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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Agua (I)

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 18 de mayo de 2008, 06:43 h (CET)
Los antiguos agricultores, que decía mi abuela, aunque fueran pobres valoraban tener en sus despensas de cuevas subterráneas, en sacos o en tinajas, en armarios o en alacenas una gran cantidad de agua, arroz, patatas y otros alimentos con capacidad de almacenarse para no pasar hambre en el invierno. Eran como hormigas clásicas y hacendosas que guardaban víveres y no se dejaban llevar ni sorprender por los sones de alegres y ociosas cigarras.

Hoy, en la época de los frigoríficos, los tiempos han cambiado y todos somos en algún momento hormigas o cigarras, guardamos y acumulamos a veces más de lo que podemos guardar en nuestras despensas o adquirir con nuestro sueldo, es decir que vivimos por encima de nuestras posibilidades, pero también alegremente despilfarramos agua y alimentos de una forma bestial, como cigarras bestias.

Sabido es que el agua escasea en nuestro país y en todas partes, un bien preciado y gratuito como es el agua dulce, pues la salada sí que nos sobra en nuestra “casi isla” y nos sale muy cara y contaminante el desalarla, pero la dulce, la dulce agua siempre ha estado ahí, en la lluvia esperada, en los pozos, en los cauces de los ríos, en los pantanos, también en las inundaciones, cuando con cierta ingenuidad, nos preguntábamos, cómo es que el hombre que ya ha sido capaz de llegar a la Luna y a Marte y que construye robots y aviones, aún no ha conseguido o no sabe retener, con adecuados artilugios, el agua que nos cae de forma estrepitosa en las inundaciones, e inteligente ella, se marcha a la carrera diciéndonos adiós por las desembocaduras, o anega las viviendas para decirle al hombre, de una manera necia, y sin respeto, que aprenda a llenar cántaros como buenas hormigas, como hacían los antiguos con el agua de lluvia que caía de las canales y que luego utilizaba para regar las plantas con el preciado líquido sin cloratos.

Claro que es más fácil, no tener patios, y si los hay que las canales vayan directamente a los desagües, desagües que se pierden en las alcantarillas y con ellos muchos litros de agua que servirían al menos para regar en verano el asfalto.

Así las cosas, el agua, siempre gratis, pero pagada como impuesto por los gastos de llevarla a los grifos de casa, ahora se vende. Se vende hasta como tema de la Exposición de Zaragoza, al tiempo que el río Ebro se queja de la falta de libertad de esa misma agua. El agua se compra y se vende por barcos entre mandatarios y comunidades autónomas que ven peligrar la sed o humedad de su gente. La venta de agua crea graves escándalos, el más reciente el de Fontvella y la Multinacional Danone, al vender a buen precio los agricultores levantinos el agua que siempre reclamaron a La Mancha para sus tierras a dicha empresa para crear una planta de agua embotellada y hasta dicen que un refrescante Spa. Luego no les hacía tanta falta. Lógico que los otros agricultores, los de la tierra de secano y sin agua, clamen al cielo, enfadados, y dejen de mirarlo ya esperando sus lluvias. La escasez de agua hará que nos matemos entre hermanos y hagamos negocio con un bien que antes fuera abundante y gratuito.

El agua se reclama por todos los rincones, se compra y se vende, se hacen trampas con ella, se malgasta, se roba y se pierde, se deja correr o se aprisiona, se esconde en los otoños y en las primaveras para mojarnos la cara y volvernos a repetir en cada estación de nubes pardas que tenemos que ser más hormigas que cigarras o que debemos cambiar la curvatura de los paraguas.

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