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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El matrimonio, la nación y la cláusula de rescisión

Mario López (Madrid)
Mario López
lunes, 19 de mayo de 2008, 05:49 h (CET)
Un país es como un matrimonio; se puede llegar a él por infinidad de caminos distintos: por el rapto, por la conquista militar, por la compra-venta, por acuerdos familiares, por intereses compartidos, por huir de la soledad o del estigma social o, las menos veces, por amor. Tanto un país como un matrimonio, hasta hace apenas un cuarto de hora, se han venido constituyendo sin cláusula de rescisión y su ruptura ha acarreado indefectiblemente el recurso a la violencia. Hoy y en casi todos los países que consideramos civilizados, se admite sin ningún tipo de reserva el derecho al divorcio y a la autodeterminación de los pueblos –este último derecho todavía con muchas trabas- Se conocen suficientes casos de matrimonios que acabaron disolviéndose violentamente mediante el asesinato de uno de los cónyuges en circunstancias en las que el divorcio no estaba todavía contemplado como método alternativo al parricidio. Se conocen infinidad de países disueltos en monstruosos charcos de sangre. De hecho, la historia de la humanidad se caracteriza, fundamentalmente, por sus innumerables guerras, casi todas atribuibles al deseo de anexión o secesión de los pueblos o sus tiranos.

Pienso que el derecho de anexión es intrínsecamente perverso, pero no así el derecho de secesión. Se podrá decir de los secesionistas que son unos antipáticos, egoístas o desagradecidos ¿Pero cómo se puede obligar a alguien a vivir contigo en contra de su voluntad? Se dice que en Catalunya está perseguido el castellano. Puede que lo esté en ciertos estamentos o instituciones porque en la calle y en la prensa no ocurre semejante cosa. En cualquier caso, Catalunya tiene una identidad cultural muy arraigada y está en su derecho de preservarla, aunque en ocasiones pueda perjudicar a la cultura dominante del Estado. Pasa como en un matrimonio. Si al marido le gusta el fútbol, no se apaga la televisión ni se hace balance sobre el perjuicio que ello pueda conllevar para la vida conyugal –y, por cierto, hay fútbol todos los días-. Lo mismo ocurre cuando a ella le da por echar la tarde leyendo a Almudena Grandes o a Javier Marías. Las personas civilizadas conocemos y respetamos el valor del mundo interior. La lengua catalana en Catalunya es parte del mundo interior de los catalanes; el castellano, aun siendo el idioma oficial de España, debería aceptar con asenso y cariño su papel consorte en Catalunya.

Cuando un país está formado por distintos pueblos con identidades culturales bien diferenciadas, aunque mantengan ciertos modos comunes, el Estado no sólo ha de respetar esas identidades sino que tiene la obligación ética de poner todo su empeño en fomentarlas y ayudarlas a crecer. Si no es así, como se ha visto en el caso español, el derecho a la autodeterminación de los pueblos pertenece exclusivamente a dichos pueblos y al Estado sólo le queda la responsabilidad de garantizar este derecho. Es exactamente igual que en el matrimonio. En el momento en que uno de los cónyuges siente que su mundo interior está siendo mermado por su pareja, esta persona está en el legítimo derecho de pedir el divorcio. Faltaría más. España, como cualquier otro país del mundo, es un pacto de convivencia temporal sellado entre ciudadanos libres. Para que un pacto de convivencia sea venerable tiene que fundarse en la libertad, el espíritu de diálogo y el celo en el respeto a las distintas sensibilidades. No entiendo a esos políticos que ahora dicen luchar por la libertad en Euzkadi y elevan a dogma incuestionable la unidad de España. Una de dos, o no saben lo que dicen o mienten miserablemente.

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