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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¡Leyes a la carta, marchando!

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 19 de mayo de 2008, 04:41 h (CET)
Ahora resulta que, para el señor Solbes, nuestro “eficaz” vicepresidente y ministro de Economía, las “leyes deben tener una cierta duración y por tanto, si hay algún problema, lógicamente se pueden modificar”. Y se queda tan pancho. Entendámonos, porque si no hemos comprendido mal, parece que para este jurista las leyes son algo para usar y tirar, o sea, algo así como un clínex con el que uno se suena y después lo lanza a la papelera. Supongo que esta es la clase de seguridad jurídica que el PSOE está dispuesto a dar a los ciudadanos españoles y me imagino que este es el concepto que los socialistas tienen de la justicia. ¿Qué una ley resulta molesta para conseguir nuestros objetivos? Pues nada, se cambia por otra y ¡asunto solucionado! Y esta frase lapidaria de nuestro señor ministro la ha pronunciado cuando se le ha preguntado por el espinoso caso del señor Taguas, flamante responsable de SEOPAN (también tienen narices los constructores estos al hacerse con un apoyo semejante para conseguir implicar a los socialistas en sus problemas); primero asegura que no existen incompatibilidades, cosa que parece poco probable que sea cierta, y segundo, por si le falla la primera, nos dice, con toda su flema, que si hay que modificar la ley para que el señor Taguas pueda ocupar su nuevo destino, pues se hace y ya está. Así funcionamos en España.

No debe de extrañarnos de que ocurran estas cosas, porque ya debiéramos estar acostumbrados a la particular manera de entender el Estado de Derecho de estos señores que han sido restaurados en el gobierno de nuestra nación. Podríamos recordar la forma “escrupulosa” con la que el señor ZP cumplió e interpretó el Pacto por las Libertades que, él mismo, había propuesto y firmado o la propia Ley de Partidos. No nos debemos olvidar de la interpretación que el señor Conde Pumpido hizo de la Ley Procesal y los reglamentos penitenciarios en el caso De Juana Chaos o de las declaraciones de nuestro inefable ministro de Justicia, Fernández Bermejo, sobre su manera de entender las leyes que, según él, deben acoplarse a cada circunstancia dando prueba con ello de un evidente “talante” propicio al relativismo jurídico o puede que al totalitarismo.

Sin ir más lejos, hace dos días que el señor Rajoy, en un ejercicio de masoquismo político, le tendió la mano por enésima vez al señor Zapatero para ofrecerle unidad en el campo antiterrorista. El gesto fue agradecido por ZP, pero aquí quedó la cosa. Para nuestro Presidente basta “un clima de confianza” y no es precisa formalización documental alguna. ¿Confianza? Lo primero que es inexcusable para otorgarle este privilegio a alguien, es que se lo merezca y que haya dado pruebas, durante su trayectoria, en este caso, política, de su buena fé y honradez. Por el contrario el señor Zapatero, si por algo se caracterizó en la pasada legislatura fue, precisamente, por no merecer la más mínima confianza del señor Rajoy al que ninguneó, engañó y desacreditó tantas veces como tuvo ocasión de hacerlo.

Otro ejemplo de que el señor Solbes sabe a lo que se refiere, al darles un carácter temporal a la vigencia de las leyes, lo tenemos en la forma en la que, sistemáticamente, se ha puenteado, vulnerado e incumplido la Constitución de 1978, por el mismo gobierno socialista, durante los cuatro años que gobernaron España. Díganme, si no, cómo se entiende que se hayan aplicado de hecho y derecho normas de espíritu diamentralmente contrario a lo recogido en los preceptos constitucionales. Si iniciamos la cuenta con el Estatut catalán, seguimos con la aplicación del idioma castellano, completamente erradicado o en vías de serlo en comunidades como Catalunya, Baleares, País Vasco o Galicia; proseguimos con el tema de la bandera nacional; continuamos con la Ley de Educación de la Ciudadanía, flagrante intromisión en los derechos constitucionales de los padres respecto a la facultad de elegir la educación de sus hijos y, terminamos con los trucos legales, vericuetos jurídicos y olvido de los principios éticos que deben regir la defensa de la vida, con el objeto de implantar coladeros legales para que las mujeres puedan atentar contra la integridad de los fetos, cuando les parezca y de la forma que les venga en gana; podremos llegar a la conclusión de que la Justicia en España está en la UCI y los encargados de velar por su estricta y justa aplicación, con una ceguera de principios que los hacen incompetentes para atender debidamente las responsabilidades de sus cargos.

Y no me refiero al caos existente en el mundo judicial por la acumulación de un ingente número de expedientes pendientes de ser juzgados ni de los que están a la espera de ser ejecutados; sino al evidente sectarismo, partidismo y oportunismo que se viene evidenciando en resoluciones, sentencias y autos procedentes de los más altos tribunales de la Nación que, no sólo dejan boquiabiertos a los ciudadanos de a pie legos en derecho, sino que causan espasmos entre los propios técnicos en la materia.

Lo verdaderamente preocupante de este estado de cosas es que, desde las naciones del resto de la UE nos están vigilando. Ya nos tomaron la medida con el caso E’ON y nos la siguen tomando a través de las continuas advertencias que se nos hacen desde Bruselas por incumplimiento de las normas comunitarias. Nos han estirado las orejas en temas como el de la gran regularización de inmigrantes y en nuestra falta de decisión al impedir que nos vayan invadiendo poco a poco. La confianza y el crédito que pudiera tener España en ámbitos internacionales se vienen diluyendo como el azúcar en un río y ya está pareja con la que los españoles tenemos en nuestra economía que, cada día que transcurre, va bajando a medida que las mentiras que nos largó el Ejecutivo van quedando en evidencia y la realidad de la crisis va calando en el alma y los bolsillos de los ciudadanos. Es probable que debamos tocar fondo antes de que se produzca la reacción que acabe por poner fin a este estado cosas pero, entre tanto, sin oposición que actúe como tal y con un Ejecutivo crecido, me temo que lo que nos espera no es nada halagüeño. Y es que esta España de hoy, con sus encrucijadas, nacionalidades, reyertas y desmanes, a lo que más se parece es a una de esas novelas caleidoscópicas donde se desarrollan un mundo de pequeñas historias sin orden ni concierto alguno.

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