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El embajador Daniels

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
domingo, 18 de mayo de 2008, 06:47 h (CET)
A petición de numerosos lectores, otra estampa de aquella época en la que el petróleo era la manzana de la discordia entre México y Estados Unidos... a diferencia de hoy, en que el petróleo es la manzana de la discordia entre unos mexicanos que lo quieren momificado y puro y otros que lo desean desenfrenado y corrompido.

Hay evidencias de que el “incidente” de Tampico fue una fabricación para invadir a México. Según un historiador norteamericano: “A las 6 de la mañana del 21 de abril de 1914, el presidente Wilson recibió una llamada confirmando que el buque alemán Ypiranga atracaría en Veracruz a media mañana. Tuvo una conferencia con su secretario particular, con el secretario de Estado William Jennings Bryant y con el secretario de la Armada Josephus Daniels. Daniels era un pacifista y Bryant tenía objeciones religiosas a la guerra. Aún así, estuvieron de acuerdo en que la única manera de detener al Ypiranga era la toma de Veracruz. Si los franceses habían invadido la ciudad alguna vez para reclamar el pago de unos pasteles en la capital, Estados Unidos podría tomar la Aduana de Veracruz para “vengar el insulto al honor de su Armada en Tampico”. Daniels dispuso que se enviaran órdenes a la flota naval en el Golfo de México. Pero todo salió mal. Como lo descubrieron los españoles en 1812, los franceses en 1830, Winfield Scott en 1847 y Maximiliano de Habsburgo en 1963, los jarochos no dan la bienvenida a invasores extranjeros. En 1848 cadetes militares habían defendido a la Ciudad de México de los marines norteamericanos. En 1914 la Academia Naval defendió a Veracruz. Para proteger a los marines, la Armada bombardeó la ciudad. El pueblo se unió a los cadetes. Hubo bajas en ambos bandos, algo que un Wilson visiblemente pálido y tembloroso anunció a la prensa al día siguiente. Bryant, quien se asumió como personalmente responsable del desastre, renunció poco después.”

Cuando Franklin Delano Roosevelt juró como trigésimo segundo Presidente de los Estados Unidos el sábado 4 de marzo de 1933, ni el país ni el mundo eran lugares tranquilos. La “gran depresión” acogotaba a los norteamericanos y en Europa soplaban vientos de guerra. En el continente, las relaciones con los vecinos de América Latina no estaban en su mejor momento. El caso de México tenía matices particulares. La invasión de 1914 y el diferendo por las demandas norteamericanas de compensación por daños de guerra a personas y empresas, entre otras tensiones, mantenían alterada la relación. La proximidad de un nuevo conflicto mundial y la inclinación que México, con su riqueza petrolera, pudiera tener entre las naciones en conflicto, daban al tema un tono de urgencia desde el punto de vista de la seguridad nacional norteamericana.

Roosevelt tomó la decisión de abrir un canal de comunicación regional novedoso, una política que llamó “del buen vecino”, y aplicarla particularmente en México mediante los oficios diplomáticos de un emisario que respondiera a una visión de largo plazo en la que el interés regional compartido de ambas naciones fuera la meta, y no las exigencias inmediatistas de compensación y castigo de los trusts petroleros.

Para esta tarea Roosevelt eligió a un antiguo y confiable correligionario, el político y periodista demócrata liberal Josephus Daniels (el mismo que vimos líneas arriba), Vicepresidente de la Liga Antiimperialista y con una postura liberal frente al vecino del sur: “Este país ha esperado demasiado para reconocer a México. Obregón es el mejor Presidente que México ha tenido. Si no fuera por el petróleo, hace mucho que México hubiera sido reconocido (1923).”

En su discurso inaugural, Roosevelt explicó así el sentido de su política exterior: “Empeñaré a esta nación en la política del buen vecino –que por sobre todo se respeta a sí mismo y, porque lo hace, respeta los derechos de los demás; el vecino que respeta sus obligaciones y respeta la inviolabilidad de sus acuerdos en y con un mundo de vecinos.”

