pública. En cada coyuntura histórica, los obispos precisan practicar la phrónesis, la virtud que lleva a discernir el bien y realizarlo en las circunstancias concretas. En este sentido, puede afirmarse que las cuestiones políticas también se encuentran en la misión pastoral de los obispos. Ahora bien, eso no significa que la Iglesia esté bajo permanente sospecha y quede vinculada al poder político. Con la afirmación de Cristo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, el Estado dejó de ser algo sagrado, dejando de representar ante los hombres la sagrada exigencia de la voluntad divina con respecto al mundo. El Estado dejó así de ser una sociedad perfecta, según sostiene Benedicto XVI. La Iglesia defiende el pluralismo político, como recoge el documento Sobre la Iglesia y la comunidad política; reconoce que una misma fe puede orientarse hacia compromisos políticos diferentes, y que ningún sistema político agota la belleza del Evangelio. ¿Hay alguna dificultad para entender ya que la Iglesia está lejos de encarnar cualquier forma de poder político?

Hay algo que me molesta de un modo especial en las declaraciones del necio. Es cuando afirma que “la jerarquía eclesiástica ha perdido cualquier tipo de anclaje con el mundo cultural y mediático en España”. Pero, ¿qué cultura está periclitada, necio? No existe en toda Europa una cultura tan agresiva con lo religioso y eclesial como en España. Y no volvamos a la vieja cantinela de que es el nacional-catolicismo quien ha generado la reactivación laicista. Con su llegada al poder, Zapatero ha creado la cultura de la clarividencia de la negación y del odio, del resentimiento y de la irreverencia, de la privatización de la moral y de la fe, de la relativización de los valores. ¿Te parece poco, Zarzalejos? Entonces, te doy más, necio. Zapatero ha creado la cultura de la resignación y del desinterés por la verdad, de la vuelta al fracaso ilustrado que reajusta los proyectos del hombre a sus propias limitaciones, retirando así el sacrificio y el esfuerzo, la Religión y la Trascendencia como factores constitutivos de la textura del alma humana. No parece ser semejante cultura, huérfana de valores vinculantes, la mejor propuesta para la comunidad humana, aunque tú creas, necio Zarzalejos, que ha llegado ya, con semejante gobierno, “la plenitud de los tiempos”.

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