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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Nos la doran y nos la tragamos

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 20 de mayo de 2008, 03:52 h (CET)
No hay cosa que hiera más a cualquier ciudadano que, los que nos gobiernan, nos tomen por una especie de masa informe de carne y huesos picada, mezclada, emulsionada y repartida por los pueblos y ciudades de la nación, como si uno cogiera una espátula y untara con ella una rebanada de pan con un paté. Esta fue la concepción que tuvo el bolchevismo cuando convirtió al pueblo ruso en algo así como una cobaya en la que experimentar sus ideologías igualitarias y clonizadoras, para lo cual, el “camarada” Josiv Stalin, no tuvo inconveniente en deshacerse de millones de trabajadores rusos que fueron asesinados por orden suya o, los más afortunados, enviados a Siberia.

Este desprecio de los políticos por aquellos que les han votado, una vez que han conseguido situarse en la zona “noble” o lo que equivale a lo mismo, se han apoltronado en alguno de aquellos puestos que les permite tener un despacho propio, disponer de algún asistente que le haga los recados y percibir unas sustanciales dietas con las que poder viajar de gratis en clase especial y asistir a las comilonas conjuntas, de compañeros y adversarios, en los mejores restaurantes de Madrid; es algo que demuestra a lo que ha quedado reducida esta forma de gobierno a la que se le ha calificado de “democracia” y que, no obstante, no es más que una manera encubierta de plutocracia camuflada gracias a estas agrupaciones, cambiantes y escurridizas, a las que se ha dado por definir como partidos políticos.

Le dicen a qué lista debe votar, cuando le necesitan porque llegan las legislativas; prescinden de usted cuando, en petit comité, eligen a los compromisarios para nombrar a los cargos directivos del partido, previamente acordados por los que manejan el cotarro que, por raro que parezca, siempre permanecen en la sombra. A ellos tanto les da que sean de derechas o izquierdas los que salgan elegidos, porque saben que los van a manejar igualmente desde sus centros de poder, ya que son quienes tienen la llave de la clave que hace funcionar a la humanidad: el dinero. ¿Recuerdan ustedes aquello que se dice que basta coger a un anarquista, llenarle los bolsillos de billetes de banco y ya tiene a un capitalista? Pues, salvo honrosas y contadas, excepciones es una verdad del tamaño de un templo.

Ya sé que, como dicen los jóvenes de ahora, me he enrollado como una persiana, pero me cuesta mucho evitar estas reacciones de tipo anarquista, cuando asisto a la habitual representación que nos hace soportar el Gobierno cada vez que nos quiere hacer tragar, con vaselina, un aumento de impuestos; una nueva tasa; un nuevo gravamen o, como es el caso, un aumento de las tarifas eléctricas. Si se fijan, el procedimiento siempre es idéntico si bien pueden variar algunas de sus particularidades. Se empieza por lanzar un bulo que,”hábilmente”, se filtra a la prensa la que, a la vez, lo pone en circulación con la consabida “entradilla” que siempre suele iniciarse de la siguiente forma: “ De fuentes bien informadas hemos podido saber que se está preparando una subida de…”. Por supuesto que, si lo que esperan aumentar es un diez por ciento, el bulo habla de un treinta para que el ciudadano pille un infarto cuando lo lea. Se producen las reacciones adversas, se habla de abusos, se escriben artículos protestando y, cuando parece que se va a producir un estallido de rebelión, entonces aparece un ministro y dice que no será tanto, que primero deberá estudiarse, que sí es cierto que hace falta la subida, pero que se procurará que afecte mínimamente a las clases bajas.

El cebo está lanzado. El ciudadano ya calcula que no será el treinta, pero se espera un quince. Finalmente sale el aumento que es de un diez por ciento. El público, léase ciudadano de a pie, respira profundamente, se seca el sudor y exclama: ¡Menos mal, ya me había asustado! Tutti contenti. Ya nos han metido el supositorio, pero la gente piensa que no ha sido el obús que se esperaba y que, con vaselina, no ha sido tan terrible el trance como se esperaba.

Y esto, precisamente, es lo que acaba de hacer nuestro Ejecutivo con respecto al tema de las tarifas eléctricas. Se comentó, en un principio, si sería un treinta o un veinte por ciento el aumento propuesto y, a los pocos días salió el ministro diciendo que le parecía excesivo, ¡cómo si no estuviera enterado de nada y las compañías eléctricas se hubieran atrevido a hacer la propuesta a sus espaldas!, ¡vamos anda, a otro perro con este hueso! Ahora se dice que la CNE propone un aumento de un 11’3%. Ya está el supositorio enfocado hacia su destino final, el esfínter, bien engrasado, del ciudadano destinatario del estoconazo a su escuálido bolsillo. ¿Saben lo que pienso? Pues no me extrañaría nada que, al final, la cantidad que nos tendremos que embaular rondará alrededor del diez y décimas por ciento.

Lo dicho, un procedimiento eficaz para que los ciudadanos, haciendo honor al epíteto de cordero; se trague, sin chistar uno más de los robos a los que estamos sometidos. Porque, si no estoy equivocado, estas empresas eléctricas que dicen que no tienen más remedio que aumentar el coste de la electricidad, porque sus costes han aumentado; a pesar de todo ello cada año reparten unos sustanciales beneficios entre sus accionistas y sus activos están más que saneados. ¿En qué quedamos? ¿Por qué, el Estado, que tanto gusto encuentra en intervenir operaciones de bolsa, no financia de nuestros impuestos estos desfases, en lugar de ir regalando millones de euros para las feministas africanas o pagando obras en países hispano americanos o subvencionando a los islamistas o, lo que todavía es peor, gastándose más de trescientos millones de euros en esta pantomima a la que le han dado en llamar “Alianza de Civilizaciones”. Pero a estos señores les acaban de votar masivamente los españoles, por tanto hay que fastidiarse y apechugar con lo que nos echen. Sólo un consuelo, los primeros que sufrirán las consecuencias de su error serán los mismos que confiaron en ZP y sus secuaces. Ya se sabe: “mal de muchos consuelo de tontos”, pero ¿y los que no lo son? ¡Pues, a tragar quina!

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