Realmente no hay en esta declaración una definición política, sino más bien la vaga expresión de un buen propósito. ¿Qué se entiende por “una relación de buenos vecinos”? Con su “vecino”, durante cien años, México había: a) librado una guerra desigual; b) perdido la tercera parte de su territorio y suscrito, con el cañón de una pistola amartillada apuntándole a la nuca, el Tratado de Guadalupe Hidalgo, “vergüenza y deshonra de los mexicanos”; c) lidiado -cuando el “vecino” estuvo en guerra civil dividido en dos naciones-, por un lado con el presidente Abraham Lincoln que ansiaba atraer a su lado al gobierno de Juárez para impedir que los confederados tuvieran una salida comercial y puntos de entrada de pertrechos europeos por el territorio mexicano, y por el otro con el presidente Jefferson Davis, que enviaba mensajes de amistad a Juárez para ganarlo a su causa al mismo tiempo que organizaba una alianza imperialista con España y con Francia para apropiarse de México, d) entregado la naciente industria petrolera a empresas del “vecino” asociadas con corporaciones europeas y, e) sufrido la ocupación del puerto de Veracruz. ¿Cómo instrumentar una “política del buen vecino” en estas circunstancias?

Josephus Daniels llevó a México la representación, más que del gobierno, del presidente Roosevelt. Liberado de los grilletes protocolarios y estratégicos de los canales diplomáticos formales, se empeñó en desbrozar el terreno común entre las dos naciones, y, para exasperación de los estrategas de Washington e ira del establishment petrolero, una y otra vez se opuso a las maquinaciones para abandonar la “política del buen vecino” y volver a la probada y eficaz diplomacia del dólar y gran garrote.

En el Departamento de Estado tenían claro que el jefe de la representación en México no era un empleado al que se le pudiera exigir el mecánico cumplimiento de instrucciones. Su jefe formal y los subsecretarios frecuentemente se quejaban de que en México tenían que lidiar con un gobierno respondón “y con nuestro embajador”. Lo mismo que hoy, muy pocos funcionarios deseaban seguir políticas que pudieran ser interpretadas como indicios del debilitamiento de los Estados Unidos en la región. Daniels fue un decido antagonista de los halcones de la Casa Blanca mucho antes de que la guerra en Vietnam acuñara ese término.

Véase una entrada de su diario personal que se consigna en el volumen Shirt – Sleeve Diplomat (“Diplomático en mangas de camisa”), fechada poco después de su arribo a la ciudad de México: “Recordé que en aquellos días [durante la Primera Guerra Mundial] Wilson censuró a los petroleros norteamericanos que intentaron inducirlo a dictar por la fuerza las políticas petroleras mexicanas. B.M. Baruch, entonces jefe de la Comisión de la Industria Militar, me dijo que cuando algunos petroleros intentaron convencer a nuestro gobierno de que era necesario “ocupar la parte de México en donde estaban localizados los grandes pozos petroleros”, Wilson preguntó: “¿Quieren decir que a menos que vayamos a México y tomemos por la fuerza los campos petroleros localizados en su territorio no podremos librar la guerra?” Alguien respondió: “Así es.” El Presidente entonces dijo: “Pues entonces tendrán que prepararse para un guerra con cualesquiera que sean las reservas de petróleo que tengan o aquellas que se puedan comprar en los mercados. Alemania utilizó el mismo argumento cuando invadió Bélgica. Nosotros no podemos hacer lo mismo.”

Daniels llegó a México en abril de 1933. A primera vista era un tipo pintoresco, cuya imagen podría haberse confundido con la de los nefastos politicastros del Tammany Hall, según se desprende de la fotografía en la que aparece en traje de charro junto a su mujer disfrazada de tehuana. Pero nada más alejado de la verdad. Fue un hábil, inteligente y leal embajador que supo oponerse, hasta donde las circunstancias lo permitieron, al lado de la legalidad y de la razón. Un amigo de México.

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Miguel Ángel Sánchez de Armas es profesor – investigador en la UPAEP - Puebla. México.

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